Epílogo – Lo que no tiene forma
Los Álamos parecía dormido.
Después del escándalo en el asilo Santa Margarita, el pueblo regresó a su ritmo cansino: las campanas de la iglesia a las seis, la radio AM sonando en las ferreterías, las calles vacías al caer la tarde.
Pero algunas cosas no vuelven a su sitio, por más que uno lo intente.
La habitación 17A fue tapiada con ladrillos, sellada con una cruz de madera y un cartel que decía “Sin acceso”. Los nuevos internos no sabían qué había pasado allí. Los viejos, como Doña Margarita, simplemente evitaban mirar ese pasillo.
El espejo fue encerrado bajo llave en una bóveda del museo local, donde nadie lo reclamó, ni supo explicar por qué irradiaba una temperatura extrañamente tibia, incluso en invierno.
Y en una caja de seguridad dentro del archivo parroquial, Baltazar Montes dejó el cuaderno de Brígida, el símbolo grabado y una carta sin firma que solo decía:
“No lo despierten con palabras.
Él se alimenta del recuerdo compartido.
Y de los que miran demasiado fijo lo que no tiene forma.”
Manuel González publicó la crónica completa en un libro titulado Los que Cantan Tras el Vidrio. Fue recibido como una obra de “ficción metafísica” por los críticos. Nadie quiso aceptar que estaba basada en hechos reales.
Nadie, salvo aquellos que también lo habían visto.
Baltazar recibió cartas de Salto, Durazno, San José, incluso del Chuy. Testimonios de hombres y mujeres que hablaban de niños sin rostro, de canciones nocturnas, de sueños donde una cuna se mecía sola.
Salvador Leal, por su parte, comenzó a mostrar síntomas de un fenómeno que él llamaba “visión múltiple”. Durante algunos análisis forenses, aseguraba ver dos versiones del mismo cuerpo: una real… y otra que “aún no había muerto”.
Cecilia Duarte volvió al convento de Santa Filomena. Allí encontró el fragmento perdido del Sermo Infans, escrito en latín antiguo, que decía:
“Zarza non venit per furias, sed per somnia.
Non oppugnatur per ferro, sed per oblivionem.”
(Zarza no viene con furia, sino en sueños.
No se lo combate con hierro, sino con olvido.)
Un mes después, Baltazar recibió un sobre sin remitente.
Dentro había una hoja arrancada de una libreta escolar. Escrita con lápiz de grafito, letra infantil.
Solo decía:
“Gracias por no dejarme nacer.
Esta vez.
Pero hay otros espejos.
Y otras voces.”
Baltazar miró el papel largo rato. Lo metió en una caja metálica junto con otras cosas que había prometido nunca volver a tocar.
Pero en el fondo sabía que la historia no había terminado.
Porque Zarza no era una criatura.
Era un patrón.
Una idea.
Un eco.
Y mientras alguien recordara su nombre, mientras alguien más repitiera el canto —aunque fuera en un susurro, aunque fuera sin saberlo—, entonces…
podría volver.
FIN