Missing 411

DOS - SEÑALES Y PORTENTOS

Ryan abrió los ojos pesadamente, y se dio cuenta que estaba acostado en una mullida cama, dentro de una habitación blanca. Frente a su cama, había una pequeña televisión empotrada en la pared, transmitiendo un programa de cocina. No sabía que hora era, pero le dolía muchísimo la cabeza, y lo último que recordaba era estar cayendo al suelo, golpeando ramas y troncos con todo el cuerpo mientras se precipitaba al vacío. Entonces, al mirar a su alrededor, se dio cuenta que se encontraba en una sala médica. Su tórax estaba destapado, y del vientre hacia abajo lo cubría una sábana blanca. A su derecha, y sentada en un mullido sillón para acompañantes, estaba Molly, con los brazos cruzados por encima de los pechos y profundamente dormida.

—Molly… —susurró. Tenía la boca reseca, estaba muerto de sed. Al escuchar el ruido, abrió los ojos con rapidez, y lo miró. Al verlo despierto, esbozó una amplia sonrisa.

—¡Estás bien! No te esfuerces, llamaré al médico —dijo, poniéndose de pie rápidamente. La vio salir de la habitación casi trotando, y momentos después, volvió acompañada de un médico joven, profundos ojos negros, barba poblada y recortada, cabello tan negro como la propia noche y bata blanca. El muchacho dio una rápida ojeada a la planilla de informe situada en una tablilla a los pies de la cama, antes de hablar.

—Buenos días, señor Foster. Es bueno tenerlo despierto —dijo—. Soy el doctor Steven Frasíer.

—¿Cómo llegué aquí? ¿Dónde estoy?

Fue allí cuando Molly intervino.

—No supe nada de ti durante todo el día, luego que saliste de la casa de Arnie, ni tampoco en toda la noche, así que ayer, bien temprano en la mañana, fui a buscarte —explicó—. Vi tu camioneta en la entrada del sendero, y me imaginé que habías recorrido el mismo camino que hicimos nosotros buscando huellas, pero no te encontré. Llamé al servicio de guardabosques más cercano de aquí y fueron ellos quienes me ayudaron a encontrarte, kilometro y medio del sendero. Estabas inconsciente, muy lastimado. Tu pistola estaba tirada a por lo menos veinte metros de tu cuerpo, y no entendíamos que te había atacado. Así que te trajimos aquí, al centro médico Wandmeth, para que te repusieras.

—¿Y mi coche? ¿Mis cosas? —preguntó, alarmado.

—Tranquilo, yo traje todo. Tomé las llaves de tu bolsillo y conduje tu camioneta hasta la posada. Espero que no te moleste —Al ver que Ryan negó con la cabeza, ella se acercó a la camilla y para su sorpresa, le apoyó una mano en el hombro como si le estuviera suplicando en aquel gesto que fuera sincero con ella—. ¿Qué te pasó allí?

Ryan chasqueó la lengua contra el paladar, no creía posible, pero la sensación era la misma que estar al borde de la deshidratación.

—Tengo muchísima sed… —murmuró.

—Es normal —dijo el médico—. Tuvimos que suministrarle algunos medicamentos, mayormente antifebriles y algunos antibióticos, ya que tenía laceraciones bastante profundas que al haber estado en contacto con la tierra y el musgo del bosque durante tantas horas, podría haberse infectado. Algunos antibióticos dan mucha sed, pero le pediré a una enfermera que traiga una jarra de agua.

Vio como el médico se alejaba de nuevo hacia el pasillo, escuchó su voz a lo lejos y luego observó como a los pocos minutos ingresaba una enfermera a la habitación, cargando una jarra de plástico con agua y algunos cubitos de hielo en su interior, además de un vaso descartable. Al ver aquello, sintió que la boca se le deshacía en deseo. Dejó la jarra junto con el vaso encima de la mesita de noche, al lado de la cama, y Molly se apresuró a servirle un vaso lleno, el cual Ryan bebió casi de forma desesperada de tres largos buches. Pidió un segundo vaso y luego de bebérselo de igual manera, pidió un tercero. El médico entonces volvió a hablar, en cuanto escuchó el ruido que hizo su estómago.

—Le aconsejo que beba despacio, señor Foster, o podría acabar vomitando.

Al oír aquello, bebió el tercer vaso con bastante más calma que los anteriores, y aunque le apetecía uno más, lo cierto es que no lo pidió. Seguía con sed, pero ni siquiera una décima parte de lo que había sentido hasta hace un momento, lo cual estaba bien. Molly volvió a sentarse a su lado, mirándolo con aprehensión.

—¿Qué fue lo que te pasó, Ryan? —preguntó, otra vez.

—Encontré la Sylva Americana en un claro en medio del bosque, así que hice guardía y esperé a que alguien apareciera. Quería ver si alguien se llevaba hojas o parte de la corteza para usarlas como droga, o no lo sé. Se hizo la noche, y bien entrada la madrugada vi como algo negro aparecía en el propio árbol. Fue como lo describió uno de los niños amigos de tu hijo, una mancha oscura, nada más —Molly lo miraba con el ceño fruncido, atenta pero sin dar crédito de lo que oía—. Luego vi otra cosa. Una especie de… —hizo una pausa, pensativo, como si estuviera buscando las palabras correctas. —Hombre o cosa, la verdad es que no lo sé. Era alto, completamente negro. Me atacó, me tomó por los tobillos y me levantó hacia los árboles, luego me dejó caer.

—Ryan, eso es…

—Una completa demencia, sí, lo sé. Pero…

El médico volvió a hablar, quizá para intentar evitar que su paciente se alterase más de la cuenta.

—Es normal sufrir alucinaciones en un episodio traumático de violencia, no tiene porque alarmarse, señor Foster. De hecho, no tienen de que preocuparse Ninguno de los dos —dijo. Ryan lo miró directamente, con los ojos enrojecidos y cansados pero con expresión hosca y malhumorada.

—Yo sé lo que vi, doctor. Le vacié medio cargador de nueve milímetros en el tórax, y las balas lo atravesaron como el aire —hizo una pausa, suspiró, y entonces se incorporó en la cama, buscando sentarse y recostarse en la cabecera de la camilla. Le dolía todo el cuerpo, pero podía moverse con naturalidad, lento pero seguro. Tenía los antebrazos llenos de moretones y arañazos lineales que le surcaban indefinidamente, igual que en su cara. Molly se paró enseguida, buscando ayudarlo—. Tengo que salir de aquí, debo continuar con la investigación. ¿Cuándo me darán el alta?




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