El capitán Moab estaba sentado frente a la consola del señor Nib.
Llevaba horas hurgando entre sus archivos, buscando una razón —una sola— que explicara por qué aquel hombre había guardado la semilla de su hija.
En ese momento, Tulipán rompió el silencio:
—No entiendo por qué el señor Nib se volvió loco.
Moab levantó la vista, cansado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, recordando lo que le había encargado al exoforma.
—En ese lugar —dijo Tulipán con calma— solo hay un montón de animales. Bestias que se atacan y se devoran entre sí. En mi planeta había muchas especies así.
—Tal vez sean armas —respondió Moab, buscando convencerse—. Una forma que tiene Unión Pangea de no gastar en municiones.
Tulipán ladeó la cabeza.
—¿Y por qué tardarse noventa años en transportarlas? Usted mismo me ha dicho que Unión Pangea hace estas cosas con mayor rapidez.
—Quizá para que se reproduzcan. O para que se debiliten —replicó el capitán, irritado, más interesado en los archivos que en la conversación.
Después de un rato, se levantó de la silla de Nib. Había revisado cada documento digital y no encontró nada sobre Aurora.
Pero, entre los montones de papeles dispersos, descubrió una caja de seguridad. Sabía que Nib guardaba allí lo que consideraba verdaderamente importante.
Probó varias combinaciones.
Finalmente, la caja se abrió con una secuencia que le heló la sangre:
Espiral. Cruz. Rayo. Árbol. Aurora.
El capitán se quedó inmóvil.
Ya no le quedaban dudas.
Dentro, solo había una carta.
En la portada, un nombre escrito con tinta desvaída: Para Aurora.
Moab no necesitaba leerla. Sabía lo que era.
Pero lo hizo.
El papel, rugoso y reciclado, estaba escrito con la letra fina y ordenada de Nib:
"Nunca conocí a nadie como tú.
Te he amado, primero como una hermana, luego como mujer.
Si alguien en este planeta merece ser feliz, eres tú.
Si mi amor no es lo que deseas, lo aceptaré.
Pero tu regalo fue demasiado para mi corazón y muy poco para lo que tu amor y tu felicidad significarían para mí.
La conservaré siempre.
Espero que encuentres a alguien que te ame más que yo.
Tu amigo y eterno enamorado,
Nib."
Al leer las primeras líneas, Moab sintió un impulso primitivo: casi le dieron ganas de volver a ahorcarlo.
Pero pronto comprendió.
Aurora había querido a Nib, sí, pero no del mismo modo.
Él se había enamorado de su hija, y ella lo había rechazado con ternura, regalándole la semilla como símbolo de cariño, no de amor.
Así era Aurora: clara, luminosa, imposible de malinterpretar.
El capitán comprendió entonces por qué Nib había conservado la semilla y la carta, y por qué su mente se había quebrado al final.
No había tenido tiempo de entregarla.
Moab tomó la semilla con sumo cuidado, la sostuvo un instante en su mano y se la entregó a Tulipán.
—Toma —dijo, con voz ronca—. Estará más segura contigo.
El exoforma asintió sin decir palabra.
El capitán salió de la habitación.
Tenía los cuatro símbolos.
Sabía, aunque solo a medias, lo que se ocultaba en la bodega.
Pero aún no podía abrirla. No mientras su tripulación y Tulipán siguieran en peligro.
Así que caminó hasta el invernadero y se sentó frente al manzano.
El árbol parecía dormido, pero seguía vivo.
Esperaría.
Esperaría los cinco años que faltaban para llegar al final del viaje.
Mientras tanto, en otra sección de la nave, la tripulación despedía al señor Nib con un funeral solemne.
Y, mientras el cuerpo flotaba en su cápsula hacia el vacío estelar, todos se hicieron la misma pregunta:
¿Por qué el capitán Moab no estaba allí para verlo partir?