Misterio en el asilo

Capítulo 3 – La habitación cerrada

Capítulo 3 – La habitación cerrada

La madrugada en el Asilo Santa Margarita era distinta a la de cualquier otro sitio. El silencio no era completo, estaba lleno de matices: el crujido lejano de una madera hinchada, el arrastrar lento de algo invisible bajo las paredes, y a veces, una canción suave, incompleta, que parecía venir desde los rincones que nadie limpiaba.

Baltazar Montes no podía dormir.

Desde el hall central, observaba la puerta cerrada de la habitación 17A. Se había asegurado de que volviera a quedar bajo llave, pero algo en su instinto le decía que esa puerta ya no pertenecía al asilo.

Que estaba abierta desde otro lado.

—¿No podés descansar un segundo, B? —dijo Manuel, que apareció con una taza de café humeante—. ¿Qué te preocupa tanto? No es la primera vez que investigás una muerte con pistas sobrenaturales.

Baltazar aceptó la taza y la sostuvo entre las manos sin beber.

—Este lugar está lleno de intersecciones. Tiempos que no se alinean. Personas que repiten roles sin saberlo. Doña Luisa no fue una víctima al azar. Estaba marcada. ¿Sabías que hay una línea de muertes similares cada veinticinco años? Todas mujeres. Todas con nombres que empiezan con L. Luisa, Leticia, Lucinda…

—¿Estás diciendo que es un patrón?

Baltazar asintió.

—Y Brígida fue la única que intentó romperlo. Por eso desapareció.

Esa mañana, Salvador Leal pidió autorización para revisar con más detalle la estructura del asilo. Especialmente el sector sur, donde estaba la habitación 17A.

Don Alejandro, cada vez más tenso, se mostró reacio.

—Esa ala está clausurada desde los setenta. Nadie entra ahí desde hace décadas.

—¿Por qué? —preguntó Salvador.

—Porque después de que Brígida desapareció, empezaron a suceder cosas extrañas. Las enfermeras escuchaban ruidos de niños. Un residente fue hallado ahogado en un balde de agua, sin que nadie supiera cómo. Hubo cartas anónimas. Despidos. El lugar fue sellado. Punto final.

—¿Dónde están esas cartas? —preguntó Baltazar.

—Desaparecieron —respondió Alejandro, secamente.

Pero no todos los documentos habían sido destruidos.

En el archivo del ayuntamiento de Los Álamos, Manuel logró acceder a una serie de informes confidenciales de 1956. Allí se mencionaban inspecciones al asilo tras la desaparición de la enfermera Brígida Fernández. Una carta, conservada por error en un expediente de urbanismo, llamó su atención.

Era breve. Escrito a mano.

“No la busquen más. Ella eligió quedarse. El niño la llamó por su nombre. Y nadie puede ignorar la canción si la escucha tres veces.”

Manuel sintió un escalofrío. Al pie del papel, una firma: Luisa G. Rivas.

—La misma Doña Luisa —susurró. Había escrito eso… cuando tenía apenas siete años.

Baltazar convocó una reunión informal en el salón del asilo. Estaban presentes él, Salvador, Manuel, y dos de los residentes: Doña Margarita y Don Alberto, un exprofesor de historia que padecía principios de demencia, pero aún tenía momentos de gran lucidez.

—Necesito que me hablen de Brígida —pidió Baltazar.

Doña Margarita guardó silencio, pero Don Alberto sonrió como si regresara de golpe a un recuerdo querido.

—Ah, Brígida… tenía una voz de agua. Ligera, clara. Siempre andaba con una libreta. Dibujaba cosas. Decía que soñaba con pasillos infinitos, con un bebé que le pedía ayuda sin hablar.

—¿Dibujaba? —preguntó Salvador—. ¿Guardó esos dibujos?

—En su cuaderno. Se lo entregó a Luisa antes de desaparecer. Me acuerdo. Yo los vi. Dibujos raros. Espirales dentro de espirales. Un niño en una cuna que flotaba.

Baltazar se irguió.

—¿Dónde está ese cuaderno?

Margarita respondió esta vez.

—Luisa lo escondió. Decía que si alguien lo encontraba, el niño podría volver. Siempre hablaba de él en voz baja. “Si me encuentra, me va a llevar de nuevo”.

La búsqueda del cuaderno ocupó el resto del día. Revisaron el cuarto de Luisa, el viejo armario, los estantes, hasta detrás de los azulejos sueltos del baño.

Nada.

Hasta que Salvador, por instinto, tocó el respaldo de la cama. Un sonido hueco respondió.

—Ayudame —pidió.

Juntos desmontaron el marco. Dentro, oculto tras una tabla falsa, hallaron un objeto envuelto en tela: un cuaderno de tapas negras, con las iniciales B.F. en la portada.

Baltazar lo abrió con cuidado.

Las primeras páginas eran notas de enfermería, nombres de medicamentos, cambios de turno. Pero más adelante, la caligrafía cambiaba.

Frases sueltas. Garabatos.

“El niño no duerme.”

“Lo veo en el espejo.”

“Luisa canta con él.”

Y dibujos.

Un símbolo repetido: una cuna rodeada por cinco círculos concéntricos, como una especie de sello o trampa.

Salvador tomó una foto. Baltazar no despegaba los ojos del papel.

—Este símbolo… lo he visto antes.

Manuel se acercó.

—¿Dónde?

—En una cabaña abandonada en el bosque de Los Álamos. Hace años. Durante otro caso. Lo llamaban El Círculo del Silencio. Era parte de un ritual para aislar algo… algo que no podía cruzar por sí mismo.

—¿Y si ese algo volvió?

Baltazar cerró el cuaderno.

—Entonces no fue un asesinato. Fue una invocación fallida. O peor: un pacto roto.

Esa noche, una de las enfermeras nuevas —Jéssica— desapareció durante el turno.

Solo dejaron encendida su linterna, al pie de la habitación 17A.

Y sobre la puerta, garabateado con tiza húmeda:

“Ya cantó tres veces.”




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