La Aurora era inmensa: más bodega que nave, pero se veía imponente desde la Nueva Tierra.
Las naves que Nueva Tierra Inc. era capaz de desplegar no podrían destruirla, aunque estuvieran bien armadas; ya habían empezado a rezar para que la Aurora no comenzara a moverse.
Los ejecutivos de Nueva Tierra Inc. estaban aterrados. No sabían cómo enfrentarse al terrible demonio en el que el capitán Moab se había convertido para ellos: no quiso negociar y poseía el medio para destruirlos.
—Solo podemos esperar —dijo el ejecutivo cuya voz había salido del teniente ya fallecido—, un hombre que aparentaba tener cincuenta años, obeso, que se arreglaba la corbata una y otra vez, mientras escuchaba a los ejecutivos de menor jerarquía discutir.
Recordó que su motivo principal siempre fue conservar la paz y la vida de la gente de Nueva Tierra. Era consciente de que muchas decisiones suyas habían sido terribles, pero en un puesto así no se puede ser completamente bueno ni completamente malo; hay algo maligno en tener tanto poder sin oposición.
—Nueva Tierra, aquí la nave de carga Aurora —sonó la radio en el centro de la mesa donde estaban reunidos los ejecutivos. El repentino silencio fue roto cuando la voz volvió a hablar: —Solicitamos permiso para aterrizar. Venimos de la Tierra con una carga muy especial.
Nadie atinó a responder.
—¿Me escuchan? Aquí Joshua Moab Tornes, de Unión Pangea, solicitando permiso para aterrizar —repitió.
El alto y gordo ejecutivo, incrédulo, contestó: —Permiso concedido. Aterrice en la pista principal.
Ante esto, todos los ejecutivos protestaron.
—¡Cállense! No tenemos otra opción. Tenemos que matarlo; es mejor que se acerque por su propia voluntad —ordenó el alto ejecutivo.
—Pero, señor —dijo una ejecutiva excesivamente maquillada—, ¿y si es una trampa? —preguntó con espanto.
El alto ejecutivo contuvo el aire y tranquilizó a los demás: —Es posible que no tenga el arma que dice. No es un buen negocio que se entregue así. Es posible que haya enloquecido, pero esto nos conviene: trae material y humanos que podemos utilizar. La empresa tendrá utilidades.
Dicho esto, se dirigió a los ejecutivos a su derecha: —Ordenen regresar a las naves, escolten al capitán y prepárense para destruirlo si hace falta.
Mientras tanto, en el espacio, la Aurora comenzaba a moverse, arrojando a la deriva la nave de Nueva Tierra Inc. que la había abordado. Entró en la atmósfera y ganó velocidad; la bodega se desprendió cuando la nave estaba a pocos kilómetros del suelo, lo que permitió que la nave remolque ganara algo de altitud.
La puerta de la bodega se abrió unos instantes después de que ésta tocara el suelo violentamente; ya no había energía para mantenerla cerrada. La nave remolque, por su parte, estaba muy cerca de la ciudadela de Nueva Tierra Inc.
Era la ciudad más avanzada que Moab había visto jamás: turbinas, paneles y generadores solares alimentaban la urbe; en varios edificios se veían granjeros cultivando en huertos verticales. La gente parecía distante, pero ninguno usaba máscaras de oxígeno. No había publicidad, el logo de Nueva Tierra Inc. estaba por todas partes.
—Este es el verdadero Edén —pensó Moab en voz alta—. Tulipán tenía razón: entre esa gente y la de la bodega debe haber personas justas e inteligentes. —Es algo que hubiera dicho Aurora —añadió, sonriendo.
—Solo queda acabar con esto —se dijo, y aumentó la velocidad para llegar al edificio más alto: un rascacielos de trescientos pisos dotado de armas en cada rincón, que se perdía entre las nubes.
—Capitán Moab, puede aterrizar cuando quiera —la voz de la radio intentó sonar amable, pero el capitán no creyó en esa amabilidad. Todo el ejército de Nueva Tierra Inc. estaba frente a él, custodiando el edificio; cada arma montada en sus paredes le apuntaba.
—Qué cálida bienvenida —dijo Moab, sonriendo. La nave aterrizó despacio en la plataforma. Ya lo esperaba un pelotón para apresarlo a él y a su tripulación.
—Baje de la nave y entréguese, capitán —dijo la voz del alto ejecutivo lo más amablemente posible.
Moab notó que su visión comenzaba a nublarse; sentía debilidad en brazos y piernas. Se estaba desangrando; había llegado al final. Su misión estaba completa. Se preguntó qué haría con los tres minutos que probablemente le quedaban de vida.
Dentro del edificio de Nueva Tierra Inc. se disparó una alarma: —Energía oscura detectada —exclamó una voz femenina con urgencia. —Desalojen el edificio.
—¿Energía qué? —preguntó el alto ejecutivo en el aire. Un delgado secretario con anteojos le respondió: —Es la energía que llevamos décadas investigando; la que movía las naves de los exoformas y que se extrae infinitamente del espacio.
—¿Y eso qué significa? —repitió el alto ejecutivo.
—Esa energía puede destruir el planeta —contestó el secretario. El alto ejecutivo entendió que habían caído en la trampa.
—El martillo de Nib está listo para disparar —sonó la consola de control de la Aurora. Moab observó con mirada errática el botón de disparo.
Por la radio se escuchó una cacofonía de caos, mientras la voz del alto ejecutivo intentaba sonar tranquilizadora: —Moab, no lo haga. Hay cientos de vidas aquí. Díganos su precio.
—¡Cállese! —gritó el capitán con la fuerza que aún le permitían sus heridas—. Ya estoy muerto —añadió, su voz debilitándose—. Lo que diga no tiene significado para mí.
—Pero, capitán —insistió el alto ejecutivo—, a esta distancia destruirá toda la ciudad. ¿Ese será su legado?
Después de un rato, Moab dijo débilmente: —Soy un imbécil que no merece dejar un legado, pero la gente que me acompañó no lo fue. Mi mejor amigo me indicó cómo concentrar el rayo en un solo punto. Le quitaré la cabeza a la gallina; es lo único que le sobra a la ciudad.
Lentamente movió la mano hacia el botón: —Esto es por todos nosotros—dijo.