Missing 411

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Del otro lado, el cielo era completamente negro, sin estrellas, con extraños resplandores rojizos que parecían destellar aleatoriamente, de forma antinatural. No corría ninguna brisa, y el sonido de sus pasos en aquel yermo desolado era muy raro, como si estuviese amortiguado por algo que no podía definir. Al mirar alrededor, se dio cuenta que no había vegetación alguna ni ningún signo de vida en este mundo árido y desprovisto de toda naturalidad, solo un mar de huesos y cadáveres, algunos muy antiguos, otros más recientes, que yacían esparcidos por todos lados como testimonio de la desolación que reinaba en este lugar olvidado por los mismos dioses. A la distancia se podían ver montañas ennegrecidas por la bruma, grutas y cavernas, muchas de ellas con sus entradas a ras de suelo, como si fuesen agujeros creados por gusanos gigantes.

No sabía porqué, pero con cada paso que daba entre aquellos restos, Ryan sentía el peso del silencio opresivo que lo rodeaba, interrumpido solo por el eco de sus propios pasos sobre la tierra reseca. El aire era pesado y denso, impregnado de un olor a muerte que era casi palpable en el aire, que se aferraba a sus sentidos y le recordaba la precariedad de su situación. Sin embargo, no se dejaría intimidar por el agobio que lo rodeaba, de modo que comenzó a avanzar sin rumbo alguno, entre los esqueletos y los montones de huesos, con los ojos escudriñando hacia todos lados en busca de cualquier indicio de los niños perdidos. Cada segundo que pasaba aumentaba la sensación de urgencia, sabiendo bien que cada minuto perdido podía significar la diferencia entre la vida y la muerte para los pequeños que había jurado encontrar.

Se colocó las manos alrededor de la boca, como un megáfono, y gritó el nombre de Jake un par de veces, mirando en todas direcciones. El sonido era extraño, su voz portaba un eco funesto que no tenía ningún tipo de sentido que existiese en aquel espacio abierto, de infinitos kilómetros. Los indígenas que lo acompañaban comenzaron entonces a reprenderlo en su extraño idioma, sacudiendo los brazos como si hubiera cometido un error mortal. Entonces comprendió a que se referían en cuanto escuchó un sonido grave y profundo en la distancia, una especie de gruñido gutural que retumbó en el suelo mismo, como si la propia tierra de aquel lugar fuera un transmisor de aquella cosa.

A la distancia, pudo ver la sombra gigantesca de Nawathenna materializarse en el aire. Sus profundos ojos rojizos contemplaban al grupo con fijeza, y en cuanto vio que comenzaba a avanzar hacia ellos, Ryan solo pudo correr. No quería comprobar en carne propia que pasaría si esa cosa lograba alcanzarlos, y aunque no tenía ningún sitio donde esconderse realmente, solo primó en él el mismo instinto de la supervivencia más pura.

Los indígenas sin embargo, no corrieron. Solo permanecieron de pie, alineados unos con otros, con la frente erguida y los ojos cerrados, hablando en su idioma y haciendo una especie de cantico a medida que levantaban los brazos. En un santiamén, vio como aquella cosa se paraba frente a ellos, varias veces más que su altura, y aún estando ya lejos de ellos pudo sentir el olor penetrante que cargaba, un hedor a carne cruda, tierra mojada y podredumbre. La entidad pareció mirarlos, como si analizara lo que hacían, y dando un chillido antinatural tomó a uno de los indígenas por los brazos, luego por las piernas, y separó las extremidades de su cuerpo como si de plastilina se tratase, desparramando sangre y entrañas en el suelo, dejando boquiabierto a Ryan.

Los demás comenzaron a correr aleatoriamente, aún sabiendo que no había sitio adonde huir. Él también corrió, sin rumbo alguno, intentando alejarse lo más posible de aquella escena mientras escuchaba los gritos distorsionados de los indígenas al ser mutilados, cazados uno a uno como simples alimañas. Sus pies pisaron en falso, tropezándose con algunos huesos, y cayó de lleno encima de los restos antiguos de aquellos muertos que parecían poblar el yermo. Intentó incorporarse con rapidez, pero el silencio más absoluto lo paralizó. Los indígenas que lo acompañaban habían dejado de gritar, ya no se escuchaba absolutamente nada, y eso solo podía significar que todos estaban muertos.

Permaneció quieto, sin mover un solo músculo, apenas respirando, con un fémur amarillento junto al rostro y ropas hechas jirones encima del esqueleto que lo acompañaba, prestando atención a cualquier sonido que pudiese escuchar. Sabía que la entidad estaba cerca porque la podía oír haciendo sus sonidos guturales y aleatorios, podía sentir el retumbar de la tierra en cada paso que daba, debido a la imponente altura que tenía. Y por sobre todo podía sentir su olor nauseabundo. Estaba cerca, muy cerca, y el pánico lo invadió.

Cerró los ojos esperando lo peor. Por su mente pasaron recuerdos antiguos con Emily, su hermana. También con algunos amigos, su familia, e incluso hasta de Molly. ¿Habría vida en el más allá? ¿Podría continuar visitándolos? Se preguntaba. No creía en fantasmas, no creía en nada paranormal, pero ahí estaba, tirado en medio de un montón de cadáveres en un sitio totalmente anómalo, siendo acechado por una criatura indescriptible que solo un grupo de indígenas conocía. Ya estaba en condiciones de creer cualquier cosa de aquí en más, se dijo.

Sin embargo, nada ocurrió. Aquella criatura se alejó poco a poco y los sonidos fueron haciéndose cada vez más espaciados. Ryan cerró los ojos, resopló soltando el aire que estaba conteniendo en el pecho, debido a la tensión, y levantó un poco la cabeza para mirar por encima de los restos mortuorios. Aquella entidad se alejaba paulatinamente a pasos enormes, debido a su imponente altura. A su espalda, había un reguero de sangre, tripas, miembros despedazados y lo que quedaba de los cuatro indígenas que le habían acompañado en un principio.

Se volteó al otro lado, mientras se ponía de pie. Estaba sucio de tierra, polvo y restos de huesos resecos, y al mirar hacia adelante, pudo ver la entrada a una gruta en el suelo, como a unos doscientos metros desde su posición. Y no solamente eso, sino que además, alguien le estaba haciendo señas desde la entrada, sacudiendo los brazos en silencio, para que lo viera. Ryan sintió que la respiración volvía a cortársele, debido a la incertidumbre. Había alguien con vida en todo aquel sitio, fuese lo que fuese, y un ápice de esperanza se dibujó en su mente, por fin.




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