Missing 411

4

Aquella noche, Ryan casi no pudo dormir.

Cada vez que cerraba los ojos e intentaba conciliar el sueño, volvía a repetir aquel momento en el bosque donde la risa de los niños sobrevolaba la brisa húmeda. Luego, como si fuera una tenebrosa díapositiva, rememoraba aquel incidente en su habitación, vinculado a aquella extraña mariposa y el enorme sobrecogimiento que le generó el hecho de mirar por la ventana y ver todo negro, absolutamente oscuro, como bien había dicho tantas veces el señor Weyner, antes de volarse la cabeza frente a sus ojos.

No fue hasta casi las cuatro y veinte de la madrugada en que el sueño logró vencerlo, por lo que se levantó mucho más tarde de lo que tenía pensado, casi a las diez de la mañana, provocando que lo hiciera con un leve dolor de cabeza debido al desajuste de sueño. Sin embargo, trabajo era trabajo, por lo que se bebió un café tan cargado como fuese posible, comprobó el nivel de batería de su grabadora de mano y saliendo de la posada, se dirigió rumbo a la casa donde Molly, el día anterior, le había dicho que vivía uno de los amiguitos de su hijo.

Podría haber ido en la camioneta, pero le apetecía caminar. La mañana estaba un tanto fresca pero soleada, pintando las calles de un agradable color dorado, haciendo que la temperatura fuese la idónea para hacer un poco de ejercicio. La localidad de Grelendale comenzaba su rutina díaria: las señoras salían a hacer los mandados con las bolsas de víveres bajo el brazo, los niños correteaban en las calles, los vehículos transitaban a baja velocidad, y algunos peatones lo saludaban al pasar, reconociendo que no era alguien nativo de allí. Casi que incluso hasta le provocaba un buen humor, teniendo en cuenta la extraña experiencia vivida el día anterior, formando así un contrapunto de emociones que lejos de disgustarle, le brindaban una serenidad casi perfecta al propio Ryan, quien caminaba a buen ritmo.

Llegó varios minutos después a la casa indicada, una amplia vivienda de ladrillos rojos a la vista, con un seto perfectamente recortado que lindaba con ambas casas vecinas, techo a dos aguas, porche de entrada, ático y cochera. Este último tenía las puertas abiertas, y Ryan pudo ver todo tipo de enseres dentro: un tablero de herramientas, una podadora de césped en un rincón, manguera de riego, palas, rastrillos, bolsas con materiales de construcción, y un Mercedes clásico, gris, con el espolón levantado. Desde allí podía oír el ruido característico de una llave dado mientras giraba, atornillando algo.

—Buenos días —llamó, en voz alta. El cricket de la llave se detuvo, y por un costado del espolón asomó el rostro de un hombre cercano a los cincuenta años, con profundas entradas de calvicie, que lo miró asombrado.

—¡Un momento, por favor! —exclamó. Instantes después rodeó el coche, frotándose las manos con un paño para quitarse las manchas de aceite de motor de los dedos. —¿En qué puedo ayudarlo?

—Soy Ryan Foster, agente del FBI, y me encuentro investigando la desaparición de Jake Anderson. Por lo que entiendo era amigo de su hijo, de hecho estaban jugando juntos cuando desapareció. Me gustaría hablar un rato con Sam, si no es molestia. Usted es su padre, ¿verdad? —preguntó.

—Sí, soy su padre. ¿Puedo ver su identificación?

—Bueno, es una historia un tanto complicada, pero no la tengo aquí ahora mismo. En cualquier caso, puedo llamar a la señora Anderson para que venga a asegurarle que soy quien digo ser, si es necesario —dijo, encogiéndose de hombros.

Aquel hombre permaneció un instante en silencio, y al fin se acercó al portoncito de madera blanca, abriéndolo hacia atrás y extendiéndole la mano derecha.

—No, está bien. Soy Andrew Jones. No estamos acostumbrados a ver mucha gente nueva por aquí, como comprenderá. Pero con todo esto que ha ocurrido… no es para menos.

—Lo entiendo —dijo Ryan, aceptando la mano que le ofrecía—. ¿Han venido muchas personas más, aparte de mí?

—Lo típico, solo agentes de la policía del condado, guardabosques vecinos para peinar la zona y no mucho más. De hecho, usted es el primer federal que viene —El señor Jones giró sobre sus pies y le señaló la casa—. Venga, pase adentro por favor.

Ambos hombres ingresaron al salón comedor, una amplia estáncia con colores claros y el suelo alfombrado, donde sentado en uno de los sillones centrales había un niño de cabello lacio y rubio, bastante rechoncho, que miraba absorto un episodio de Tom y Jerry. Más adelante y dividido únicamente por un pasaplatos de madera, se hallaba la cocina, donde una mujer con el cabello recogido, oscuro y ondulado, picaba algo en una tabla sobre la mesada. La casa estaba impregnada al aroma de la cebolla y algunos vegetales fritándose. La mujer levantó la vista en cuanto los vio entrar, y preguntó:

—¿Quién es?

—Es un agente del FBI, Alice. Viene por lo de Jake.

Asintió con la cabeza y siguio afanada con su cocina. No respondió nada, pero a Ryan no le fue difícil para darse cuenta de que la mujer se hallaba profundamente consternada con todo aquello, como casi siempre pasaba con los vecinos de una localidad donde todos se conocían mutuamente.

—Intentaré no tardar mucho, imagino que tienen cosas que hacer y esto no debe ser fácil para ustedes —dijo Ryan, intentando tranquilizar al hombre. Él asintió con la cabeza enérgicamente.

—En realidad nunca pasamos por una situación parecida. Grelendale es una localidad de lujo, siempre lo ha sido. Apacible, limpia, con buenas personas. Incluso mucha gente de las grandes ciudades viene aquí a vivir sus años de jubilación.

—Lo imagino ­—consintió. Luego miró al niño, e hizo un gesto con la cabeza­—. Si me permite…

—Claro, claro. Adelante.

Ryan caminó hacia el sillón de tres cuerpos donde estaba sentado el pequeño, tomó asiento a su lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas. Miró un instante al televisor, donde Jerry golpeaba a Tom con una maza de madera en la cabeza, dejándole un prominente chichón rodeado de estrellas multicolores, y sonrió. Luego miró al niño.




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