Missing 411

5

Al día siguiente, Ryan se despertó mucho más tarde de lo que le hubiera gustado.

No escuchó las alarmas, ni tampoco fue una buena noche de sueño. De hecho, también tuvo sueños bastante extraños. No sabía si fue por la sugestión de todo lo ocurrido, o porque se había acostado a escuchar las notas de voz en su grabadora hasta caer rendido, pero también había visto el valle oscuro. En su sueño, Ryan corría sin descanso por aquel páramo, aún sabiendo que no iría a ningún lugar porque no había sitio adonde ir. Frente a él, las hectáreas infinitas de campo árido, muerto, repleto de cadáveres antiguos y viejos. Y a su espalda, la misma oleada de pájaros que había revoloteado alrededor de la casa de los Matthews, piando y en vuelo rasante, intentando picotearle la espalda, la nuca y los ojos.

Cuando abrió los ojos eran las nueve de la mañana pasadas, y sintió que no había descansado ni siquiera veinte minutos, por lo que se estiró cuan ancha era la cama y luchó contra su fuero interno por no continuar durmiendo, por lo que aún bastante somnoliento, se irguió sentándose en el borde de la misma, para ponerse sus pantalones, su camiseta y sus zapatillas deportivas. Luego de ello, caminó hasta el baño para mojarse un poco la cara y el cabello, y una vez más despierto, volvió de nuevo a la habitación, para chequear su teléfono celular.

Tenia siete llamadas de un número desconocido, y un mensaje de Molly. Alarmado, ignoró las llamadas pero abrió directamente el mensaje, leyendo con asombro:

“Hosea desapareció! Todos están como locos, ven cuanto antes, por favor”.

No podía ser posible, pensó. Había charlado con él, parecía asustado, sí, pero no podía haber desaparecido.

Con rapidez, metió su teléfono celular al bolsillo de su pantalón, comprobó que el arma estuviera cargada y anudándose su soporte a la cintura, tomó su chaqueta, las llaves de la Cherokee y salió de la habitación, vistiéndosela a medida que caminaba a paso rápido, casi trotando, por el pasillo. Mientras avanzaba a la salida, se cruzó frente a frente con Walter Marston, el posadero, quien avanzaba con un manojo de ropa húmeda para colgar en el patio trasero.

—¡Ah, señor Foster! Lo buscaron esta mañana, parece que ha desaparecido otro chico, una situación terrible… —Le dijo. Ryan asintió, sin detenerse.

—Lo sé, voy para allá, gracias —respondió, al vuelo.

Salió del establecimiento y subió a la camioneta, metiendo la llave en el contacto y encendiendo el motor con rapidez. Ni siquiera esperó a que las revoluciones entibiaran el motor, puso primera directamente y girando en U, enfiló el camino hacia la casa de los Matthews. Podía haber ido caminando, ya que no estaba lejos, pero no quería perder ni un segundo extra en hallar respuestas, de modo que aceleró a un buen ritmo y en menos de cinco minutos ya estaba estacionado frente a la esquina de la casa.

En cuanto llegó, sabia que la situación estaba jodida por la escena que podía apreciar, sin contar que casi todos los transeúntes y vecinos que estaban afuera de la casa se voltearon a verlo. Entre ellos estaba Molly, intentando consolar al padre del chico, quien estaba sentado en una silla, junto al porche, sujetándose el rostro con las manos. Al verlo llegar, ella se irguió de su lado, le palmeó los hombros en gesto fraterno y caminó hacia Ryan.

—¿Qué pasó? —preguntó de forma confusa, mientras alternaba miradas entre ella y los vecinos que no le apartaban la mirada de encima.

—Hosea ha desaparecido de su habitación. Arnie lo acostó anoche, esta mañana fue a despertarlo y vio su cama vacía. Está muy alterado, como es lógico —explicó ella.

—Ah, mierda… —murmuró, avanzó hacia adelante y se detuvo en la entrada del patio, girando hacia los vecinos que miraban la escena. —¡Muy bien señores, necesitamos espacio a partir de ahora! Vuelvan a sus casas, ya no hay nada que mirar, yo me ocupo. Vamos, andando.

Poco a poco, la muchedumbre comenzó a dispersarse hasta que por fin quedaron los tres solos: Ryan, Molly y el padre del niño, quien sollozaba en silencio.

—Arnie, cuéntale a Ryan lo que me contaste a mí, por favor —pidió ella. El hombre levantó la mirada hacia Ryan, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

—No escuché nada, no vi nada raro. Solo desapareció, sin más —balbuceó—. El nos dijo lo que le pasaría, y yo no le creí. ¡Ninguno de los dos le creyó! —exclamó, con dolor.

—Cálmese, señor Matthews. Lo entiendo, créame que lo entiendo, pero ahora debe tener la mente en claro y pensar con calma. ¿Vio algo raro esta mañana? ¿A alguien, quizá? Cualquier cosa, por mínima que sea, puede ayudar.

—No, no había nadie. Entré a su cuarto para despertarlo, porque el desayuno estaba servido y no se había levantado aún, y cuando abrí la puerta solo encontré un estornino muerto, en el suelo… —dijo, ahogando un suspiro de angustia. Molly le palmeó la espalda, sentada a su lado, en silencioso consuelo.

—¿Puedo ir a echar un vistazo? —preguntó Ryan, mirando hacia la puerta abierta de la casa. El hombre asintió con la cabeza, y cuando dio el primer paso para ingresar al living, Molly se levantó de su silla.

—Voy contigo —dijo.

Ambos caminaron atravesando el pasillo, hasta llegar a la última habitación con la puerta abierta. Ryan observó todo con detenimiento, la cama estilo medía cucheta, con las sábanas destendidas. Una pequeña mesita de noche a su lado donde un libro reposaba: Los víajes de Gulliver, junto a un vaso con agua. Había poca decoración infantil, tan solo un poster de un juego de video clavado con chinchetas al lateral del ropero. Y efectivamente, en el suelo de madera, un pajarillo muerto. El mismo tipo de pájaro que había visto revolotear en bandada el día anterior. Respiró hondo, aunque no era necesario, el aroma a la Sylva Americana estaba impregnado por toda la casa.

—Otra vez ese olor —murmuró, pensando en voz alta.




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