Era evidente que el señor Nib se había quitado la vida. Ninguna persona a bordo hubiera podido atentar contra él: era amado y respetado por todos.
Precisamente por eso, su muerte carecía de sentido. No había motivo alguno. La tripulación del Aurora compartía un vínculo emocional y moral tan fuerte que ni siquiera los más débiles —o los que se creían tales— habían caído jamás en crisis.
Pero la muerte del señor Nib amenazaba con quebrar ese lazo invisible que los mantenía unidos. Temiendo un efecto dominó, el capitán Moab reunió a toda la tripulación. De pie frente a ellos, habló con voz firme, pero dolida:
—El misterio de la muerte del señor Nib, nuestro amado amigo y hermano de infortunio, debe ser investigado. No es posible que alguien como él se quite la vida sin una razón tan poderosa como para tumbar a veinte de nosotros. Espero que el señor Nib haya dejado pistas que nos ayuden a entender lo ocurrido. Les pido, mi amada tripulación, que guarden la calma. Miren a los seres que tienen a su alrededor: son su familia. Acompáñense, quiéranse, porque yo quiero verlos llegar al final del viaje.
El discurso, aunque dramático, surtió el efecto deseado. La tripulación entera lloró, se abrazó, habló de sus miedos y recordó con cariño al señor Nib. Moab les había hablado no como capitán, sino como el hombre y el padre que era.
Después guardó silencio un momento, respiró hondo y continuó:
—Por último, tripulación del Aurora, debo hacer un anuncio. Investigaré hasta la última consecuencia la muerte del señor Nib. Y anuncio también que, no importa lo terrible o absurda que sea la verdad... la enfrentaremos juntos.
Cuando terminó de hablar, el capitán se retiró del puente, seguido de cerca por Tulipán, que no se había apartado de su lado durante todo el discurso.
—Capitán —dijo el exoforma—, ¿puede explicarme qué acaba de pasar?
Moab lo miró. En aquellos ojos vegetales, llenos de inteligencia pero vacíos de emoción, creyó ver el reflejo de su hija, Aurora, haciéndole la misma pregunta.
—No creo que Nib se haya suicidado —respondió con sequedad.
—Pero, capitán Moab, es evidente que el señor Nib acabó con su vida —replicó Tulipán con su voz neutra.
—Sí, acabó con su vida, pero no se suicidó. —El capitán lo observó fijamente—. Algo sabía mi amigo... ese hombre, casi mi hermano. Algo encontró que lo enloqueció, y eso lo llevó a quitarse la vida. Esta vez, el culpable no es un humano ni el único exoforma a bordo. El culpable es un dato. Un conocimiento. La respuesta a una pregunta.
Tulipán parpadeó con sus pétalos, perplejo.
—¿Y cuál es esa pregunta?
—Piensa un poco. Eres muy listo —dijo Moab mientras caminaban por el corredor hacia la habitación de Nib.
El cuerpo del ingeniero descansaba en el almacén de víveres, el único lugar de la nave con la temperatura adecuada para conservarlo antes del funeral y su lanzamiento al espacio, como a los marinos de antaño que eran devueltos al mar.
Al entrar al camarote, Moab encontró un desastre. Sabía que Nib era algo desorganizado, pero aquello iba más allá del descuido: nada estaba en su sitio.
—Tulipán, no toques nada. Solo observa —ordenó.
El exoforma obedeció, aunque seguía pensando en la pregunta del capitán. Moab, en cambio, se quedó observando un afiche de Unión Pangea colgado en la pared.
Por toda la habitación había libros regados, esquemas, planos y carteles, todos cubiertos de anotaciones. Todos, menos ese. Aquel afiche, en cambio, estaba limpio, sin una sola marca. El orden en medio del caos lo hacía resaltar aún más.
Estaba colgado en un rincón oscuro, junto a los monitores donde Nib solía trabajar o distraerse. Moab encendió la lámpara del rincón, pero la luz no era blanca: un resplandor azul bañó el afiche, revelando algo que antes no había podido verse.
Palabras. Cientos de ellas. La mayoría, blasfemias y frases sin sentido, formando una espiral que convergía hacia un micrófono dibujado en el centro. En el núcleo, alrededor de ese micrófono, una palabra se repetía una y otra vez, como un mantra que encerraba el mensaje:
"PREGUNTA."
El capitán comprendió de inmediato cuál era. La pregunta.
Pero antes de poder pronunciarla, un grito estremeció la nave.
—¡¿Qué hay en la bodega de la nave?! —bramó Tulipán.
Moab se volvió, sorprendido de ver al exoforma mostrar emoción por primera vez. Antes de que pudiera responder, una voz se alzó desde uno de los monitores.
Era la voz del señor Nib.
—Esa es la pregunta —dijo—. Pero debe estar seguro, capitán, de que quiere saber la respuesta.
Recuerde...
El conocimiento mata.