Moab

8.- El mundo.

Nib había repetido una palabra: el mundo.
El capitán Moab sabía que no podía ser una coincidencia. Empezó a revisar todos los archivos de la nave, sin encontrar nada que lo convenciera. Solo una idea se le repetía: quizás el círculo era el siguiente símbolo. Pero había otra pista, algo que Nib había mencionado una y otra vez, y que no lo dejaba en paz.

Tulipán, con su habitual falta de tacto, lo formuló sin rodeos:

—¿Qué es Aurora?

—¿Por qué te importa? —respondió Moab con brusquedad.

—Ustedes, capitán Moab y señor Nib, tenían un dicho: "Mente abierta, como Aurora." El señor Nib lo dijo en el video... y también lo escribió en su cuerpo. Debe significar algo. ¿Aurora es el nombre de su mundo? ¿Era... abierto?

El capitán guardó silencio.
Ochenta y cinco años a bordo del Aurora, y nunca se había detenido a pensar en el significado del nombre. Siempre pensaba en Lucía, su esposa, que quizá había muerto hacía mucho tiempo —libre y feliz, como él siempre quiso—. Pero de Aurora, su hija, casi nunca pensaba.
El dolor era demasiado. No podía permitirse sentirlo.

—Era una persona, no una cosa —respondió por fin—. Era mi hija.

—No sé qué es una hija —replicó Tulipán con ingenuidad.

De no ser por la tristeza del tema, Moab se habría echado a reír. ¿Tendría que explicarle a un ser vegetal cómo nacían los bebés? Su hija, a los seis años, ya lo sabía. Ese recuerdo le dibujó una sonrisa involuntaria.

—Una hija —comenzó a decir—, o un hijo, es un ser que nace de la reproducción humana.

—¿Como cuando nosotros sembramos semillas para que nazcan otros exoformas? —preguntó Tulipán.

—Eh... sí, algo así. Yo tenía una esposa. De ella nació mi hija.

—¿Su hija nació de otro ser de carne? —preguntó el exoforma, escandalizado—. ¿Por qué la llama suya? Los retoños de mi raza salen de la tierra, y son hijos de ella. A todos nos corresponde amarlos y cuidarlos.

Moab suspiró.

—Mi hija es mi hija. Nació entre dolor, sangre y suciedad. Le causó daño a la mujer que amo. Y al mismo tiempo... fue lo más hermoso del universo. Al principio no podía valerse por sí misma; así somos los humanos. Pero mi esposa y mi hija eran fuertes. Valientes. Hermosas. Las amaba con cada fibra de mi ser... simplemente por existir.

No se dio cuenta de la luz que había vuelto a su rostro al hablar de ellas.

—¿Y dónde está su hija, capitán? —preguntó Tulipán.

La sonrisa desapareció.

—Muerta. La mataron los mismos que me pusieron en esta nave.

Tulipán no dijo nada más. Comprendió, por primera vez, que el apego humano era algo tan intenso como el instinto vital de las raíces que buscan la luz. Para su especie, morir y regresar a la Madre Tierra era tan natural como la fotosíntesis. Pero en los humanos... morir era una ruptura, una mutilación del alma.

—¿Sabes, Tulipán? —dijo Moab de pronto, mirando al vacío—. Recuerdo cuando era una bebé. Una criaturita que se movía por todas partes. Me miraba con sus ojos cafés y limpios... creí que jamás diría una palabra. Un día dijo "mamá". Y poco después, ya no se callaba nunca.

Rió con una dulzura que hacía años no sentía. Tulipán imitó su sonrisa, curioso ante ese gesto tan ajeno a él.

—Un día, así como empezó a hablar, empezó a preguntar. Su mente no tenía trabas. Lo primero que me dijo fue: "Papá, ¿estas habitaciones son todo el mundo?" Y yo le...

El capitán se quedó mudo. Un recuerdo, lejano y punzante, le atravesó la mente. Casi un siglo atrás, había contado esa misma anécdota al señor Nib.

—¡Pronto, Tulipán! ¡Un plano de la nave! —gritó de repente.

El exoforma se quedó quieto, sorprendido.

—¡Muévete, planta del demonio! —bramó el capitán.

Con la velocidad del pensamiento, Tulipán proyectó ante él el plano completo del Aurora.

—¿Recuerdas lo que dijo Nib en el video? "Busquen en nuestro mundo". Creo que quiso decir en nuestra nave —explicó Moab, los ojos fijos en el holograma—. El segundo símbolo... debe estar aquí.

Tulipán lo observó en silencio mientras Moab analizaba cada corredor, cada sala, cada pasillo.

—¿Qué le respondió a su hija? —preguntó el exoforma al fin.

Moab parpadeó. Había olvidado el final de aquella conversación.

—¿Hum? Ah, sí... le respondí que no, que el mundo era mucho más grande. Y ella me dijo: "Qué bueno. Sería muy aburrido vivir en un mundo con forma de S."

Tulipán ladeó la cabeza.

—¿Su hija sabía la forma del lugar donde vivían... solo por caminar en él?

—Sí —respondió el capitán con orgullo—. Era muy lista.

El exoforma dijo algo más, pero Moab ya no lo escuchaba. Sus ojos recorrían los corredores curvos y los niveles de la nave, viéndolos por primera vez con claridad.

Y entonces lo comprendió.
La nave no era una estructura segmentada.
Era un todo.

Ante él, se dibujaba una perfecta cruz griega.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.