Moab

15.- Furia.

Lucia murió.
Y con ella, murió también la cordura del capitán.

Con la lanza en mano, Moab saltó la barricada que su tripulación había levantado y se lanzó contra los invasores. Mataba a todos los que encontraba en su camino; su andar era errático, los ojos enrojecidos, el aliento cortado por la ira.
Atravesó la puerta de la bodega, tomó el cuerpo del teniente caído y gritó con furia demencial:

¡Tú, maldito monstruo! ¡Voy a borrarte a ti y a toda tu empresa!

La voz respondió desde la cabeza decapitada del joven, burlona, serena:

—¿Y con qué lo harás, capitán? Aunque estrellaras la nave, no dañarías ni un milímetro del planeta.

Moab no respondió. Solo arrancó la cabeza del cadáver y regresó a la puerta, cerrándola tras de sí.
Sabía que los habitantes de la bodega estaban dentro.

—El señor Nib... —empezó a decir, caminando con dificultad, apoyado en la lanza—.
Él construyó un arma terrible. Lo hizo después de saber la verdad. Me dejó las instrucciones, escritas con su propia mano.

—Déjese de bravuconadas, capitán —replicó la voz—. Ninguno de ustedes tenía los medios para fabricar algo así. Ni siquiera la nave de su mascota podría generar tanta energía.

Moab soltó una carcajada rota, casi inhumana.

—Eso creía yo —dijo—, pero ese loco bastardo era más listo que el hambre.
Hizo una batería.
Una que lleva diez años cargándose.

Desde la cabeza mutilada salieron murmullos, luego un grito desgarrado:

—¡Miente!

—El mentiroso es usted —replicó el capitán.

—¿Qué desea, entonces? —preguntó la voz con frialdad.

Moab respiró con dificultad, la sangre goteándole del costado.

Reviva a mi hija. Reconstruya la Tierra. Dé vida digna a los condenados de mi bodega. Devuélvame la juventud... y el amor de mi esposa.

La voz rió, áspera como un metal oxidado.

—Esas cosas no pueden comprarse, Moab. No sea idiota.

El capitán sonrió, una sonrisa que no tenía nada de humana.

—Entonces —dijo—, todos vamos a morir.

Y con ambas manos destrozó el cráneo que sostenía.

Camino tambaleante, casi ciego de dolor, se dirigió a la sala de control.
Tulipán seguía allí, inmóvil frente a los monitores.
No quedaba ningún enemigo a bordo, aunque los sensores mostraban las naves de Nueva Tierra Inc. acercándose como enjambres en el radar.

—¡Tulipán, abre la puerta! —gritó el capitán.

El exoformas obedeció.
Al verlo entrar —sangrante, jadeante, los ojos llenos de locura—, preguntó:

—¿Qué le sucedió, capitán?

¡Idiota! No eran bestias... eran humanos.

—Para mí no hay diferencia —respondió Tulipán con calma vegetal, su voz neutra, sus pétalos sin brillo.

Moab lo miró con asco y desesperanza.

Activa el martillo de Nib.

Tulipán comprendió lo que eso significaba. El capitán quería hacer daño, mucho daño.
—¿Sobre qué blanco? —preguntó.

Nueva Tierra.

No.

—¡Obedece o...!

—¿O qué, me matará? —interrumpió Tulipán sin moverse.

Moab lo miró con furia, pero no se atrevió a atacarle.
Temblando de rabia, apartó al exoformas y gruñó:

Apártate. Lo haré yo.

Comenzó a accionar palancas, paneles, interruptores.
La nave entera vibró.
El Martillo de Nib empezó a acumular energía, un rugido grave llenando los pasillos.

Tulipán lo observó sin expresión.

—No lo haga, capitán.
No sabe lo que está haciendo.

—¿Y tú qué sabes, imbécil? —replicó Moab, con los ojos vidriosos.

—Déjelos en paz. Si dispara, todos moriremos —insistió Tulipán, cambiando de color, de un verde pálido a un rojo oscuro que casi parecía negro.

—¡No me importa! —gritó Moab, apretando el botón de seguridad—.
Los humanos no merecemos la vida.
No cuando la deformamos así.

—Yo no soy humano.

—¡Pues vete! ¡Desengancha tu maldito frijol y lárgate! —rugió el capitán empujándolo con su brazo metálico.

Tulipán no se movió un milímetro.
—No lo dejaré hacerlo.

—No te estoy pidiendo permiso.

El capitán se inclinó sobre los controles; las luces del Martillo parpadeaban, a segundos del disparo.

Tulipán habló entonces, su voz vibrando entre el dolor y la súplica, sin que cambiara su gesto.

Capitán... permítale a su raza aprender.

—¿Aprender qué? —replicó Moab con un hilo de voz—.
¿No ves que todo lo que hacemos nace del odio?, ¿que todo lo creado solo sirve para dañar?

Tulipán lo miró, cambiando lentamente a un azul profundo.

¿También su hija?

El silencio fue insoportable.
El capitán apretó los dientes, tambaleándose.
La sangre le empapaba el uniforme, las piernas ya no le respondían.
Cayó al suelo mientras el Martillo de Nib emitía su alarma final, listo para disparar.

Tulipán se inclinó, su piel tornándose de un azul claro, casi celestial.

—Piense, capitán.
Usted no tiene el derecho de quitarle a su especie la posibilidad, por mínima que sea,
de que exista otra Lucia...
otro Nib...

Otra Aurora... —susurró Moab, completando la frase.

Respiró hondo.
Por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

—Apaga esa cosa, Tulipán.

El exoformas obedeció.
Las luces del Martillo se apagaron una a una, dejando la nave en penumbra.

Moab, tambaleante, se puso de pie.

Vamos a entregar la carga.




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