Misterio en el asilo

Capitulo 5 -El ritual de las tres voces

La mañana siguiente amaneció sin sol. Un manto espeso de niebla rodeaba el asilo Santa Margarita como si el lugar estuviera sumido en un invierno privado. Las campanas de la iglesia del pueblo no repicaron a las ocho. Según dijo Don Ernesto, “el bronce se había agrietado por dentro”.

Nadie lo había tocado.

Baltazar, Salvador y Manuel se encerraron en la antigua sala de recreación con el cuaderno de Brígida, el espejo, y los registros municipales que habían traído desde la alcaldía de Los Álamos. También estaba presente Cecilia Duarte, especialista en simbología y médium, convocada de urgencia desde Montevideo.

—Hay un patrón —dijo Baltazar, señalando una serie de dibujos circulares—. Cada veinticinco años. Una mujer desaparece. Un testigo enloquece. Y siempre se menciona una canción, un espejo y un niño que “duerme entre los círculos”.

—¿Y qué tienen en común las víctimas? —preguntó Cecilia, hojeando el cuaderno.

—Todas pasaron por esta institución. Pero no todas murieron aquí. Luisa sí. Leticia, en 1974, murió en su casa. Lucinda, en 1949, en el hospital viejo de Los Álamos.

—¿El ritual se traslada con ellas?

—No —intervino Salvador—. El punto de anclaje es este lugar. El asilo es el centro. Pero ellas eran las “puertas”.

—¿Puertas para qué?

Baltazar cerró el cuaderno.

—Para lo que duerme en el círculo.

A media tarde, analizaron el cuaderno de Brígida en profundidad. Entre los dibujos había tres secuencias repetidas:

Una mujer joven cantando frente a una cuna.

Un espejo sostenido por una figura sin rostro.

Una tercera figura que observa desde la oscuridad.

Cecilia apuntó algo fundamental.

—Esto no es solo una invocación. Es un ritual de contención, fallido. Fue diseñado para sellar algo, no para liberarlo. Pero alguien ha modificado los pasos.

—¿Cómo lo sabés?

—Porque faltan versos. Brígida los tachó. Corrigió el símbolo. Y hay un dibujo que no encaja con los demás.

Era una partitura simple, con tres compases repetidos. Un canto antiguo, escrito en solfeo rudimentario. Al pie, una palabra: “Vocatio”.

—La llamada —susurró Manuel.

Baltazar se irguió.

—El ritual requiere tres voces. Una llama. Una recibe. Y una entrega.

Esa noche, decidieron probar un experimento controlado. Cecilia, que tenía experiencia en psicofonías y fenómenos de transcomunicación, propuso reproducir la partitura frente al espejo, con micrófonos y sensores activados.

—Vamos a emitir la voz que llama —explicó—. Si hay una respuesta, tal vez podamos identificar el “patrón” que se repite en el ritual.

La canción era breve, casi infantil. Pero al entonarla, el aire cambió. La luz se volvió turbia. El espejo comenzó a vibrar levemente, como si el vidrio respirara.

Y entonces apareció una silueta femenina. De espaldas. Cantando el segundo compás.

—¿Es Brígida? —preguntó Salvador, con la voz en la garganta.

Cecilia negó lentamente.

—No. Es Luisa. La joven Luisa. De cuando tenía siete años.

La niña en el espejo se giró.

Y sonrió.

Baltazar, de pie junto al marco del espejo, sostuvo el cuaderno de Brígida.

—Ella fue la primera voz. Luisa, la segunda. Falta la tercera. La que entrega.

Cecilia se volvió hacia él.

—¿Y si esa tercera voz es Jéssica?

—O nosotros —dijo Manuel—. El ritual está incompleto. Pero no sabemos qué pasa si se termina.

La luz se cortó de pronto. Un estruendo seco recorrió el pasillo como si algo enorme hubiera caído de golpe.

Cuando lograron encender las linternas, el espejo ya no reflejaba a Luisa.

Ahora reflejaba la habitación 17A… vacía.

Y sobre el cristal, escrito desde dentro, apareció una frase en latín:

“Unum restat.”

Salvador la tradujo.

—“Solo falta uno.”

Decidieron cerrar la sala y sellar el espejo. Baltazar colocó el símbolo de los cinco círculos concéntricos sobre el marco con tiza y aceite. Cecilia lo roció con salvia y verbena. Nadie durmió esa noche.

Al amanecer, un nuevo residente apareció muerto en su cama.

Don Alberto.

Murió sin signos de violencia. Sin dolor.

Solo con una expresión… de alivio.

En su mesa de noche, había una hoja suelta del cuaderno de Brígida. Y en ella, dibujada con lápiz tembloroso, una cuna vacía.

Y debajo, escrito con pulso infantil:

“Ahora sí puede nacer.”




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