Moab

12.-NUEVA TIERRA INC.

Cincuenta soldados jóvenes y bien armados descendieron de la nave de reconocimiento.
Eran la cuarta parte del ejército de Nueva Tierra, pues la tecnología había vuelto obsoletos a los humanos en combate.
Sin embargo, los altos mandos aún mantenían el "factor humano" como medida de control: alguien debía oprimir el gatillo para que las máquinas obedecieran.

A la tripulación del Aurora le sorprendió verlos.
Los uniformes, los colores, incluso los emblemas eran idénticos a los suyos.
Solo el logo había cambiado:
UNIÓN PANGEA había sido sustituido por NUEVA TIERRA INC.

El capitán Moab lo entendió de inmediato.
Nada había cambiado.
Solo el nombre.
El sistema seguía igual: impedir el progreso, mantener la dependencia, hacer que todos —personas y planetas— necesitaran los productos de una sola empresa.

El aire dentro del hangar era denso, cargado de electricidad.
Un joven teniente, de cabello corto, piel clara y ojos vacíos, se adelantó.
Frente a él, el capitán Moab lo esperaba armado con un rifle semiautomático, rodeado por su tripulación.
El capitán no se movió ni un milímetro cuando el joven habló:

Joshua Moab Tornes, se te acusa de traicionar a Nueva Tierra Inc., de aliarte con los exomorfos y con la maligna Unión Pangea para destruir la Tierra.
Tú y tu tripulación serán fusilados.
Ríndanse y bajen las armas.

El capitán, que había ordenado a Tulipán permanecer en el cuarto de control, respondió con calma:

—No soy un asesino. He servido al mismo mando que tú por más de cien años, más de lo que habría durado mi vida natural.
Somos soldados.
Así que, si crees tener el valor de quitarme mi nave y desarmar a mi gente... adelante.
Para mí, Unión Pangea y Nueva Tierra Inc. son la misma cosa.

El teniente dudó. En su voz se filtró un temblor.

—Se supone que debiste morir en el espacio.
Ciego de orgullo y locura, destruiste la Tierra.
Te internaste con tus seguidores en un agujero negro.
No deberías estar aquí.

Las palabras del joven fueron recibidas con carcajadas y blasfemias de la tripulación.
No había nada más que decir.

Moab dio la orden con voz hueca y mirada de acero:

Ataquen.

Los jóvenes soldados de Nueva Tierra nunca habían tenido que pelear.
Eran perfectos en simulaciones, pero torpes en el caos real.
Tenían armas más poderosas, pero carecían de instinto.
La experiencia —y la rabia acumulada durante décadas— se impuso.

La batalla estalló en todos los niveles de la nave.
Los pasillos del Aurora se llenaron de fuego, humo y gritos.
Las paredes metálicas resonaban con los disparos.
Los cuerpos caían, algunos aún respirando, otros con las miradas perdidas entre los destellos de plasma.

El teniente, jadeando, siguió al capitán hasta la puerta de la bodega, cubriéndose tras un montacargas.
Moab, tras abatir a los guardias del joven, gritó entre el estruendo:

—¿Sabes lo que hay en esa bodega?

—¡Maldito loco! ¿Qué me importa tu bodega o tu nave? ¡Estoy aquí para vengar a mis ancestros!

—Yo no lo hice, niño. Fueron tus jefes.
Te mintieron.
Como nos han mentido a todos.
Ellos destruyeron la Tierra. Yo los vi hacerlo.

—¡Mientes! —rugió el teniente.

Moab se acercó, cansado pero firme.
—Niño... soy un viejo presidiario de más de cien años.
¿Te has dado cuenta? Esta nave es una cárcel.
Cuando destruyeron la Tierra, yo estaba encadenado a una silla.

—Te aliaste con los exomorfos.

—Eso no existe.
¿Alguna vez has visto una imagen de ellos?

El teniente guardó silencio.
—No —admitió.

—¿Y si te dijera —continuó Moab— que los exomorfos se parecían a las naves que tú llevas protegiendote sobre los hombros?

El joven vaciló, confundido.
Luego gritó con desesperación:

—¡Vendrás conmigo vivo o muerto!

Sacó un pequeño dispositivo y lo activó.
Moab sintió un dolor insoportable en la cabeza, como si su cráneo fuera a estallar.
Aun así, se levantó sin soltar el arma y enfrentó al joven, que sonreía con una mezcla de triunfo y locura.

—Todos conocemos la historia —decía el teniente—.
Les implantaron chips de obediencia.
Era costoso, pero funcionaba.
Ahora usamos un...

No terminó la frase.
El capitán Moab le disparó a los drones que lo acompañaban, reduciéndolos a chatarra brillante.
Luego desarmó al muchacho y le propinó un puñetazo con su brazo metálico, partiéndole la nariz.

—Esos chips se frieron la última vez que tu compañía nos traicionó, imbécil.
Ya no puedes controlar a nadie.

Lo apresó con las mismas cadenas que estaban destinadas a él.

—Espero que sepas pelear encadenado —gruñó, arrastrándolo hacia el panel de control frente a la puerta.

Con manos firmes, ingresó los cuatro símbolos: espiral, cruz, rayo y árbol.
En la pantalla apareció una leyenda parpadeante:
¿Desea abrir la puerta?

El capitán estaba a punto de presionar "sí" cuando una voz vieja, cascada y humana emergió del comunicador del teniente.

¡No lo haga, Moab!

El capitán se quedó quieto.
—¿Por qué no? —preguntó.

—Su carga es peligrosa.
Su misión era desaparecerla.

—Mi orden fue traerla aquí —replicó Moab.

—Los subestimamos.
Creímos que no lo lograrían.
Les pusimos obstáculos.
Los superaron todos.
Podrían ser ejecutivos de Nueva Tierra Inc. —dijo la voz con sarcasmo.

Moab mantuvo el dedo sobre el botón.
—¿A cambio de qué?

—No le entiendo, capitán.

—Sí me entiende —gruñó Moab—.
Su soldado me mintió una y otra vez.
Ahora resulta que soy el demonio.
Ustedes son lo peor de nuestra raza.
Nunca han dado nada sin cobrarlo después.




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