A las 3:37 de la madrugada, la linterna que Jéssica había dejado en el piso parpadeó una última vez y luego se apagó. El corredor frente a la habitación 17A quedó envuelto en una oscuridad tan densa que parecía absorber el sonido. Baltazar llegó solo unos minutos después. Se había despertado de golpe, sin saber por qué, pero con la certeza de que algo estaba ocurriendo.
Se inclinó y recogió la linterna. Aún estaba tibia.
—¿Jéssica? —llamó en voz baja.
No obtuvo respuesta.
Tocó la puerta de 17A. Estaba cerrada. El candado seguía en su sitio. Pero había algo en el aire, algo más pesado que el polvo. Una sensación pegajosa, como si la habitación ya no perteneciera al asilo… o a este mundo.
Baltazar sacó su teléfono y activó la cámara infrarroja.
No había nadie en el pasillo.
Pero en la pantalla… una silueta infantil de pie, dentro de la habitación, con la frente apoyada contra el vidrio de la ventana interior.
Por la mañana, el equipo se reunió en el comedor cerrado del personal. Nadie más debía saber lo que habían visto. Al menos no todavía.
—¿Podemos confirmar que Jéssica desapareció sin dejar rastro? —preguntó Manuel, mientras Salvador repasaba los informes de los turnos.
—No se fue por su cuenta. Sus pertenencias siguen en el cuarto. El celular quedó sobre la mesa de noche. Pero la cerradura de la 17A está intacta. Nadie la abrió —dijo Salvador.
—Entonces tenemos dos opciones —dijo Baltazar—. O mienten los sentidos… o alguien entró sin tocar la puerta.
—¿Y esa silueta? —insistió Manuel—. ¿Era el niño?
Baltazar no respondió de inmediato. Luego dijo:
—No lo sé. Pero no era humano.
Doña Margarita pidió hablar con ellos antes del almuerzo. Los esperaba en el jardín, sentada junto a una vieja estatua de San José. Los pájaros no cantaban esa mañana.
—Yo también la vi —dijo apenas se sentaron.
—¿A quién? —preguntó Baltazar.
—A Jéssica. Anoche. Cruzó el pasillo corriendo, como si la persiguieran. Gritó algo. Pero no en español.
—¿Qué dijo?
—No lo sé. Pero lo reconocí. Era como… lo que decía Brígida. Cuando hablaba en sueños. Como un canto. Una letanía.
Baltazar se quedó pensativo.
—¿Podría recordarlo?
Doña Margarita cerró los ojos. Murmuró algo en voz baja:
“Et dormiet inter circulos. Et non exiet nisi vocatus ter.”
Salvador se quedó helado.
—Eso es latín —dijo—. “Y dormirá entre círculos. Y no saldrá salvo que sea llamado tres veces.”
Esa tarde, revisaron el informe forense completo sobre el cuerpo de Doña Luisa. Había algo que no habían visto antes: un leve hematoma circular en la base del cráneo, muy preciso, como si le hubieran aplicado presión en un solo punto. Pero no había signos de lucha.
—¿Una marca ritual? —sugirió Salvador.
—¿O un sello? —aventuró Baltazar.
Fue Manuel quien, revisando la sección de objetos personales, notó una omisión. El personal del asilo había entregado todas las pertenencias de Luisa… menos un espejo ovalado que, según las fotos del cuarto, estaba en su mesita de noche.
—No está en evidencia, ni en inventario. ¿Dónde está ese espejo?
Nadie tenía una respuesta.
Buscaron por horas. Al final, fue Baltazar quien lo encontró, oculto tras una tapa floja en el fondo de un ropero olvidado, en una de las habitaciones deshabitadas del sector este.
El espejo era antiguo, marco de bronce con figuras talladas: un niño dormido, una cuna, un círculo de estrellas. Y al fondo del cristal, algo más.
—¿Qué ves? —preguntó Salvador, cuando Baltazar se quedó inmóvil.
—La habitación 17A.
—¿Qué?
—Sí. No el reflejo de donde estamos. Refleja ese cuarto… y alguien está adentro. Una mujer. Está… cantando.
—¿Es Brígida?
Baltazar negó lentamente.
—No. Es Jéssica.
Decidieron realizar un experimento. Colocaron el espejo en una sala vacía, frente a una cámara. Lo dejaron encendido toda la noche, con micrófonos y sensores. Nadie debía entrar.
A las 3:01 a. m., la cámara captó un cambio de temperatura súbito. Luego, la imagen en el espejo se alteró: la habitación reflejada era ahora una versión quemada de la 17A, con paredes negras, la cuna cubierta de cenizas y el niño… sentado, mirándolos fijamente.
La canción volvió a sonar. Esta vez, en voz de Jéssica.
“Duérmete, niño, que viene la pena…”
Y entonces, una segunda voz se unió. Una voz de mujer, más madura. Más quebrada.
“…y si no duerme, vendrá la cadena…”
Salvador miró a Baltazar.
—Esa es la voz de Brígida.
Al día siguiente, decidieron abrir la habitación 17A.
Don Alejandro se opuso, pero ya era tarde. El juez de paz local, tras la desaparición de Jéssica, autorizó la intervención.
Cuando forzaron la puerta, el interior estaba intacto. Pero sobre la cama, había algo que antes no estaba:
Una cuna antigua, con el colchón cubierto de ceniza.
Y dentro… un mechón de cabello largo, rojizo.
Jéssica era pelirroja.
Baltazar se acercó al centro del cuarto. Cerró los ojos. Respiró hondo.
—Esto no es solo un crimen —dijo—. Es un umbral. Un sitio donde el tiempo falla. Donde las culpas se repiten. Luisa lo sabía. Brígida lo intentó impedir. Pero algo la llamó. Y ahora Jéssica también respondió.
—¿Qué cosa? —preguntó Manuel.
Baltazar miró hacia el espejo, que seguía en la sala contigua. En el reflejo, el niño sonreía por primera vez.
—El niño… o lo que usa su forma… quiere volver a nacer.
Capítulo 5 – El ritual de las tres voces
La mañana siguiente amaneció sin sol. Un manto espeso de niebla rodeaba el asilo Santa Margarita como si el lugar estuviera sumido en un invierno privado. Las campanas de la iglesia del pueblo no repicaron a las ocho. Según dijo Don Ernesto, “el bronce se había agrietado por dentro”.
Nadie lo había tocado.
Baltazar, Salvador y Manuel se encerraron en la antigua sala de recreación con el cuaderno de Brígida, el espejo, y los registros municipales que habían traído desde la alcaldía de Los Álamos. También estaba presente Cecilia Duarte, especialista en simbología y médium, convocada de urgencia desde Montevideo.