Moab

18.- El árbol.

Tulipán ya no consideraba bestias a los humanos, pues hubo uno al que obedeció sin cuestionarlo. Ese humano le había convencido de que hasta las razas más perversas merecían la oportunidad de mejorar.

Por eso, cuando el capitán Moab lo nombró segundo de abordo frente a toda la tripulación y le ordenó llevarlos a todos a la nave de Nueva Tierra Inc., que aún estaba conectada a la Aurora, lo obedeció sin pensar. Aunque, al igual que todos, se detuvo a ver por última vez la cara sonriente del capitán. Tulipán no podía llorar, pero sintió como si lo hiciera.

Poco tiempo después, la tripulación celebraba al ver, en la superficie del planeta, cómo el Martillo de Nib acababa con Nueva Tierra Inc. Tulipán supo que el capitán se había ido también.

El exoformas le ordenó a la tripulación descender en medio del cráter que dejó el rayo de luz, y ahí —donde él imaginaba que había muerto el capitán— plantó la semilla de Aurora, esperando que creciera fuerte y sano el árbol que sus padres habían querido para ella, aunque los tres ya estuvieran muertos.

Cientos de años después, Nueva Tierra se había transformado. Los conflictos de la humanidad dejaron de importarle a la tripulación del Aurora. Poco a poco, fueron muriendo en paz y sin ningún remordimiento.

Solo Tulipán permaneció, con su numerosa descendencia, viviendo juntos bajo el manzano que estaba en el centro del valle más hermoso de Nueva Tierra.

Con una sonrisa muy amplia, Tulipán contaba a sus descendientes la historia del estoico capitán Moab, el inteligente señor Nib, la valerosa Lucia y la sabia Aurora: humanos llenos de amor y dignos de amar, humanos que le enseñaron que todas las razas tenían derecho a equivocarse y a elegir, sin que ninguna de ellas fuera mala solo por cometer errores.

La raza de Tulipán aprendió así a reír y a tener empatía con las otras razas, viviendo durante siglos bajo el árbol de Aurora.




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