Cuando Molly llegó al centro médico la mañana siguiente, se encontró con Ryan en la puerta. Estaba vestido con la ropa sucia de sangre y tierra con la que lo habían encontrado, mientras que cruzado de brazos, esperaba por ella arropado bajo el tibio resplandor de sol. Aún tenía rasguños en la cara, y se hallaba ojeroso, pero tenía buen semblante y parecía hasta casi animado. Ella lo miró confundida, y le sonrió.
—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó, aunque supusiera la respuesta más obvía.
—Estoy recuperado. Un poco dolorido aún, pero al menos no me impidieron el alta.
—No crei que fueras a salir tan pronto…
—Solo debes molestar un poco, hacer que los médicos pierdan la paciencia, y se querrán deshacer de ti cuanto antes. Ese es mi truco —respondió, con una sonrisa bromista. Molly lo miró negando lentamente con la cabeza. Ryan era un recurrente nato, y le gustaba su sentido del humor, el cual parecía ponerle paños fríos a cualquier situación tensa.
—Bueno, imagino que estarás deseoso de lavar esa ropa. Andando —dijo.
—No solamente eso, tengo una pista. Anoche la descubrí.
—¿Anoche? —ella lo miró sin comprender, y luego hizo un gesto de frustración. —¿No se supone que debías estar descansando?
—Algo me atacó, hallar la pista fue solo una casualidad, nada más. Pero estoy seguro que quien sea que esté tras esto, usa la Sylva Americana como una droga natural —ambos comenzaron a caminar por la acera, emprendiendo rumbo a la zona más alejada de Grelendale. Ryan se cercioró que no había nadie cerca, y entonces le mostró—. Digamos que me salvé gracias a esto —dijo, metiendo la mano al bolsillo interno de su chaqueta y sacando una de las inyecciones automáticas de adrenalina. Ella lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—¡Ryan! ¿Te has robado esto? —exclamó, incrédula.
—No había otra alternativa, todo sea por el bien de la investigación. Si no fuera por esto, no habría descubierto lo de la droga.
—¿Pero estás seguro de ello?
—Segurísimo —confirmó—. Anoche no sé que hora era de la madrugada, pero un ruido me despertó. Cuando veo a mi alrededor, veo que todo estaba oscuro, no había electricidad. Salí al pasillo, todo estaba vacío, se sentía así.
—Pero, ¿y los médicos? ¿Las enfermeras?
—Nada, no había nadie.
—Eso no tiene lógica… —murmuró ella, sin comprender. Ryan asintió con la cabeza.
—Lo mismo pensé yo. La puerta del centro médico estaba entreabierta, por lo que caminé hacia allí y miré afuera. No había pueblo, tan solo lo que dijo Sam, el amigo de tu hijo… Una pradera infinita repleta de cuerpos tirados.
—Dios mío…
—Te juro que lo vi, Molly. De repente vi la misma cosa que me atacó en el bosque, pero observándome en la distancia, hasta que comenzó a correr hacia donde yo estaba. Lo peor de todo era el olor, el maldito olor a ese árbol estaba mareándome, era demasiado fuerte, y allí fue cuando me di cuenta que con toda probabilidad lo estaba utilizando como una droga para conseguir mucho más fácil a sus víctimas, por lo que hui directamente a la enfermería. Allí encontré una caja con inyecciones de adrenalina, tomé un par, me las inyecté, y la alucinación desapareció.
—¿Y entonces qué planeas hacer? ¿Cómo podemos resolver esto?
Ryan dio un profundo suspiro, ni siquiera él estaba demasiado convencido de todo aquello, pero tampoco es que tuviera muchas opciones.
—Por lo pronto, voy a tomar tu sugerencia de que se trate de algo no natural —dijo aquello haciendo comillas con los dedos—, y voy a revisar ese sitio indígena que me mencionaste. Quizá ellos puedan saber algo, lo cierto es que no lo sé. ¿Crees que puedas acompañarme a la reserva? Tú conoces mejor que yo el lugar.
—Si, claro. No veo porqué no.
Continuaron caminando en silencio, mientras Ryan se cuestionaba todo lo que estaba sucediendo. Recordaba con exactitud lo que había visto, aunque podría jurar que se debía a una potente alucinación debido al aroma de esa planta. Sin embargo, había otros puntos en todo aquello que le obligaban a dudar hasta de su propia teoría: Si era una alucinación, ¿Por qué no había experimentado la misma visión en otros momentos donde también había olido el perfume de la Sylva Americana? Por ejemplo. Era como si esas visiones malignas solo actuaran cuando aquella cosa negra aparecía, como un fantasma en la noche, devorando la oscuridad a su paso. Y necesitaba averiguar por qué.
—Charles me llamó, anoche —dijo ella. Fue como si lo hubiera soltado repentinamente, como si las palabras le pesaran de alguna manera. Ryan la miró, preocupado.
—¿En verdad?
—Sí.
—¿Y te agredió de alguna manera?
—No… —Molly hizo una pausa, y añadió: —Creo que no le di tiempo. Le colgué en cuanto escuché su voz.
—Así que no sabes que era lo que quería.
—No, no lo sé. Supongo que querría saber de Jake, si ya había aparecido o algo así.
Ryan la miró de reojo, caminaba mirando hacia el suelo, los hombros bajos.
—Si te sientes amenazada, recuerda que puedes pedir custodía. Solo debes decirme, Molly.
—Gracias, Ryan. Pero algún día debo perderle el miedo, ¿sabes? Hace mucho que no estamos juntos, la vida continúa, y no pedo temerle por siempre.
—Bueno, eso es cierto. Eres un ejemplo de valentía, no permitas que nadie te haga pensar lo contrario —aseguró.
Levantó la cabeza para mirarlo, y le sonrió, aunque él no la estaba mirando en ese momento. Por mucho tiempo había esperado que alguien le dijera algo, le hiciera un mínimo reconocimiento a su fortaleza, porque se esforzaba muchísimo día a día para tener el coraje de continuar adelante, a pesar de estar sola y de ahora tener a su único hijo desaparecido Dios sabe en donde. Y se alegraba que quien le estuviese dando ánimos ahora, fuese Ryan.
Minutos después llegaron por fin a la posada, donde la camioneta de Ryan estaba estacionada a un lado de la calle. Luego de despedirse, abrió el maletero de la Cherokee y sacó una muda de ropa limpia de un bolso de víaje que había cargado, previo a emprender el víaje y la investigación. Algo sencillo, apenas un pantalón deportivo, una camiseta de manga larga, y un suéter estilo canguro, de color negro, pero que le serviría para vestirse mientras que lavaba la ropa que llevaba puesta. Esa cosa le había dado duro, y sospechaba que algunas manchas de sangre quizá no se quitarían tan fácil, debido a que ya se habían secado. Al ingresar a la recepción con la ropa bajo el brazo, se encontró con el dependiente, escribiendo muy concentrado una lista de provisiones. Al sentir el ruido de la puerta, levantó la cabeza del papel, y lo miró.