La muerte de Don Alberto fue silenciosa, pero su significado retumbó en los pasillos como un trueno. A diferencia de Luisa, no hubo lucha, ni sangre, ni marca. Solo su cuerpo encogido en la cama, las manos sobre el pecho, como si hubiera esperado ese momento durante décadas. El dibujo de la cuna vacía y la nota infantil lo decían todo: alguien —o algo— estaba esperando nacer.
Baltazar no durmió esa noche. Sentado en el pasillo frente a la habitación 17A, escuchó, durante horas, un golpeteo tenue, rítmico, casi como una respiración. Como si algo se balanceara dentro del cuarto.
—Ya no es solo un crimen —murmuró al amanecer—. Es un parto.
Cecilia lo confirmó.
—No buscan liberar a un espíritu. Buscan encarnarlo.
—¿Cómo? —preguntó Manuel.
—Un nacimiento simbólico. Un cuerpo que actúe de vehículo. Jéssica fue atraída. Luisa, de algún modo, lo contuvo. Pero ahora la fuerza quiere algo más estable. Un huésped. Un cuerpo completo.
—¿Y por qué Don Alberto? —dijo Salvador.
—Porque estuvo cerca. Porque escuchó. Porque estaba dispuesto. Y porque era un testigo del último ciclo, en 1999. Él vio lo que Brígida intentó sellar. Y al morir, dejó el paso abierto.
Baltazar hojeó el cuaderno de Brígida una vez más. En las últimas páginas, con letra rápida y angustiada, Brígida había escrito:
“No basta con cerrarle la puerta. Hay que ofrecerle algo a cambio.”
—¿Qué significa eso? —preguntó Manuel.
Cecilia bajó la voz.
—Todo ritual de contención requiere una ofrenda viva. Algo que contenga la energía. Un canal. Un sacrificio consciente.
Pasado el mediodía, recibieron la visita de Ángela Suárez, una antigua enfermera del asilo. Trabajó con Brígida en los años noventa. Había oído del caso por la radio y vino por su cuenta, alarmada por los nombres que se repetían.
—Yo estuve en el turno cuando murió Lucinda —dijo—. En el 74. Tenía Alzheimer. Como Luisa. Una noche se sentó frente al espejo, en la 17A, y empezó a cantar. Tres veces. La misma canción. Luego se desmayó. Cuando despertó, estaba ciega. Dijo que había visto al niño “cruzar”.
—¿Y Brígida? —preguntó Baltazar.
—Ella fue la única que lo entendió. Intentó sellar el ciclo. Creó el símbolo. Ocultó el espejo. Escribió el cuaderno. Pero no logró detenerlo.
—¿Por qué?
Ángela dudó. Luego dijo:
—Porque no se atrevió a completar el ritual. Faltaba la tercera voz. Nadie quiso ofrecerse.
Esa noche, Cecilia propuso una acción desesperada.
—Tenemos que completar el ritual. Volver a recitar el canto. Entrar al espacio del espejo. Y ofrecer algo a cambio.
—¿Algo? —preguntó Salvador.
—Alguien.
Se hizo el silencio.
—Yo lo haré —dijo Baltazar.
—No. —Salvador se adelantó—. Ya has entrado antes. No sabés cuánto se arriesga al cruzar.
—Yo sí lo sé. Y por eso lo haré.
Cecilia asintió. No estaban invocando. Estaban intentando sellar. Como una válvula. Y la única forma de que funcionara era si alguien lo hacía voluntariamente.
A las tres en punto de la madrugada, volvieron a la sala del espejo. Encendieron velas de salvia, marcaron los cinco círculos concéntricos en el suelo, y colocaron el cuaderno de Brígida abierto sobre un atril. Salvador tomó el violín antiguo de Luisa, que aún conservaba una sola cuerda. Manuel sujetó una grabadora de audio.
Baltazar se colocó frente al espejo.
—¿Listo? —preguntó Cecilia.
Él asintió.
Entonces cantaron.
Primera voz: Cecilia, con el canto inicial.
Segunda voz: la grabación de Luisa, extraída del video del espejo.
Tercera voz: Baltazar, firme, seguro, enfrentando su reflejo.
La superficie del espejo comenzó a temblar. Luego, se abrió como una cortina líquida.
Baltazar dio un paso al frente.
Y desapareció.
Adentro, el tiempo no existía. Baltazar no sentía su cuerpo. Solo estaba el cuarto 17A, ennegrecido, quemado, con la cuna humeando en el centro. Frente a ella, el niño.
No tenía rostro.
Solo una máscara hecha de piel seca y cabello humano.
A su lado, Brígida. O lo que quedaba de ella. Sostenía a Jéssica entre sus brazos, dormida.
—¿Qué es esto? —preguntó Baltazar.
—El lugar intermedio —respondió la voz de Brígida—. Aquí duerme lo que nunca debió nacer. Y cada ciclo, alguien viene a intentar despertarlo.
—¿Y ahora?
—Ahora podés elegir.
El niño se giró. Alzó una mano. Tenía una flor marchita entre los dedos.
Baltazar sintió que algo lo llamaba. Una voz, vieja como la tierra, dulce como el veneno.
“Decí mi nombre… y naceré.”
—No —respondió Baltazar.
Y clavó la flor al centro del símbolo dibujado en la cuna.
Todo se volvió blanco.
Baltazar despertó en el piso de la sala del espejo. Temblando. Cubierto de sudor. La superficie del espejo estaba resquebrajada. El símbolo había quedado grabado, ahora, en el cristal.
Jéssica estaba junto a él. Viva. Desorientada.
—¿Dónde estuve? —preguntó.
—Donde no hay tiempo —dijo Baltazar—. Pero ya está cerrado.
Cecilia lo ayudó a levantarse.
—¿Lo sellaste?
—Sí. Y esta vez, no va a volver.
El asilo volvió a la calma. Doña Margarita plantó una flor blanca en el jardín, en memoria de Don Alberto. Don Ernesto colgó una cruz nueva en la puerta de la 17A. El espejo fue guardado en una bóveda del archivo municipal, sellado con cera ritual.
Manuel escribió la crónica completa. Salvador archivó las pruebas. Baltazar, durante varias semanas, no durmió bien.
Porque a veces, en sueños, volvía a ver la cuna.
Y un niño sin rostro que aún susurraba:
“Decí mi nombre…”
Pero él no lo haría.
Nunca más