Missing 411

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Tal como le había dicho, la posada se hallaba aledaña a la avenida principal, por lo que no le fue difícil encontrarla. Estacionó la camioneta frente a la portería, apagó el motor y descendió de la misma, sosteniendo la carpeta con documentos bajo el brazo. Al empujar la puerta principal de la posada, las campanillas ubicadas detrás tintinearon alertando al posadero, un veterano de sesenta y largos, quizá, que dormitaba con un periódico entre sus brazos.

—Buenos días, siento molestar —dijo Ryan. El hombre se incorporó rápidamente en su silla giratoria y lo miró, al tiempo que se colocaba los anteojos y dejaba el díario a un lado.

—En absoluto. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Necesito alojamiento, no sé por cuantos días, pero creo que mínimamente una semana. Soy investigador del FBI y estoy atendiendo el caso de la señora Anderson.

—Oh sí, sí… es horrible lo ocurrido, pobre niñito. ¿Se sabe algo, señor? —preguntó el dependiente, con cierta congoja en el tono de su voz.

—Nada aún, apenas acabo de llegar a la localidad.

—Lo entiendo, claro. Ojalá pronto se solucione todo. ¿Prefiere alguna habitación en especial? Las más económicas están a razón de quince dólares la noche, y las más confortables a unos cuarenta.

—No, cualquiera donde pueda dormir y revisar mis apuntes, está bien —consintió Ryan—. ¿Acepta tarjeta gubernamental?

—Claro que sí.

—Perfecto, entonces.

El dependiente se giró sobre sus pies, tomó de una estántería de cristal la llave con el numero diecisiete y abriendo un acta de ingreso, le preguntó:

—¿Podría permitirme su documento de identidad y el número de tarjeta, por favor?

—Claro ­—respondió. Metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón, sacó la billetera, y mostró su documento dejándolo encima del escritorio lustrado. El dependiente copió su nombre, apellido y el número de tarjeta, y señalándole en un renglón en específico, le pidió una firma, a lo cual Ryan garabateó con rapidez. Terminados los formalismos, el dependiente tomó la llave y le hizo un gesto con la mano—. Pase por aquí.

Ryan lo siguio a través de un largo pasillo amueblado como si fuera una sala de estar, con algunos sillones de un cuerpo a los lados del mismo, y revisteros a un lado con magazines de moda, deportes y crucigramas. A medida que caminaba, sintió un tono de notificación en su teléfono celular por lo que con rapidez lo sacó del bolsillo de la chaqueta y miró: era la señora Anderson, pasándole por mensaje privado el número de teléfono del padre de Jake. Bien, bien, pensó. Ya lo llamaría luego.

Tras unos instantes caminando y atravesando puertas cerradas, por fin llegaron a la que correspondía a la llave, la habitación número diecisiete. El dependiente abrió, y haciendo un gesto del brazo, le indicó que pasara. Ryan así lo hizo, y entonces se giró de cara hacia él.

—Muchas gracias, ha sido muy amable.

—No hay de qué ­—respondió—. Si necesita recambio de sábanas o algún producto de baño, solo pídalo. Junto al teléfono hay un sticker con el número de la recepción.

Dicho aquello, el dependiente se alejó, silbando entre dientes con las manos a la espalda. Ryan cerró la puerta tras de sí, y observó la habitación. Era modesta, sencilla pero acogedora. Tan solo consistía en una pequeña salita principal donde estaba la cama de dos plazas, una televisión de pantalla plana empotrada en la pared, un ropero vacío a excepción de algunas mantas de repuesto, pulcramente dobladas, y girando por el recodo de la pared estaba el acceso al baño privado. Caminó hacia la ventana, descorrió la cortina para permitir que la luz entrara al recinto, y miró hacia adelante, donde se extendía toda la extensión de bosque natural a la distancia, lindando con la localidad. Dio un resoplido al mismo tiempo que sacaba el dibujo del niño de la solapa interior de su chaqueta, observando todo con detalle, los trazos negros y carentes de emociones. Por más que estuviesen acostumbrados a ello, ¿Cómo podía ser posible que siendo tan pequeño, lo hubiese dejado jugar solo en semejante lugar? Se preguntó mentalmente. Sin embargo, lo hecho estaba hecho. De momento se tomaría un descanso para ducharse, comer algo y pasar apuntes en limpio, más que nada cuando volviese a escuchar la nota de audio de la señora Anderson. Dejó el dibujo del niño encima de la mesa, junto a su carpeta de documentos. Luego su pistola, comprobando que tuviera el seguro puesto, y por último tomó su teléfono, llamando directamente al número envíado por la madre del chico. Del otro lado hubo unos cuantos tonos, hasta que finalmente, una voz de hombre atendió el llamado.

—¿Diga?

—Buenos días, mi nombre es Ryan Foster, del departamento de personas desaparecidas del FBI. ¿Estoy hablando con el padre de Jake Anderson?

Silencio sepulcral del otro lado durante unos segundos. Por fin, habló.

—Sí, soy yo.

—Charles, lamento comunicarle que estoy ahora mismo en Grelendale, y acabo de charlar con la señora Anderson. Su hijo, Jake, ha desaparecido hace algunas semanas. Me encuentro investigando el hecho, y quería que tuviera conocimiento de esto —dijo.

Del otro lado hubo un nuevo silencio, pero esta vez Ryan podía escuchar perfectamente el sonido a su respiración agitada.

—Que… ¿Cómo dice? ¿Que Jake ha desaparecido?

—Lo siento mucho, en verdad. En cualquier caso, aún no hay necesidad de alarmarse, estamos trabajando en ello —aseguró, para calmarlo. Sabía por experiencia que lo primero en que solían pensar las personas allegadas a un desaparecido, era en la muerte del mismo.

—¿Hace unas semanas que mi hijo desapareció, y tengo que enterarme por un agente de campo, en lugar de que su madre me avise? ¡Esto debe ser una especie de broma, una puta broma de mierda! —exclamó.

—Bueno, ella me pidió expresamente que fuese yo quien se comunicara con usted, debido a los antecedentes en su relación. Es tan simple como eso, nada más.




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