Capítulo 1 – La muerte no duerme en Los Álamos
El amanecer apenas despuntaba sobre el caserón del Asilo Santa Margarita, una construcción centenaria enclavada a las afueras del pueblo de Los Álamos, junto a un bosque de eucaliptos y sauces que susurraban incluso en la más absoluta calma. Su fachada conservaba la arquitectura colonial con paredes gruesas, portones de hierro forjado y vitrales que filtraban la luz en tonos pálidos. Hacía tiempo que la comunidad evitaba hablar mucho del lugar, como si nombrarlo atrajera las historias que preferían sepultar en el olvido.
Pero esa mañana, el silencio se quebró.
Don Ernesto, el jardinero del asilo desde hacía veintidós años, empujaba su carretilla oxidada entre los senderos cubiertos de hojas secas. Conocía cada rincón de los jardines, cada raíz que emergía del suelo, cada sombra que no debía seguirse con la mirada.
Mientras regaba los crisantemos junto al muro norte, notó algo que hizo que el agua dejara de fluir y el corazón se le encogiera. Allí, tendida junto al banco de piedra donde solía sentarse cada mañana, yacía Doña Luisa García de Rivas, envuelta en una bata clara, el cabello blanco desordenado como alas de paloma. Su piel tenía una tonalidad cenicienta, y la expresión de su rostro... no era la de alguien que murió en paz.
Don Ernesto se quedó de pie, con la manguera goteando a sus pies.
—No… no puede ser —musitó, tembloroso—. No otra vez.
No era la primera muerte en el Santa Margarita. Pero era la primera en casi dos décadas que no parecía natural.
El llamado a la comisaría local fue escueto y nervioso. Para cuando el oficial de guardia llegó, acompañado de un joven médico rural que hacía las veces de forense, la noticia ya había comenzado a colarse por los pasillos del pueblo.
En la radio comunitaria, se interrumpió la música folclórica con una voz temblorosa:
"Último momento: hallan muerta a una residente del Asilo Santa Margarita en circunstancias no esclarecidas. Vecinos reportan movimientos extraños en la zona durante la madrugada..."
La noticia llegó más lejos de lo previsto.
Apenas unas horas después, Baltazar Montes, inspector especializado en crímenes no convencionales, recibió un mensaje directo desde la fiscalía de Canelones. El remitente no era habitual. Venía de un exalumno suyo en la academia.
"Baltazar, hay algo raro en Los Álamos. Una muerte en el asilo. Testigos dicen que la mujer gritó nombres que no usaba hace décadas. El cuerpo tiene marcas en los tobillos. ¿Podés venir?"
Baltazar cerró el libro que leía —una recopilación de crónicas sobre la peste negra— y suspiró.
Desde el caso del espejo colonial, no había vuelto a pisar Los Álamos. Había prometido no regresar salvo que fuera estrictamente necesario.
Lo era.
La estructura del Santa Margarita no había cambiado desde la última vez que lo había visitado, como estudiante de secundaria en una excursión guiada. Recordaba haber sentido un frío inexplicable al entrar en el ala sur, donde una monja les había advertido que no hicieran preguntas sobre "los antiguos moradores".
Ahora, treinta años después, volvía como investigador, no como adolescente curioso.
—¿Estás seguro de que es esto? —preguntó Manuel González, periodista y cronista del diario La Gaceta Invisible, bajando de la camioneta que los trajo desde Montevideo.
—Sí —respondió Baltazar, ajustándose el abrigo—. Nos llamaron porque hay algo más que una muerte. Este lugar… tiene historia.
—¿De qué tipo? —intervino Salvador Leal, forense criminal y primo de Baltazar, mientras revisaba en su tableta los antecedentes del sitio—. Escuchá esto: el asilo fue antes un hospicio, y antes de eso, un monasterio jesuita. En los archivos figura una clausura temporal por "eventos espirituales no especificados" en 1962.
Manuel arqueó las cejas.
—O sea: fantasmas.
—O rencores muy viejos que se niegan a morir —añadió Baltazar, ya subiendo los escalones de piedra.
El director del asilo, Don Alejandro Robles, los recibió en el vestíbulo con la compostura de quien ha ensayado su versión de los hechos.
—Gracias por venir, inspector. La policía local está haciendo lo posible, pero... hay cosas que no saben manejar. Creí prudente solicitar ayuda externa.
—Describa lo que ocurrió —dijo Baltazar, tomando nota.
—A las seis y treinta, el jardinero halló el cuerpo de la señora García. Era residente nuestra desde hace ocho años. Sufría Alzheimer avanzado. No tenía familiares cercanos. Encontramos... marcas en sus tobillos. Como si hubiera sido atada, pero no hay sogas, ni objetos cerca. No hay cámaras en esa zona del jardín.
—¿Hubo testigos? ¿Alguien escuchó algo?
—Doña Margarita, otra residente, dice haber oído una canción infantil tarareada cerca de la ventana. Pero tiene episodios de delirio, no podemos saber cuánto es real y cuánto es imaginación.
—Permítame juzgarlo yo.
Don Alejandro dudó un instante, luego asintió.
—Por supuesto.
Baltazar intercambió una mirada breve con Salvador, que ya había comenzado a revisar el reporte forense preliminar. Su rostro serio indicaba que algo no cuadraba.
—¿Qué encontraste?
—La expresión facial de la víctima indica pánico agudo en el momento del fallecimiento. Pero no hay signos claros de asfixia, envenenamiento o trauma físico mayor. Sin embargo... —mostró la tableta—. Fijate en esto: las marcas en los tobillos parecen haber sido causadas por algo muy fino, casi como... hilo metálico. Algo que no dejaría residuos visibles.
—¿Un símbolo? ¿Una señal?
—Todavía no. Pero es como si la hubieran sujetado con algo que no está allí.
En la habitación donde velaban el cuerpo, el aire era espeso. Doña Luisa yacía sobre una camilla, con las manos cruzadas sobre el pecho. Alrededor, las demás residentes del ala oeste murmuraban entre sí con una mezcla de temor y culpa.
Doña Margarita, sentada en su silla de ruedas, miró a Baltazar como si lo reconociera de otro tiempo.