Para cuando Ryan llegó, el sol comenzaba a despuntar por el horizonte y la lluvia ya había menguado hacía un par de horas, dejando un espeso y húmedo aire caliente a su alrededor. Estacionó a un lado de la entrada del establecimiento pintado de blanco y azul, apagó el motor y descendió de la Cherokee luego de tomar de la guantera sus documentos y la pistola, atándola a su cintura. El establecimiento de la prefectura marítima de Hudson se hallaba en el más completo silencio, el cual solamente era interrumpido por los pájaros matutinos y el sonido al oleaje de la costa, que se oía a lo lejos. Dio un suspiro, y caminó hacia la puerta principal intentando prepararse para lo que se encontraría momentos después, aunque ni siquiera estaba cerca de imaginárselo.
En cuanto cruzó las puertas, observó el largo pasillo que se extendía por delante, con sus luces led encendidas en el techo, y volteó hacia el mostrador de recepción que dividía la entrada con una pequeña oficinita junto a la misma. Caminó hacia allí, sacó la identificación de su bolsillo y la mostró.
—Detective Ryan Foster, vengo a ver a…
El muchacho de no más de veintipocos años enfrascado en su camisa blanca con insignia de portería no lo dejó terminar de hablar. Al parecer, el caso había provocado furor en todo el lugar.
—Ah, sí, pase por favor. Al fondo, última puerta a la derecha. Lo dejamos ahí de momento.
—Gracias —respondió, volviendo a guardar la identificación plastificada. Avanzó por el pasillo a paso rápido, y a mitad de camino, Gendry asomó a través de una puerta, saliendo a su encuentro. Llevaba la chaqueta negra de jean desprendida y remangada, el pantalón manchado con algunas pintas de barro, más que nada cerca de los tobillos, y unas gruesas ojeras poblaban la parte baja de sus ojos, debido a las poquísimas horas de sueño. Hacía tiempo que no veía un aspecto tan lamentable en su compañero, pensó.
—A buen tiempo, Ryan. Si tú no le logras sacar una sola palabra, entonces nadie más lo hará —dijo, palmeándole el brazo en cuanto lo alcanzó.
—¿Alguien le avisó a la familia?
—No, estábamos esperando por ti.
Antes de entrar, Ryan se detuvo frente a la puerta, mirando de reojo a su compañero con una mano en el picaporte.
—¿Qué tan mal está? —preguntó.
—Mejor ve por ti mismo.
Giró el pomo de la puerta y empujó hacia adentro. La sala de reuniones estaba perfectamente iluminada, pintada de blanco como todo lo demás. Dentro del recinto se hallaban dos oficiales de la guardía costera, y frente a la ventana estaba el pescador, sentado en una de las sillas mirando hacia el claro cielo que comenzaba a amanecer. Cualquier otra persona hubiera volteado en cuanto escuchó la puerta abrirse, pero él no. Tenía ropas de la guardía costera, estaba descalzo, despeinado y con la barba crecida, de por lo menos un año. Ryan lo miró alarmado, casi entrecerrando los ojos, al mismo tiempo que se acercaba a los oficiales con la mano extendida, para estrecharla.
—Buenos días, agentes —saludó. Ambos le apretaron la mano respectivamente—. ¿Ustedes lo encontraron?
—Así es, señor. Lo vimos anoche, caminando por la ensenada de la costa, completamente desnudo. Tuvimos que reducirlo para traerlo aquí, y para convencerlo de que se vistiera. En cuanto nos acercamos a él comenzó a gritar como un loco, quería salir corriendo pero no parecía tener fuerzas, se caía cada pocos metros. Luego pudimos reconocer que se trataba del pescador desaparecido hace cuatro meses —explicó uno de ellos.
—Bien, yo me encargo, gracias —Ryan tomó una de las sillas, la acercó prudentemente hacia el señor James Weyner sin apartarle los ojos de encima, hasta situarla justo frente a él. Tomó asiento y lo observó con detenimiento. Tenía el rostro con heridas antiguas, cicatrices que le arañaban las mejillas y el párpado derecho. Su labio inferior temblequeaba y de la comisura de sus labios se asomaba un hilillo de saliva. Además, olía muy mal. Había olido muchas veces el hedor a una persona sucia, pero nunca nada como aquello, hasta casi parecía inhumano—. Buenos días, señor Weyner. Soy el detective Ryan Foster, estoy aquí para ayudarlo. ¿Puede contarme que sucedió?
Esperó durante unos cuantos segundos, pero no hubo respuesta. Ni siquiera se giró a verle. Sus ojos seguían fijos en el paisaje más allá de la ventana.
—Señor Weyner, podemos brindarle asistencia médica, una buena ducha, una cama limpia donde descansar, comida y bebida, y por supuesto contactar a su familia para avisarle que lo hemos encontrado sano y salvo, pero necesito que me cuente que fue lo que pasó. Sea lo que sea que haya ocurrido, se acabó, está ahora con nosotros y pronto estará con su esposa y sus hijos. Hábleme, quiero ayudarlo —insistió.
Esperó, nada otra vez. Si no fuera porque lo veía respirar, hubiera jurado que aquel tipo era un maniquí a tamaño real. Ryan resopló por la nariz, miró a su compañero y este se encogió de hombros, como diciendo “Te lo dije”.
—Según nuestra investigación, su embarcación fue vista por última vez a cinco punto cinco millas náuticas de Werynn Coast antes de desaparecer. Luego fue vista a la deriva a tres millas náuticas de aquí, y cuando la guardía costera la abordó, vio que aún tenía la mesa servida. Una sopa de legumbres y tomate, y un bollito de pan de sésamo —dijo—. Usted es un pescador antiguo, un navegante experimentado, señor Weyner, así que dudo que se haya perdido en alta mar. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alguien abordó su nave y lo secuestro? Díganos que vio. Si dejó la comida en la mesa tuvo que haber pasado algo muy rápido.
Como si eso hubiera activado algún tipo de interruptor en su destrozada psique, James Weyner lo miró por primera vez. Tenía los ojos abiertos de par en par, las pupilas muy dilatadas —quizá debido al golpe de shock—, y entonces comenzó a sonreír. Sin embargo no era una sonrisa normal, porque cada vez parecía estirar más y más su boca, sonriendo de forma desquiciada, hasta el punto que en lugar de una sonrisa lo único que poblaba su rostro era una mueca demente y enloquecida. Sus dientes amarillentos estaban torcidos, e incluso le faltaban algunos. Ryan se reclinó hacia atrás, sin dejar de mirarlo.