Missing 411

TRES - NAWATHENNA

En cuanto Ryan ingresó acompañado por el viejo cacique al salón ceremonial, todos se le quedaron viendo, y a su vez, él a los demás.

El calor era intenso ahí dentro, no podía negarlo. Había antorchas encendidas que se apoyaban cual astas de bandera sobresaliendo de las paredes. En el centro del mismo había una especie de camastro cubierto por hojas, mantas tejidas a mano con diseños circulares y símbolos extraños, y rodeado por cuatro cuencos de agua, uno en cada punto cardinal. Los hombres que lo miraban estaban vestidos igual que el cacique, descalzos, solo en pantalones de cuero animal y con el torso desnudo y pintado. La única diferencia es que estos llevaban tambores a su lado, y unas mazas sujetas a la cintura, confeccionada con mango de madera, piedra pulida y adorno en cueros y plumas.

En silencio, el jefe indio lo condujo hacia una habitación estilo dormitorio, apartada del salón principal solo por una puerta cubierta por un tapiz tradicional. Allí le pidió que se quitara las zapatillas, las medías, la chaqueta y la camisa, y una vez hubo hecho esto, tomó un cuenco de arcilla y vertiendo un tubo con pigmento natural rojo, tomó un pincel y comenzó a dibujarle símbolos y líneas en el pecho y los brazos, al mismo tiempo que iba murmurando palabras ininteligibles. Ryan no podía evitar sentirse extraño, como cuando ibas a acompañar a algún familiar a la casa de algún santero para hacer una limpia, y el brujo en cuestión te terminaba santiguando a ti también. No sabía que hacer ni que decir, solo estaba allí de pie, sin mover un solo músculo del cuerpo, intrigado e incierto por lo que vendría después. Lo único que sí sabía era algo que de momento, lo atribuiría solo a la sugestión: en cuanto comenzó a hacer esas pintadas en su cuerpo, sintió como se le erizaban todos los vellos del cuerpo. Como si de repente una invisible pero potente corriente eléctrica le hubiera recorrido la espina dorsal de punta a punta, aunque Ryan no considerase esto una corriente sino más bien una suerte de energía. Y en su mente, la voz de Molly apareció, para recordarle lo que le había dicho días atrás: “Que tú no creas en esto, no significa que no existan fuerzas más allá de tu comprensión”.

Una vez que hubo terminado, le indicó que saliera con él y con suavidad lo dirigió hacia el centro del circulo, donde estaba ubicada esa suerte de cama, en el medio del salón de ceremonias. El cacique le hizo un gesto con la mano, y habló.

—Acuéstese, agente. A partir de ahora, trabajaremos nosotros.

Dudoso, Ryan avanzó y se acostó encima de las hojas vegetales y los tapices tejidos a mano, boca arriba, con las manos a un lado del cuerpo. No sabía si estaba correcto así, pero como asumía que nadie le decía nada y era lo típico en ceremonias convencionales, debía estarlo. Desde su posición, miró a Hinono'eitiit y preguntó:

—¿Y ahora qué hago?

—Nada, debe relajarse. Puede permanecer con los ojos abiertos, si quiere —el cacique hizo una pausa, tomó un cetro confeccionado en madera, con cascabeles, huesos y plumas que otro indígena le ofrecía, y entonces por primera vez, lo vio sonreír—. Buena suerte, agente.

Se apartó de su rango de visión y hubo un breve momento de silencio. Ryan comenzó a sentir el perfume de algún tipo de hoja quemándose, dulce y fresco, y entonces, sin previo aviso un joven atavíado con hombreras de palos y huesos, le arrojó unas hierbas encima, a medida que hablaba palabras incomprensibles a voz alta. Las hojas cayeron encima de su estómago y sus piernas, aleatoriamente, y entonces intervino el cacique. Dio un grito corto, como un pequeño cantito en el idioma de aquella tribu, y golpeando con su cetro en el suelo dos veces, los cascabeles y huesos se sacudieron, chocando entre sí. Al instante, el repique de los tambores comenzó al unísono, al mismo tiempo que el resto de las voces acompañaron la procesión cantada.

Al principio nada ocurrió, ni al principio ni a la hora siguiente. Ryan comenzaba a aburrirse, además de morirse de calor, y también tenía hambre. Intentaba concentrarse en la música, en ver como los tambores aumentaban y cesaban su repique en intervalos, y en como no solo el cacique indio, sino sus ayudantes y chamanes, danzaban a su alrededor al mismo tiempo que cantaban y murmuraban palabras. Le asombraba como una persona con su edad podía estar haciendo aquello sin cansarse. ¿Habrían tomado o fumado algo previamente? Se preguntaba. ¿Estarían en algún tipo de trance en base a la sugestión? Era posible. Un estado alterado de conciencia no era nada místico, lo sabía por profesión, tan solo era un mecanismo del cerebro para intentar ocultar una realidad con otra, y eso era algo que podía inducirse, de ahí la terapia con hipnosis.

Poco a poco los cantos fueron cambiando, haciéndose más rítmicos e intensos, y Ryan comenzó a sentirse extraño. El adormilamiento comenzó a vencerlo, pero no era sueño o aburrimiento como tal, sino que era algo que jamás había experimentado en su vida. Le costaba mucho trabajo mantener la mirada enfocada en un punto fijo, como si estuviera sufriendo una suerte de vahído o estuviera a punto de desmayarse. Cada vez que movía la vista para un sitio distinto del techo, sentía como si todo le diera vueltas a su alrededor. Quiso hablar, pero no podía. También quería moverse, pero tampoco era capaz. Entonces, comenzó a asustarse, porque aún en medio de esto, su mente no había dejado ni por un segundo de ser consciente, ni había perdido un gramo de lucidez. Sin embargo, algo estaba pasando. ¿Sería por la dieta hambreadora de todos estos días? Se cuestionó. Quizá lo habían drogado, sin que se hubiese dado cuenta.

Su respiración se hizo más lenta, y las voces de los cantos junto con el sonido de los tambores comenzó a amortiguarse, como si de repente los estuviera escuchando hundirse en el agua, muy lentamente. Con sumo esfuerzo, apoyó su mirada en una de las antorchas que tenía al alcance de la vista, perdiéndose en el bailoteo de las llamas. Sintió el cuerpo muy liviano, como si de repente estuviera flotando en una inmensidad absoluta, aunque no dejase de ver que el salón ceremonial estaba a su alrededor. Se sintió tan pequeño que parecía notar como aquel vacío colosalmente grande podía comprimirlo, tragando cada fibra de su ser como si de un monstruo Lovecraftniano se tratase. Y ya ni siquiera recordaba cuanto tiempo hacía que había llegado allí.




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