Mitos Y Leyendas De Mi Abuelo Chucho

LA MOZA MAS BELLA

Erase un pueblito, muy cerca de por acá, que debido a una fuerte campaña de radio y televisión se habían ideado un tipo de belleza femenina algo singular. Toda una muñeca como las vistas en los aparadores de las tiendas: cabellera rizada y amarilla, grandes ojos azules; labios, senos y nalgas abultadas, y piernas muy largas.

Cada vez que nacía una niña, la revisaban de pies a cabeza buscado dichos rasgos.

 «!Ja, ja!, esa pobre niña que nació ayer en casa de Exequiel, para ganar un concurso de belleza tendrá que volver a nacer», así los habitantes del pueblo se referían a las niñas que no cumplían con los cánones de belleza establecido en aquel pueblo.

En ese pueblo, el titulo de mujer más bella lo tenía una mujer de piel blanca, alta, pelirroja y  de pechos grandes, a quien llamaban la hechicera por volver loco a los hombres.

Aconteció, en ese mismo pueblo, el nacimiento de una moza a quien llamaron Cielo. Aquella niña tenía sus ojos grandes y azules (tan azules como un cielo despejado) y, el pelo rizado y amarillo como anillos de oro.

«!Que niña más bella!, a pesar de ser flaquita, tiene unos ojos grandes y azules que embelese a las estrellas. Y una cabellera rizada y amarilla que  nos llena de envidia», decían quienes veían a aquella niña.

La madre de Cielo era una morena alta y delgada de pelo largo y lizo, y ojos achocolatados; considerada por los habitantes del pueblo como una india buenamoza. Siempre que salía de su casa se llevaba a la niña para mostrarla a todos los que se le acercaran, quien orgullosa decía:

—Miren esos ojos, tan grandes y azulitos como un cielo despejado. Sacó los mismos ojos de la abuela por parte del Papá; cuyo padre vino de tierras lejanas a brindarnos rasgos de nobleza: ¡Tal mejora de cierto es, que aquí tienen a esta niña, para el disfrute de usted!

Algunos del pueblo se maravillaban ante la belleza de la niña, otros sentían envidia, pues comentaban:

—Que suerte tiene la mamá de Cielo; su primera hija con unos rasgos tan bellos… y eso que su marido no es de otras tierras, ¡es un mozo de los de acá!

La mujer a quien llamaban la hechicera, a pesar de estar bien dotada y tener el titulo de la mujer más bella; vio en la niña una fuerte competidora, por lo que le lanzó un mal de ojo.

La  niña cambio sus ojos grandes y azules por unos ojos pequeños y negros, y su pelo rizado y amarillo por unos tostado y  negro. 

A pesar de que la niña mantuvo su simpatía y belleza, aquellos rasgos no armonizaban con los patrones de belleza establecidos por la radio y la televisión.

Por lo cual,  la niña fue objeto de indiferencia por la gente del pueblo.

—!Pobre Cielo!, ahora es flacucha como una espiga, de ojos pequeño y negros que desencanta a las estrellas. Y una cabellera negra y tostada que  no nos alegra— decían quienes antes sentían envidia por la niña.

Esa situación enojo mucho a los padres de Cielo, ya que esos ojos azules y ese pelo amarillo era prueba de que su abuelo provenía de tierras lejanas.

Ya adolescente, Cielo desarrollo grueso  labios, grandes pecho, voluptuosas nalgas y piernas muy largas. Siendo nuevamente admirada por sus vecinos y visitantes, quienes le rendían pleitesía:

—! Mujer! Ahora Cielo, es alta y atractiva, no necesitas sus ojo azules y pelo dorado para ser enaltecida.

Todas las tardes y los fines de semana Cielo con algunas amigas (las más bonitas del pueblo)  paseaban portando pequeños bikinis por las calles del pueblo y la orilla de la playa: Atraían las miradas de todos los jóvenes y ancianos. A pesar de tener todas ellas, cuerpos fascinantes, resaltaban los rasgos de Cielo, quien recibía todos los halagos:

—!Muchacha! Que tan bien dotada estas, cual camello que emerge entre las dunas: exhibiendo sus enormes jorobas y voluptuosas pesuñas. Deseo besar tus pies y calmar mi sed con el néctar de esas vasijas que me abruman.

Cielo y sus amigas no se sentían ofendidas con esas palabras tan insinuantes, pues, eran halagos que enaltecían su ego.

—Esperen a que nos vean por la televisión—señalaban sonrientes las mozas al revelar su gran afición.

Los admiradores de Cielo siempre se preguntaban el por qué ella no concursaba para ser la reina de las fiestas patronales. Cielo siempre respondía: —¡Calma!, que espero el momento más oportuno para coronarme como reina de belleza.

La realidad era que Cielo se estaba preparando para el concurso. Ella y sus amigas ejercitaban algunos atributos que, según, debería tener como reina de belleza: un elegante andar, una sonrisa perfecta, inteligencia incuestionable, conocimiento de su historia y geografía, así como una voz elocuente. Ellas pensaban que no bastaba con ganarse el publico de la televisión, también estaba la radio y las portadas de revistas.

Así llegó ese momento oportuno, tan esperado por las jóvenes y jamás acontecido en aquel pueblo: —¡el certamen será televisado!, y visto por todo el mundo —gritaron al unísono Cielo y sus amigas—¡Corramos chicas a inscribirnos todas juntas!

En poco tiempo las jóvenes habían recogido las firmas y contribuciones suficientes para entrar en el concurso. Aunque todo estaba a favor de Cielo, a las amigas de esta, lo que le interesaban era: «Salir por la televisión», un pensamiento recurrente en sus mentes.




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