Missing 411

6

A la noche, y luego de cenar, permanecieron un momento de sobremesa, charlando. Molly estaba mucho más nerviosa que Ryan, ya que nunca se había infiltrado en ningún sitio, y el simple hecho de pensar en cometer un sabotaje contra una industria le revolvía el estómago. Él, sin embargo, revisaba pacientemente la charla grabada con el cacique indio, como si estuviera desmenuzando la información poco a poco, mientras disfrutaba del frescor de la noche sentado en el porche de madera de la casa.

—Por Dios, ¿pretendes memorizarla? Apaga eso, me pone los pelos de punta —pidió ella, en cuanto salió a su lado para acompañarlo. Se sentó junto a él y cruzó las piernas, mientras que Ryan apagaba la grabadora.

—¿Estás asustada?

—¿Tú no? —Le preguntó ella, mirándolo asombrada.

—Me preocupa más mi trabajo, en realidad. Si alguien nos ve entrar o salir, estoy jodido —hizo una pausa y suspiró—. Todo esto de la leyenda indía y demás… no me parece que tenga sentido alguno.

—Si funciona, deberás tragarte tus palabras y empezar a confiar más en lo que parece extraño. Y a darme la razón —Lo miró con reproche bromista.

—Yo lo único que espero es que los niños aparezcan, nada más. Cómo lleguemos a eso, me da exactamente igual, aunque sea una completa locura.

El tono de broma con el cual Molly le estaba hablando desapareció, y en su lugar lo miró fijamente, al ver como Ryan miraba hacia el suelo, de forma seria.

—¿Estás bien?

—¿Por qué lo preguntas? —dijo él.

—Porque siento que todo esto te afecta de forma personal.

—Claro que me afecta, mi hermana también está involucrada en esto, si ese viejo cacique tiene razón. No solamente están la vida de dos niños en riesgo, también está la de mi hermana y quien sabe cuantas personas más que ni siquiera conozca. —hizo una pausa y entonces se volteó a verla—. No pretendo ser un gran héroe, solo soy un tipo común y corriente como cualquier otro, pero que intenta hacer lo mejor posible. Y de repente pienso que si esto es cierto, entonces estoy luchando contra algo muchísimo más grande que tú, yo o incluso lo racional mismo.

—Y estoy segura que vas a poder con todo esto. Podremos hacerlo, confío en ti —Le aseguró. Y justo en el momento en que por fin reunía el coraje suficiente como para acercarse a él e intentar abrazarlo, Ryan se levantó de la reposera, y caminó hacia adentro.

—Bien, al carajo la indecisión. Cuanto antes comencemos con esto, mejor —sentenció.

Molly también se levantó en pos de él, y entonces lo vio dirigirse al dormitorio de su hijo, donde dormía, para comprobar la pistola, ajustarse la correa del soporte a la cintura y vestirse con rapidez la chaqueta. Ella también se colocó una gabardina larga, de cuero marrón, por encima de su suéter de lanilla. Se recogió el cabello en una coleta cómoda, y tomando las llaves de la casa, salió al patio junto con Ryan, apagando las luces y cerrando la puerta principal.

Se dirigieron en la Cherokee a una buena velocidad. A esas horas de la noche, casi las once y medía, no había trafico alguno en un pueblo como Grelendale, donde seguramente la mayoría de sus habitantes estaban durmiendo la mona para trabajar al día siguiente. Siguiendo las indicaciones que Molly le brindaba, Ryan condujo hacia las afueras de la localidad y justo en el límite de la frontera entre Grelendale y Leighmone, pudo visualizar la planta de producción con el logo de la compañía. Al instante, Molly sintió como le cosquilleaba la sangre debido a la incertidumbre de lo que ocurriría, mientras que él, sin embargo, aminoró la velocidad y cambió las luces largas a cortas.

—Lo normal es que la planta tenga vigilancia, así que vamos a dar un rodeo —observó Ryan, sin embargo, ella negó con la cabeza.

—No lo creo, no es un sitio en donde haya demasiada delincuencia, somos un lugar pacifico —hizo una pausa, y razonó—. O al menos lo éramos. Ve directo, si nos encontramos con alguien, solo dIremos que nos perdimos y ya.

—Como tú quieras.

Rebajó la velocidad en cuanto emprendió el camino de grava que conducía a la entrada principal. Al llegar, efectivamente, vio como no había nadie vigilando, a pesar de que esperaba encontrarse con alguna garita donde reposara algún cuidador nocturno. Sin embargo, los portones de acceso eran anchos, de metal bien constituido, y tenían al menos dos metros de altura. Ryan entonces detuvo la camioneta frente a ellos, apagó el motor y apagó las luces.

—Mierda, ¿y ahora?

—Nos subIremos al espolón de la camioneta, y de ahí podremos saltar al otro lado, si trepamos la valla. Vamos —dijo él, quitándose el cinturón de seguridad y abriendo la puerta del conductor.

En aquel sitio, el aire estaba fresco, debido a la espesa vegetación que rodeaba todo el camino en ambos lados, y sintió como el vapor emanaba de su boca en cada exhalación, aunque realmente no le importaba, ya que estaba sudando. Rodeando la camioneta, apoyó un pie en el paragolpes cromado, subió al espolón y miró hacia el otro lado de la verja. Efectivamente, un extenso campo se extendía por delante, donde había una enorme plaza de estacionamiento dedicada para los camiones transportistas de la mercancía, y más al fondo, los hangares de producción, a oscuras.

—¿Ves algo? ¿Hay alguien? —preguntó ella, inquieta.

—No, no hay nadie. Saltaré yo primero, y luego vienes tú.

—De acuerdo.

Ryan entonces se sujetó de la cerca metalizada, dio un pequeño brinco, el suficiente como para poder pasar la pierna derecha al otro lado, y luego la izquierda, saltando después.

—Vamos, ahora tú —habló, del otro lado.

Molly hizo lo mismo tan rápido como pudo, lo cierto era que no tenía la agilidad que tenía él, pero por fin pudo trepar a la verja, saltando hacia el otro lado. Por su seguridad, Ryan la sostuvo en cuanto apoyó los dos pies en la tierra, y entonces resopló aliviada.

—¿Cómo volveremos?

—Trepando. De este lado la cerca es calada, te haré impulso a ti y luego yo salto, no te preocupes. ¿Ahora por donde?




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