Un hedor insoportable fue lo primero que escapó de la bodega cuando comenzó a abrirse.
Le siguió un griterío terrible, un rugido humano y animal mezclado.
La voz en comunicador del joven soldado, ahora distorsionada y casi demente, se unió al caos:
—¡Esto no se quedará así! ¡Lo mataremos, Moab, así como matamos a su hija!
El capitán no respondió.
Trataba de distinguir algo entre las sombras que hervían más allá de la compuerta.
Sujetó al teniente encadenado, avanzó unos pasos.
Presionó una sección de su brazo metálico, y una luz blanca brotó con violencia, cortando la oscuridad.
La bodega se extendía hasta donde la vista no alcanzaba.
El piso estaba cubierto por basura, plantas mohosas, y pieles de animales pálidos extendidas en el suelo como una frontera.
El aire era espeso, lleno de polvo, humo y olor a carne vieja.
El capitán sintió un escalofrío.
—¡Tú, de Nueva Tierra! —gritó, sacudiendo las cadenas del soldado—.
¿Encerraron a seres conscientes aquí?
El teniente no respondió.
Sus ojos estaban vacíos; su cuerpo, rígido, dominado por la voz ajena que aún lo habitaba.
Moab avanzó, leyendo entre ruinas algunos letreros corroídos, apenas legibles.
Eran fragmentos de palabras conocidas, humanas.
Su sospecha se volvió certeza:
aquello había sido una prisión de experimentos humanos.
Recordó la historia de los exoformas, esclavizados y exterminados por Unión Pangea.
Todo indicaba que algo similar había ocurrido allí.
El sendero descendía suavemente.
A lo lejos, se veían luces y fuegos danzando sobre altos postes blancos.
Y entre ellos, las sombras de los habitantes de ese mundo oculto.
Sabían hacer fuego.
—No sé cómo eran cuando los encerraron aquí —murmuró Moab, más para sí que para su prisionero—, pero evidentemente... han evolucionado.
Apagó la luz de su brazo.
Las llamas que titilaban en la distancia bastaban para guiarlo.
A cada lado del camino, se alzaban montones de varas blancas: huesos tallados, limpios, apilados como monumentos.
No veía a nadie, pero sentía miradas, miles de ellas.
—Supongo que el ruido de la puerta los asustó... —susurró.
No alcanzó a terminar la frase.
Un canto emergió desde la oscuridad.
Suave, monocorde, repetitivo.
Voces de niños, mujeres, hombres, ancianos.
Una sola palabra, repetida una y otra vez, como un rezo:
—Lucia... Lucia... Lucia...
Moab se quedó helado.
El nombre lo golpeó como un disparo.
Tiró con fuerza del teniente y corrió.
Corrió como un loco, guiado por la esperanza y el terror.
Y entonces la vio.
Sobre un túmulo de huesos blancos, sentada en un trono cubierto de pieles humanas, rodeada por cientos de figuras de mirada vacía, estaba Lucia.
Anciana.
Demacrada.
Medio enloquecida.
Pero viva.
El capitán no entendía.
No podía entender.
Aquello desbordaba su mente: la magnitud del encierro, del tiempo, de la crueldad humana.
El joven teniente —o la voz que hablaba a través de él— rompió el canto:
—¡No es posible! ¿Cómo sigues viva?!
El coro se transformó en un rugido.
Los humanos que rodeaban el trono reaccionaron con furia, lanzándose sobre Moab.
Lo apresaron, lo golpearon, le arrancaron el arma y tomaron al teniente como prisionero.
—¡Alto! —ordenó Lucia, con voz cascada, temblorosa, apenas un hilo de aire.
—Sé que esto es una alucinación... —susurró—.
El último anhelo que me queda de volver a verlo.
Acérquense, fantasmas.
Mis hijos no entienden ya mis palabras.
Traigan a ese maniquí que se parece a mi amado Moab.
El capitán, temblando, logró hablar:
—Lucia... soy yo.
Ella sonrió con tristeza.
—Sí... eso dicen todos desde hace decadas.
Te veo en sueños.
Ojalá supieras lo que tuve que hacer... para mantenernos con vida.
Moab se soltó con violencia de los que lo sujetaban.
Se acercó a ella, tomó su mano entre las suyas.
—Amada mía, soy yo en verdad...
Lucia lo miró fijamente.
Sus ojos grises, nublados por las cataratas, no mostraban emoción.
Solo reflejaban una calma resignada, la de quien había esperado tanto, que ya no creía en los milagros.