Al día siguiente, luego del desayuno, Ryan preparó todo lo necesario para ir a la reserva Arapahoe, tal como su grabadora de mano, su libreta de apuntes y una nueva cinta magnética. También ordenó su carpeta de documentos, dejando en ella solo el dibujo de Sam y las fotos de los niños, por si necesitaba mostrárselo a alguien. Dormir en el cuarto del pequeño Jake no fue algo incomodo, sino que por el contrario, la cama era buena y mullida. La decoración infantil no le molestaba en lo absoluto, es más, hasta disfrutaba verla, porque le recordaba un momento de su vida y su infancia en donde era feliz, donde no tenía nada más de lo que preocuparse que en hacer las tareas de la escuela.
Antes de salir de la habitación se cambió de ropa, quitándose la camiseta negra por una camisa blanca. De espaldas a la puerta, Ryan no advirtió que en aquel momento Molly pasaba por allí, rumbo a su habitación, así como tampoco advirtió que permaneció un poco más de la cuenta tras la puerta, espiándolo casi sin querer, con los ojos fijos en los anchos omoplatos. Tenía un tatuaje que le surcaba toda la espina dorsal el cual representaba un ave fénix, confeccionado en líneas grises y negras, y la punta de sus alas extendidas llegaba casi hasta el límite de sus hombros.
Se volteó y siguio su camino justo en el momento en que vio como Ryan giraba hacia la puerta, con la mirada baja y concentrado en abotonarse la prenda. Minutos después, salió de la habitación con la carpeta bajo el brazo y la chaqueta.
—¿Lista?
—Sí, vamos —respondió, rogando mentalmente que sus mejillas no estuvieran demasiado encendidas.
Salieron al patio de la casa, y mientras Molly cerraba la puerta con llave, Ryan subió a la camioneta estacionada a un lado de la calle, para encender el motor y guardar la carpeta con los documentos y la grabadora en la guantera. Un minuto después, ella casi trotó hasta la puerta del acompañante, subiendo a su lado.
—¿Adónde vamos? —preguntó, mirándola de reojo.
—La reserva indígena está a las afueras de Grelendale, a cuarenta y ocho kilómetros al oeste, siguiendo la principal. No te va a ser difícil encontrarla, es una zona reservada y tiene muchas advertencias.
—Bueno, vamos allá.
Ryan puso primera, aceleró la camioneta y arrancó rumbo a los accesos a la carretera, por la avenida principal. Molly lo miró, acomodándose un mechón de cabello por detrás del oído derecho. Su suéter rosa combinaba a la perfección con sus pantalones jeans y su polera blanca. De hecho, se había arreglado un poco más de lo normal, delineándose los ojos y añadiendo un poco de rubor a sus mejillas, pero él no le había dicho nada. Tampoco esperaba que lo dijera, pero… lo cierto es que le gustaría.
—¿Estás bien?
Él la miró sin comprender, esbozando una ligera sonrisa.
—Sí, ¿Por qué lo preguntas?
—Por la charla de anoche.
—Ah… —Ryan volvió a mirar hacia adelante, tomando ya la carretera y acelerando un poco más. —No te preocupes por eso. Hay cosas que ya no duelen. Antes sí, no podía hablar de nada que estuviese relacionado a ella, pero hoy en día ya todo se ha filtrado. No sirve de nada lamentarse por un pasado que no va a cambiar en lo absoluto.
—También te pido disculpas si te incomodé tomándote de la mano —dijo ella, volteando sus ojos hacia el paisaje a su lado, a través de la ventanilla—. Te percibo como alguien muy solitario, y creí que en ese momento necesitabas una compañía un poco más cercana.
—Y lo soy, claro que soy un solitario. Mi trabajo me obliga a serlo, como te contaba. Pero eso no implica que me guste ser así, por lo tanto, has tenido un buen gesto y nunca se sabe cuando las cosas pueden cambiar —Él la miró, y le sonrió—. Creo que podemos ser buenos amigos después de todo esto, ¿no te parece?
Al escuchar aquello, Molly se giró hacia él. Una ancha sonrisa le inundó el rostro.
—Claro, amigos —dijo, asintiendo con la cabeza. Ryan volvió a mirar hacia adelante.
—O quien sabe —añadió.
Esta vez fue ella quien se lo devoró con la mirada. Unos ojos cargados de sorpresa y también anhelos.
—Quien sabe —consintió, sintiendo como le hormigueaba la sangre en las venas.
Permanecieron cuatro o cinco kilómetros en completo silencio. Ryan extendió una mano y encendió la radio, sintonizando su emisora de siempre con rock, donde en aquel momento transmitían un éxito de Franz Ferdinand.
—Cuando lleguemos, me gustaría que seas tú quien hable con ellos —dijo él. Molly lo miró sin comprender.
—¿Yo? ¿Y por qué?
—Es tu teoría. Sabes bien que no creo en nada paranormal y esotérico, aunque haya muchas cosas que no pueda explicar. Por lo tanto, no sabré formular las preguntas correctas. Seguramente tu sí —respondió, encogiéndose de hombros.
—Bueno, que remedio… —suspiró ella.
—¿Crees que los indígenas puedan saber de que se trata todo esto? Espero no ir hasta allá y no obtener mas que simple charlatanería mística de una cultura casi muerta, sinceramente.
—Claro que podrían saber. Esos símbolos no son ritualistas, ya lo he dicho, no hay un pentagrama ni nada que se le parezca relacionado a la brujería. A mi me late que ellos pueden saber algo, y además, con preguntar no perdemos nada.
—Estoy yendo a una reserva indígena solo porque te late. Definitivamente he perdido la cabeza —bromeó él. Ella lo miró con fingido reproche.
—Si encuentras algún dato de vital importancia, más te vale que me lo agradezcas como corresponde, Ryan —respondió.
—Oh sí, claro que sí. En lugar de unas cervezas, nos tomaremos un buen vino, o quizá un champagne.
Ella no pudo evitar reír.
—Dios, no. No quiero terminar absolutamente borracha.
—¿Por qué? ¿Eres peligrosa si estás alcoholizada?
—Es posible —dijo ella, encogiéndose de hombros. Luego extendió la mano hacia la radio, subiéndole el volumen a una canción de Led Zeppelin que comenzaba a sonar—. ¡Oh, mi favorita!