Mitos Y Leyendas De Mi Abuelo Chucho

NARIZ DE TOMATE

Yo tuve un amor, el cual, hace algunos años se fue por mandato divino; pero aún visita mis recuerdos, en las noches de soledad en la cual vivo yo. Esta es la triste historia de un amor que por designios de Dios, yo he perdido.

En un principio saltaba de miedo y dolor; ya hoy, su espíritu acompaña mis desvelos. Es ella, la morena con nariz de tomate, quien me visita a escuchar mi canto que gustoso hoy les entrego:

     Si  te  miro  a   los ojos   con   tristeza, 

     es que añoro el calor de tus abrazos,

     y al buscarte en los rincones de la vida,

      me consuela tu imagen en un retrato.

     Grande  es  el vacío  que    dejaste,

     pues, me duele la verdad de tu partida,

      por este gran amor que aún   mantengo, 

     el cual no pudo fluir cuando existías.

     Quisiera tenerte cerca un segundo más,

      para en él, expresarte todo  mi  cariño,

     y rodear tu cuerpo con tantos besos,

      hasta vaciar este amor,  tan  reprimido.

     Solo pido al poderoso  Dios; perdone,

     mi gesto de enamorado empedernido,

     pero este amor que  aún no ha muerto.

     Que por voluntad de Dios lo he perdido.

 

Ahora, presten atención  para que escuchen este relato…

Una vez al año contaba con el permiso de mis Taitas para caminar por las calles del caserío en horas de la noche, la razón de aquel permiso era la procesión de la virgen (patrona del pueblo).

Aquella era la oportunidad de conversar y andar agarradito de las manos con una joven morenita con nariz de tomate, el color de su piel era tan oscuro como el esplendor de un azabache.

El contacto con su mano confundía mis sentimientos; disfrutaba de aquel paseo (mi mente lo cuestionaba, mi mirada la buscaba y  mi corazón saltaba de miedo). Mi Taita la llamaba la negra y me negaba todo contacto con ella; pues, el temor de mi padre era que oscureciera su descendencia con nietos de piel oscura.

Aconteció una mañana, muy tempranito, cuando al morena con nariz de tomate me invitó a ver una extraña señal que aparecía entre  los árboles durante el amanecer. Tal fenómeno ocurría en el extremo Este del pueblo (más allá del cementerio), lugar donde nuestros padres no nos permitían ir; pero, como a  todo joven travieso, era el sitio apropiado para ambos estar solos, sin la molestia de los ojos curioso de pueblo.

Para ver la señal, debíamos pararnos en la cima de un peñasco que emergía entre prominentes rocas adentrándose en el mar.

Y así lo hicimos, ella se movía con facilidad entre las aguas del mar y las rocas; cosa que a mí me costaba (es difícil andar por piedras resbaladizas por el limo), pero paso a paso y ayudado por ella, al fin llegamos a la cima.

Estando allí, y luego de esperar un buen rato al presuntuoso sol.  La morena con nariz de tomate, gritó de alegría y saltando señalaba hacia un enorme matorral diciendo:

— ¡Mira lo bella que es esa luz, tan brillante como las estrellas y tan anaranjada como el fuego! ¡Se parece a nuestra santísima virgen!, mira entre las ramas de ese matorral.

Sólo pude ver la radiante luz anaranjada y por mucho que me esforcé…  no pude ver la imagen de la virgen. En ese instante, escuchamos una voz a lo lejos que a gritos decía: — ¡Chucho, Chucho! —La voz retumbó entre las rocas y se repitió como un eco— ¡Chucho, Chucho! — por un momento pensé que era mi Taita, lo que me hizo temblar de miedo; sin embargo, no se veía ninguna persona en la orilla del mar. La voz ceso una vez desaparecida la luz.

Ya había amanecido y  vimos a lo lejos a las garzas iniciar su vuelo matutino en busca de su alimento; así como algunos pescadores nocturnos que regresaban a sus casas portando, enredados en sus atarrayas, el alimento para su familia.

Por lo cual, me apresure en regresar a casa, antes de que el Taita se despertara; pero… éste me esperaba echando humo de la rabia que tenia y templándome de una oreja me llevó hasta la sala de la casa para propinarme varios correazos con un cinturón que siempre portaba amenazante cuando nos regañaba.

Aun siendo hombre, el Taita me prohibía ver a la morena con nariz de tomate; a pesar de ello, siempre encontré la manera de encontrarme con ella (me gustaba ver el brillo de sus ojos y la sonrisa en sus labios cuando me miraba).

Una mañana, entre dormido y despierto, vi aquel rostro moreno y hermoso, rodeado de una nube blanca y brillante, y con una voz venida de muy lejos, me dijo:

«¡Chucho, la luz pidió tu vida y, a cambio, yo acabo de entregarle  la mía! »

En eso, salté de la cama bruscamente y corrí hacia el peñasco; al llegar allí, un tumulto de gentes se hallaba alrededor de un cuerpo tendido sobre la playa, a la orilla del mar, era el cuerpo inerte de una joven morena con nariz de tomate.




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