Durante el camino, ella no dijo nada. Solamente se limitó a permanecer en silencio, mirando la pequeña gorra sujeta en sus manos como si de repente todo su mundo se comprimiera en aquel objeto tan cotidíano. Ryan, preocupado, no cesaba de mirarla de a ratos, como si temiera por su salud emocional y mental. Finalmente, en cuanto llegó a la puerta de su casa, estacionó frente a ella y sin apagar el motor, la miró una vez más.
—Molly, ¿estás bien? —Le preguntó.
—No —respondió, con un susurro.
—¿Quieres que me quede un rato contigo?
Ella dio un resuello cansado, como si de repente estuviera agotada de sentir tantas emociones a la vez.
—Quiero estar sola, Ryan. Perdóname.
—Lo entiendo, cualquier cosa puedes llamarme, estaré revisando mis archivos.
—Gracias por todo —dijo, y repentinamente, se inclinó en el asiento para darle un beso en la mejilla.
Él no se movió, solamente la observó bajar de la camioneta, atravesar el pequeño patiecito delantero y abrir la puerta, metiéndose luego a la casa. Solo allí fue cuando emprendió nuevamente el camino hacia la posada.
Grelendale se hallaba tranquilo teniendo en cuenta que aún faltaban un par de horas para el mediodía, poco transito, casi nadie de gente en sus calles, salvo algunos vecinos que iban y venían rumbo al parque o al mercadillo más cercano. Y aunque se prometió comenzar a trabajar ni bien llegase a la posada, lo cierto es que su mente no paraba de elucubrar interrogantes. ¿Qué era esa voz? ¿De donde había salido esa gorra? Y por sobre todo, ¿Qué rayos tenía que ver el perfume de esa planta con las desapariciones? ¿Sería algún tipo de droga que alguien más estaba utilizando para secuestrar a las personas? Se preguntaba una y otra vez, sin hallar la más mínima teoría.
Estacionó minutos después frente a la posada, apagó el motor, descendió del vehículo y caminó directamente hacia la entrada del establecimiento, saludando con un gesto de la mano al recepciónista, al pasar. Una vez en su dormitorio se quitó la chaqueta, dejó el arma encima de la mesa y sentándose frente a ella, abrió la carpeta de archivos, desplegando los documentos y las fotos encima. Apoyando los codos encima de la mesa, miró todos los informes intentando buscar un patrón, una similitud, por mínima que fuese.
Lo único que pudo encontrar al respecto, al menos de forma notoriamente visible, es que al menos cada una de las desapariciones contaba con un bosque, río —o cualquier otro afluente de agua natural—, o ambas cosas cerca. Mia Jhonson, desaparecida en el parque nacional Willmouth. Jacob Turner, en el bosque Ackerwine, James Weiner, quien fue hallado en el río Hudson, su hermana Emily en la comunidad indígena de las Rocosas, delimitada por frondosos bosques naturales a todo su alrededor, y ahora Jake Anderson, en el bosque Wirmington, que además tiene su río propio. El patrón estaba en la propia naturaleza, aunque de momento no lograse entender como ocurría.
De pronto sucedió, aquel olor dulzón y metálico se hizo presente en la habitación. Lo reconocía, era la Sylva Americana, más conocido como roble gris. El aire se tornó denso y frío, tanto que incluso de su boca comenzó a salir un rastro de vaho, y la lamparita del techo titiló un par de veces. Al levantar la vista de los papeles, con expresión extrañada, miró hacia la ventana. Del otro lado del cristal no había más que una vacuidad inmensamente negra, lo cual era extraño, ya que no era ni siquiera mediodía. Sin embargo, afuera era noche cerrada, por completo. Se levantó de su silla, avanzó hacia la ventana y oteó afuera. No había nada, ni estrellas, ni vegetación, solamente césped y oscuridad hasta donde la vista alcanzaba a vislumbrar.
—Dios santo, que está pasando… —murmuró, de forma inaudible. Estaba seguro que había hablado, pero el sonido de su voz no se hizo escuchar. Como si las ondas de sonido no fueran compatibles con aquella demente pesadilla.
De repente, el perpetuo silencio se vio interrumpido por algo. BUM y de nuevo otra vez, BUM. El sonido de su propio corazón latiendo llenó la habitación, resonando de manera desproporcionada, y Ryan se llevó una mano al pecho, asustado, pero pronto se dio cuenta que aquel ruido no provenía de él. Al levantar la mirada, vio que una pequeña mariposa gris revoloteaba cerca de su lampara, encima de su cabeza, y cada batir de alas era un nuevo golpe en el aire, lo que ocasionaba ese BUM una y otra vez, de forma perturbadora. La observó con recelo, porque algo en la forma en que la mariposa danzaba en el aire le resultaba muy inquietante, como si estuviera dotada de una inteligencia inusual para un insecto, tal vez. La siguio con la mirada hasta ver como se posaba en uno de los archivos, frente a él, y en cuanto sus alas se aquietaron también lo hizo aquel sonido latente.
Intrigado, Ryan se acercó. La mariposa estaba posada encima de la fotografía de Emily, su hermana, y había un detalle macabro en ella. Su rostro estaba deformado por el dolor y la tristeza, como si estuviera gritando. Ya no era la imagen que tantas veces había visto, junto a él en su graduación, sino que ahora la cara de su hermana parecía denotar verdadera angustia. Lo que era aún más siniestro, era que su propio rostro estaba deforme. Ryan no podía verse a sí mismo en aquella fotografía, tan solo era una cabeza sin facciones, retorcida y en constante transformación.
Se retiró hacia atrás asustado, respirando agitadamente. Al hacerlo, se dio cuenta que cada paso que daba resonaba en la habitación, creando una cacofonía de pisadas que no coincidían con sus movimientos, como si la realidad misma estuviera sufriendo algún tipo de distorsión a su alrededor. Repentinamente, la mariposa volvió a levantar vuelo abalanzándose hacia su pecho, y en cuanto impactó contra sus ropas, Ryan despertó. Dio tal sobresalto en la mesa que incluso sus rodillas golpearon bajo ella, y confundido, miró hacia la ventana. Aún continuaba siendo de día, y con rapidez, miró la hora en su teléfono celular. Eran las cuatro y veinte de la tarde.