El capitán Moab aún recordaba aquel día —si es que podía llamarse "día" o "noche" al tiempo perdido en el espacio— cuando la Tierra fue desechada. Porque eso fue lo que ocurrió: no fue destruida por necesidad, sino descartada, eliminada por no servir más.
Aún encadenado, antes de ser sometido a las crueles operaciones que prolongarían su vida, alcanzó a ver el destello enceguecedor de la Tierra explotando en millones de luces, pura energía.
—¿Cuánto les habrá costado esa bomba? —dijo en voz alta.
Su custodio, un soldado joven, lo miró con desconcierto sin soltar las cadenas.
—¿De qué habla? —preguntó con insolencia—. A nuestra amada Tierra la destruyeron los exomorfos. Lo acaban de anunciar en el canal de Unión Pangea —añadió, con un dejo de orgullo.
El capitán Moab —porque nunca dejó de ser capitán, ni siquiera preso— observó los destellos hasta que se extinguieron. Entonces lo comprendió todo. Mientras el planeta se colapsaba sobre sí mismo, o al menos eso le pareció, rompió en carcajadas.
—¡Los exomorfos no existen! —gritó—. ¡¿Por qué no lo vi antes?! ¡Naves a control remoto!
El soldado lo miró con ira y desconcierto.
—¡Cállese, viejo loco! —le gritó, levantando el puño.
Pero el golpe nunca llegó. Moab, con un solo paso, lo sometió. No lo desarmó, solo le habló con calma:
—Respétame, niño. ¿No sabes distinguir la verdad en las palabras de un loco?
Volvió a sentarse en el cubículo de la nave, frente al grueso ventanal, igual al que observaba ahora. Solo podía pensar en Lucía.
—Capitán —la voz del señor Nib resonó por el comunicador—, tenemos una situación.
Así solía referirse Nib a cualquier emergencia o imprevisto. Moab detestaba esa expresión, aunque en el fondo le causaba cierta gracia.
—Póngame al tanto —respondió.
—Hay una nave que nos ha estado siguiendo desde hace ciento veinte horas.
—Ya lo había notado, señor Nib. Es pequeña y no ataca. Debe ser una cápsula de escape —dijo el capitán, con la serenidad del hábito.
Nib no se sorprendió de su observación, pero su preocupación era otra.
—No pretendo insubordinarme, capitán, pero... ¿por qué no ha hecho nada al respecto?
Moab lo miró con incredulidad.
—Nib —dijo, mirándolo fijamente a los ojos artificiales—, somos delincuentes. No podemos ofrecer ayuda. Solo podemos esperar que el individuo, si sigue con vida, la solicite.
Nib asintió con tristeza.
—A veces es difícil recordarlo —murmuró.
Moab no respondió. Sabía que Nib era un genio, pero nunca había sido bueno para gestionar sus emociones.
—¿Ha pensado en lo que le planteé? —preguntó el capitán, intentando distraerlo.
—Señor... ¿qué ganaría Unión Pangea destruyendo la Tierra e inventando a los exomorfos para justificarlo?
—No lo sé —respondió Moab—, pero intento pensar como lo haría mi pequeña Aurora. Yo conocía su capacidad para hallar patrones. Señor Nib, debería cuestionarse más las cosas.
—¿Como lo hacía la señorita Aurora?
—Por algo nuestra nave lleva su nombre —dijo el capitán, notando la molestia en la voz de su segundo.
Entonces, un ruido ininteligible comenzó a sonar por el radio.
Alguien —o algo— intentaba comunicarse.
El capitán y Nib se miraron sorprendidos. Moab reaccionó con sangre fría.
—Aquí la nave de carga Aurora. ¿Me escucha?
Solo se escucharon sonidos incomprensibles.
—Eso es lenguaje, capitán —dijo Nib de pronto—. Me es completamente desconocido; ni siquiera parece humano. Pero tal vez pueda traducirlo.
—¿Cómo, señor Nib?
—Todo lenguaje tiene una base numérica y fonética. Usando un algoritmo, puedo aislar patrones comunes y...
—Entiendo —respondió el capitán, aunque no entendía ni una palabra.
Pasaron unos minutos. Luego Nib exclamó:
—¡Lenguaje 70% humano!
Y enmudeció.
El capitán sabía que cuando Nib alcanzaba ese tono, era porque había logrado algo importante.
Del radio brotaron palabras entrecortadas:
—Auxilio... ataque humano... bestias come verde... auxilio...
Ninguno de los dos se sintió tranquilo al oírlo.
—Yo... último insurgente... necesito ayuda... —repitió la voz cinco veces, antes de disolverse en estática.
Ambos pensaban lo mismo: ¿Y si es una trampa?
—Señor Nib —dijo Moab al fin—, dé la orden. Suban a bordo la cápsula. Traigan al tripulante aquí, con custodia si es necesario.
—Sí, capitán —respondió Nib, apurándose a obedecer.
Desde las cámaras, Moab observó a su tripulación prepararse. Treinta miembros, sin contar a Nib ni al propio capitán. Se colocaron los trajes, abrieron las escotillas de popa —llamada así por su vieja fantasía de ser piratas espaciales— y arrastraron la cápsula al interior.
Minutos después, trajeron a un ser con forma humanoide, aunque evidentemente no humano.
Su piel era verde, pero en la cabeza se mezclaban tonos de violeta, rosa y amarillo. La forma recordaba al bulbo de un tulipán, una flor que Moab había visto solo en imágenes antiguas. Era un ser vegetal, diferente en todo sentido. Y aunque el capitán no podía saber si estaba desnudo o vestido, lo saludó con respeto.
—Hola —dijo Moab con voz serena—. Sé que no me entiendes, no importa. Soy el capitán Moab. Mi segundo al mando y amigo, el señor Nib, está buscando la manera de comunicarse contigo.
El ser planta lo observaba aterrado. Sus ojos, cambiantes como pétalos de distintas flores, reflejaban un horror profundo. Moab sintió una mezcla de pena y fascinación, y una certeza desconcertante: aquel ser jamás había visto sonreír a un humano.
—¡Listo, capitán! —gritó Nib acercándose—. Esto ayudará. No es exacto, pero se ajustará con el tiempo. Pronto será como si siempre hubiera hablado nuestro idioma.
Mientras hablaba, colocó alrededor del tallo que servía de cuello del ser una especie de collar metálico de colores opacos, que contrastaba con su piel viva.