Con el tiempo, el exoforma fue aceptado por la tripulación como si siempre hubiera formado parte de ella. El capitán lo mantenía casi siempre a su lado, temeroso de que alguien —como en su momento el señor Nib— pudiera lastimarlo. Pero aquella precaución terminó por volverse costumbre. No era raro ver al capitán, al señor Nib y al ser vegetal —bautizado con cariño como Tulipán, a falta de nombre propio— conversando o revisando algún sistema en el puente de mando, compartiendo conocimientos sobre la guerra y sobre sus respectivas razas.
De todos, quien mostraba mayor interés por Tulipán era el propio Nib. Lo fascinaba la tecnología de su nave.
—Capitán, parece que funciona con luz —dijo un día, intrigado.
—¿Con luz, Nib? —respondió Moab, arqueando una ceja—. ¡Estamos a millones de kilómetros de cualquier estrella!
Tulipán intervino con calma vegetal:
—La luz está en todo el universo. La luz y la oscuridad lo construyen todo.
El capitán miró a Nib, que tenía el gesto de quien cree entender cada palabra, esperando su explicación.
—Bueno, es solo teoría —empezó Nib—. Pero parece que la nave se alimenta de partículas que apenas hemos empezado a comprender. Nunca se queda sin energía. Sin embargo...
—¿Sin embargo qué? —preguntó Moab, tras un silencio denso.
—No tiene armas.
—¿Y eso qué importa?
—La mayoría de nuestras armas funcionan bajo el mismo principio —respondió Nib, cabizbajo.
A Moab no le sorprendió el dato técnico, pero sí notó el cambio en su segundo. Su voz se volvió triste, los hombros le cayeron, el brillo en su rostro artificial se apagó. No sabía el capitán cómo interpretar aquella ausencia de sonrisa.
Tulipán, en cambio, lo comprendió.
—Señor Nib, ¿hay algo malo en eso? —preguntó, mirándolo con sus pétalos que mudaban de color lentamente.
—Nada, Tulipán —dijo Nib con voz quebrada—. Es solo que... estás aquí.
—No entiendo, señor Nib.
El ingeniero respiró hondo.
—Podrían haberme dicho mil capitanes Moab —sin ofender, señor— que Unión Pangea nos mintió. Que el planeta fue destruido sin razón, que no había exomorfos atacando la Tierra... y no lo habría creído. Pero tú estás aquí. Un ser planta, un humanoide inteligente que puede generar vida con la misma tecnología que usamos para destruirla. —Su voz se quebró, sin lágrimas—. Pero toda esa destrucción... ¡¿por qué?! ¡¿Para qué?! Todo lo habría tomado como mentira... pero estás aquí.
El silencio que siguió fue largo y pesado. Nib se levantó lentamente y salió del puente de mando.
—Capitán Moab —dijo Tulipán con voz baja, cambiando de color—, yo no quería hacerle daño al señor Nib.
—Tú no hiciste nada —respondió el capitán—. Tú no hiciste nada —repitió, mirando al espacio infinito.
Tras unos segundos, añadió:
—Sabía que esto pasaría, Tulipán. Llevamos navegando ochenta y cinco años. Los días parecen eternos y los años, apenas segundos. Faltan cinco para que esto termine, y recién descubrimos que esta nave fue diseñada para dejar de funcionar a los setenta años de uso. Encontrarte nos salvó. Tú nos salvaste a todos. Pero yo mismo desconozco cuál era el verdadero propósito de este viaje. Ya no sé qué hago, ni por qué. Solo puedo guiar a estas buenas personas hasta el final del trayecto... y esperar lo mejor.
Tulipán lo observó en silencio durante toda la confesión.
—Su fuerza, capitán Moab, me recuerda a nuestro líder —dijo finalmente—. Usted parece más exoforma que bestia... quiero decir, humano.
Ambos quedaron mirando la oscuridad del espacio, lado a lado, en silencio.
Y la historia podría haber terminado ahí, si no fuera porque, a la mañana siguiente, el señor Nib —el dulce, alegre, amable y brillante señor Nib— fue encontrado muerto en su camarote.