Misterio en el asilo

Capitulo 2 - Ecos de sangre

Los ecos de la casa no eran simples resonancias acústicas. En el Asilo Santa Margarita, los sonidos parecían arrastrar recuerdos antiguos por los pasillos. El roce de pasos en la madera vieja, el tañido leve de una campana lejana, el susurro de un nombre pronunciado por alguien que ya no estaba. Los Álamos no era ajeno a lo inexplicable, y Baltazar lo sabía.

Mientras Manuel tomaba fotografías del mensaje escrito detrás del espejo de Doña Luisa, Baltazar examinaba el grafito con su lupa portátil.

—"Brígida. Septiembre, 1956." —leyó en voz baja—. No parece haber sido escrito hace poco. La grafía está algo desvaída, y hay polvo acumulado encima.

Salvador asintió mientras sostenía una linterna ultravioleta.

—Y sin embargo, no lo habían descubierto antes.

—¿Quién era Brígida? —preguntó Manuel, apuntando la libreta de notas que llevaba consigo desde que comenzaron el caso—. ¿Y qué significa eso de la "canción de cuna"?

Baltazar respiró hondo. El aire del asilo no le gustaba. Era denso. Como si lo observaran desde dentro de las paredes.

—Tenemos que reconstruir la historia de este lugar —dijo—. Y averiguar qué ocurrió realmente en 1956.

Doña Margarita los recibió en su habitación poco después del mediodía. Estaba sentada junto a la ventana, bordando con dedos temblorosos. No parecía sorprendida al verlos.

—Yo conocí a Brígida —dijo antes de que pudieran siquiera saludarla—. Era joven, mucho más que yo. Una enfermera interna. Hermosa, callada. Decían que hablaba con los cuadros del pasillo sur.

—¿Murió aquí? —preguntó Salvador.

—Desapareció —dijo Margarita con una sombra de tristeza en la voz—. Una mañana, simplemente no bajó al desayuno. Buscaron en todas partes. Dijeron que había huido con un médico. Pero eso no era cierto.

—¿Cómo lo sabe? —inquirió Manuel.

Doña Margarita dejó el bordado sobre su falda.

—Porque oí cómo la llamaban. Por las noches. La oí llorar. La oí cantar. Su voz… seguía en los pasillos, aunque ya no estuviera.

Baltazar la observó con atención.

—¿Qué cantaba?

—Una canción de cuna. Antigua. Como las que cantaban las abuelas de antes. A veces decía: “Duérmete, niño, que viene la pena…” —murmuró—. Y entonces se escuchaba un golpe. Un solo golpe seco. Como si alguien… cayera.

Nadie dijo nada durante un largo momento.

Horas más tarde, ya en el ala administrativa del asilo, Baltazar y Salvador se sumergieron en los archivos históricos del Santa Margarita. El sótano olía a humedad, encierro y pergamino viejo. Anaqueles repletos de carpetas carcomidas, legajos con anotaciones en tinta desvaída y papeles doblados tantas veces que parecían a punto de deshacerse.

—Acá —dijo Salvador, sacando un volumen polvoriento—. “Ingresos de personal, 1954–1957”.

Baltazar hojeó con rapidez entrenada. Y allí estaba:

Brígida Fernández. Enfermera asistente. Ingreso: julio de 1954. Observaciones: servicio nocturno. Estado civil: soltera. Fecha de baja: 16 de septiembre de 1956. Motivo: ausencia injustificada.

—Lo marcaron como abandono del puesto —dijo Salvador.

Baltazar, en cambio, miraba una pequeña notación escrita en letra diferente, al margen de la ficha.

—"Ver caso 41/N" —leyó—. ¿Eso qué significa?

Buscaron durante casi media hora hasta hallar un sobre gris, sin rotular, en una carpeta aparte. Dentro había solo un informe breve, redactado por el entonces director del asilo:

“Caso 41/N – Se investiga la desaparición de la enfermera B.F. Durante los días previos, mostró signos de desequilibrio emocional, afirmando ser seguida por ‘el niño del cuarto vacío’. Testimonios contradictorios de residentes. Se recomienda clausura de la habitación 17A hasta nuevo aviso.”

Baltazar cerró el sobre con cuidado.

—Necesito ver esa habitación —dijo.

El cuarto 17A quedaba en el ala sur, actualmente cerrado con llave y sellado con cinta que decía “No habilitado”.

Don Alejandro protestó, pero no pudo impedir que Baltazar y su equipo accedieran.

Dentro, el aire era distinto. Más frío. Más espeso.

El mobiliario estaba cubierto por sábanas blancas. Pero en la pared opuesta a la ventana, se distinguía algo que el polvo no había conseguido ocultar: un mural infantil, con estrellas, una luna sonriente y un dibujo desvaído de un niño.

Baltazar se acercó. El niño tenía los ojos muy grandes. No por dulzura. Por horror.

—¿Esto fue hecho por Brígida? —preguntó.

Don Alejandro negó con la cabeza.

—No. Ya estaba cuando ella llegó. Es mucho más antiguo.

Salvador iluminó la pared con luz UV. Y ahí lo vieron.

Bajo el mural, escrito con tiza o tal vez ceniza, aparecía una frase:

“Lo vi en la cuna. Con los ojos abiertos.”

Aquella noche, la tensión en el asilo era palpable. Manuel se quedó escribiendo en su laptop, anotando cada detalle del caso. Salvador revisaba los análisis forenses. Baltazar caminaba por los pasillos, atento al sonido del viento que golpeaba las ventanas.

En el ala oeste, donde dormían los residentes, Doña Margarita se sobresaltó al oír una canción.

Era una voz femenina. Joven. Suave.

—Duérmete, niño… que viene la pena…

Margarita abrió los ojos, temblando.

—Brígida —susurró.

Y entonces, un golpe seco resonó en la pared.

Justo cuando Baltazar giró en el pasillo, una figura vestida de blanco pasó corriendo frente a él.

No era una enfermera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.