Missing 411

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Molly se había quedado durante todo aquel día en el centro médico, sentada a un lado de la camilla de Ryan, acompañándolo en silencio mientras dormitaba de a ratos. Cerca de la tardenoche y debido a la insistencia de él acerca de que se sentía bastante mejor, Molly regresó a su casa para comer algo, darse una ducha relajante y dormir unas cuantas horas, prometiendo volver a la mañana siguiente. Por su parte, Ryan estaba tremendamente aburrido. Le habría encantado tener alguno de sus archivos a mano para revisar algún dato más de la investigación, volver a releer el papeleo, quizá escuchar las grabaciones con las entrevistas a los niños, incluido el pequeño recientemente desaparecido. Sin embargo, tenía que conformarse solo con su teléfono celular, al menos de momento. Revisó cada imagen, cada foto y cada registro de vídeo tomado, incluido el de los símbolos tallados en el tronco del árbol.

Al revisar las fotos de la panorámica que había tomado, la primera vez que fue al bosque y al borde del río junto con Molly, pudo ver algo escalofriante. Estaba a lo lejos, bien oculto tras el grueso tronco de un pino, pero si hacía un zoom era perfectamente visible: una mancha oscura estaba allí, de pie, casi cubierta en su totalidad por el tronco del árbol donde se escondía, pero que aún sin tener el mínimo rastro de rasgos humanos visibles, Ryan sintió que siempre los había estado acechando de alguna manera, como si los observara en la distancia. Revisó el resto de las fotografías, y en todas aparecía, pero situado en diferentes árboles.

—Cielo santo… —murmuró, con desconcierto.

Acto seguido, también comprobó si podía encontrar en internet algún significado a los símbolos que había visto, pero le resultó imposible. Al no conocer la tribu a la que pertenecían —si es que ese era el caso y Molly tenía razón—, era como encontrar una aguja en un pajar, por lo que a eso de las once y veinte de la noche, la batería del aparato se descargó por completo. Llamó a enfermería para que bajaran las persianas de la ventana, dejó el teléfono apagado a un lado en su mesita de noche y cerrando los ojos, luchó contra su propio insomnio hasta caer dormido.

No sabía que hora era. Se despertó porque aún en el profundo sopór del sueño, le pareció escuchar un ruido a lo lejos, como si algo se hubiera golpeado con fuerza brutal. Miró a su alrededor, la habitación a oscuras se hallaba en el más absoluto silencio, pero había algo distinto: la puerta estaba entreabierta. Por el espacio libre podía ver el pasillo del centro médico que debiera estar iluminado, pero no era así, ya que también se hallaba en completa oscuridad.

Se giró hacia un costado, hasta localizar el botón de la enfermería, y lo presionó una vez. Esperó unos interminables diez minutos, pero nadie vino, así que lo pulsó con insistencia un par de veces más, esperando. Cinco minutos, quince, nada. A lo lejos hubo otro ruido, esta vez de arrastre. Perturbado y con su formación profesional aflorando de forma innata, decidió que debía investigar lo que estaba ocurriendo.

Con muchísimo esfuerzo se irguió en la cama. La espalda y los brazos le dolían bastante debido a la caída y los golpes contra el árbol, pero era tal el grado de adrenalina que sentía, que por un momento olvidó sus hematomas y se concentró en ignorar el dolor. Bajó un pie hacia el suelo, luego otro, sintiendo el frío de las baldosas bajo la planta de sus pies, hasta enderezarse. La bata clínica le quedaba holgada y agradeció aquello, porque tendría libertad de movimiento en caso de que tuviera que salir corriendo, o las cosas se complicaran más de lo que ya estaban, y debiese luchar por su vida.

Caminó hasta la puerta a paso lento, sostuvo el picaporte en sus manos y jaló, mirando en todas direcciones. Los carteles indicando el número de salas, las luminarias del techo y las de las paredes, todas ellas estaban apagadas. El pasillo no era más que una larga procesión oscura semejante a una boca tenebrosa, pero Ryan era un hombre con el criterio del razonamiento primando por encima de todo lo demás, de modo que lejos de sugestiónarse, respiró profundamente y entonces exclamó, con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Hola! ¿Alguien puede oírme? —dijo.

Sin embargo, nadie le respondió. El sonido de su voz pareció rebotar de forma extraña en cada pared, y volver hacia él como un eco distorsionado y surreal. Con el ceño fruncido, Ryan salió fuera de la habitación, y caminó por todo el pasillo hasta llegar a la recepción. Boquiabierto, miró a su alrededor con aire confundido, y tuvo que palpar con sus manos el mostrador frente suyo, para cerciorarse de que no estaba teniendo una mala pesadilla.

No solo que todo el suministro eléctrico estaba apagado, sino que además la madera del mostrador de recepción, la planilla con los horarios de entrada y salida de cada médico, e incluso algunos informes clínicos que estaban encarpetados allí, se hallaban amarillentos y mohosos, como si las décadas los hubieran consumido hasta envejecerlos.

—No puede ser posible… —murmuró, en el perpetuo silencio de aquel recinto.

Una suave brisa le acarreó un aroma que conocía perfectamente: el olor dulzón y penetrante de la Sylva Americana. Fue en ese preciso momento en que Ryan sintió verdadera incertidumbre por primera vez, sospechando que aquello era grave. Miró por encima de su hombro, y vio como la puerta de entrada del centro médico estaba abierta. No de par en par, pero sí ligeramente entornada. De hecho, se movía con un lento vaivén, como si lo estuviera invitando en silencio a que se acercara.

Paso a paso, Ryan se acercó a la puerta, apoyó una mano en el marco y tiró hacia adentro, mirando boquiabierto el paisaje que se extendía frente a él, como si estuviera presenciando una pintura de Dalí, completamente surreal y dantesca. Las calles no existían, tampoco las casas típicas de Grelendale, no había coches, ni farolas, ni comercios, ni tendido eléctrico de ningún tipo. En su lugar, tan solo había un valle infinito, envuelto en una atmosfera de desolación y desesperanza.




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