Apenas iba Moab a decir algo más, cuando la voz que salía del teniente habló con furia contenida:
—¡Teníamos un trato, bruja! ¿Por qué te atreviste a romperlo?!
—¿Trato? —preguntó Lucia, mientras ordenaba a sus adoradores que volvieran a apresar al capitán con un solo gesto.
La voz continuó, vibrando de ira a través del cuerpo del joven soldado:
—Me dejaste pudrirme en este infierno. Me pediste guiar a estos humanos, prometiéndome comida, agua, medicina...
¡Al quinto año ya no teníamos nada!
¿Sabes qué hace un ser humano sin comida ni agua?
Lucia respiró con dificultad; el sonido que escapaba de sus pulmones era el de un fuelle roto.
—Viola, mata, devora a sus hijos, maldito usurero.
Tuve que convertirme en lo peor... asesinar más, ser la primera en comer carne humana.
Todo con la promesa de volver a ver a Moab.
Sus palabras fueron seguidas por una tos dolorosa, desgarradora.
Luego, entre sollozos, prosiguió:
—Tuve que matar y comer bebés para aliviar el hambre, para controlar la población.
Nos vestimos con las pieles de nuestros hermanos, construimos con sus huesos,
todo bajo esta oscuridad eterna...
Lucia volvió a toser, cada espasmo un gemido.
Su voz se quebró, pero alcanzó a decir con frialdad:
—Ya no importa. No están aquí.
Moab murió.
No sé quiénes son ustedes... pero hoy, nos alimentarán.
Alzó la mano.
Sus seguidores, los humanos deformados por generaciones de encierro, se dispusieron a atacar.
Moab, agotado, pronunció con voz débil:
—La puerta está abierta.
—Lo sé —respondió Lucia sin emoción—.
Después de ustedes, matarán todo lo que hay allá afuera.
—Yo abrí la puerta —insistió Moab—.
Están a bordo de la nave Aurora.
Los traje como carga al nuevo hogar de los humanos: Nueva Tierra.
—No importa, Moab. No importa quién seas.
Tus mentiras y tu incompetencia no importan.
Solo importa que mi pueblo se alimente.
Mis nietos dirigirán todo esto cuando muera.
—¿Tus... qué? —susurró Moab, horrorizado.
—¿Te sorprende? —respondió ella con una mueca—.
Comemos carne humana. ¿Por qué no habría de tener nietos?
Tuve dieciséis hijos aquí dentro.
Sus padres ya murieron.
Moab, con lágrimas en los ojos y rodeado por los descendientes de su propia esposa, dijo apenas:
—Ahora entiendo... por qué Nib se suicidó.
Lucia lo miró con repentina intensidad.
—Nib nunca haría eso —dijo con firmeza.
—Lo hizo —contestó Moab—.
Miró dentro y me dejó pistas.
Pero yo fui tan imbécil que seguí mis órdenes.
Hace cinco años pude abrir esa puerta.
Pude pasar ese tiempo contigo.
Tenemos comida y agua de sobra...
Lucia soltó una carcajada débil, horrenda, que se mezcló con su tos.
—¡Moab jamás diría algo así!
¡Nib jamás se suicidaría!
El aire se llenó de un silencio pesado, interrumpido por la voz metálica que aún salía del cuerpo del teniente:
—Capitán Moab, soy el director ejecutivo de Nueva Tierra Inc.
Cuando conocí a su mujer, era apenas un ejecutivo junior.
Lamento lo que está pasando, pero jamás dejamos de observarlos.
A usted, a su tripulación, a la carga.
Sabíamos que se habían vuelto bestias.
¿Entiende que debió matarlos?
Moab lo observó con tristeza.
El rostro sin vida del joven soldado, los ojos sin expresión, reflejaban el cinismo perfecto de una empresa sin rostro.
Luego miró a Lucia, su amada convertida en espectro, y recordó a la mujer que había sido: bella, honesta, libre.
Ahora solo quedaba una carcasa corrompida por el hambre y la culpa.
—¿Por qué no los mataron ustedes? —preguntó Moab con calma.
—¿Por qué no mataron a estos humanos?
—No podíamos —respondió la voz—.
Íbamos a destruir la Tierra y no quedaban recursos.
Además, ellos construyeron las flotas, las armas...
Teníamos que conservarlos, aunque fuera en el espacio.
Pero cuando todo estuvo listo...
—Los encerraron a todos —interrumpió Moab.
—No podíamos costear tantas balas o gas —replicó la voz con serenidad.
—No era un buen negocio —susurró Moab.
—Exacto, capitán —respondió la voz—.
No era un buen negocio.
Algo se quebró dentro de Moab.
Con una fuerza salvaje se libró de sus captores, liberó al teniente solo para tomarlo del cuello y comenzar a apretar.
Algunos de los adoradores de Lucia lo hirieron con lanzas de hueso, pero Moab no se detuvo.
El rostro del soldado se tornó morado mientras la voz seguía hablando:
—Recapacite, capitán.
No me mata a mí...
Mata a este joven inocente...
—Nadie es inocente.
Y le rompió el cuello.
El cuerpo cayó al suelo, y la voz se extinguió.
El silencio duró apenas un segundo.
Moab soltó el cadáver y avanzó hacia el trono de Lucia, arrancándose una lanza del costado mientras los adoradores dudaban.
—Planté tu manzano. —Su voz era apenas un hilo de aire—.
Florece bellamente.
Tenías razón: no hay nada más hermoso en el universo.
Lucia abrió los ojos, sorprendida.
Sus labios temblaron.
—¿Sabías... que Nib estaba enamorado de Aurora? —dijo Moab con una risa rota.
Lucia asintió débilmente, sonriendo apenas.
—Casi lo mato otra vez... —susurró Moab.
Después de un breve silencio, agregó:
—Aurora era única.
Le regaló su semilla a Nib.
Nunca le dije lo orgulloso que estaba de ella...
Un joven pálido, desarmado, se acercó corriendo.
—Diosa madre —dijo, con un acento extraño.
Lucia levantó la mano.
Su voz, quebrada, apenas audible, ordenó:
—Llévame... al manzano.
Moab la cargó con su brazo sano.
Era tan ligera que temió que se deshiciera entre sus manos.