"Amar para vivir, amar para sufrir, amar para llorar y amar para soñar"
El viento helado de la noche cortaba mi piel cuando llegué a la casa de mi padre. Mi estómago se revolvía con una sensación inquietante, y mi pecho se apretaba con cada paso que daba hacia la puerta. Algo en mi interior me decía que no entrara, que me diera la vuelta y me fuera.
Pero lo ignoré.
Mis dedos temblaban cuando toqué el picaporte, dispuesta a girarlo... hasta que una voz me hizo detenerme en seco.
—Nunca debí aceptarla —me detengo en seco antes de entrar.
Mi cuerpo entero se tensa al escuchar la voz de mi padre.
—Isabella, te lo juro... —su voz sonaba rota, llena de un peso que parecía haber cargado durante años—. Anne nunca debió ser parte de nuestra familia. Solo ha traído problemas. Es tu hija, pero nunca ha sido mi hija de sangre.
El impacto de sus palabras me golpea como un puñal en el estómago. Me quedo mirando al vacío sin atreverme a mover un solo músculo. Las lágrimas que he estado conteniendo fluyen sin ningún control.
—Julián... no digas eso —respondió mi madre con un tono cansado.
—Es la verdad. Siempre fue la sombra de sus hermanas. Siempre un problema, siempre una carga. ¿Por qué no puede ser como ellas? Ahora resulta que quiere casarse con la familia que nos pagó para que alejaran a Anne de Evans.
—Shh —dice mi madre —. No digas eso en voz alta, las paredes tienen oídos.
Siento mi corazón latir con desesperación.
¿Toda mi vida ha sido una mentira? El aire me faltó de repente. Mi visión se torna borrosa. Esas palabras flotaron en mi mente como un eco cruel.
No esperé a escuchar más. Era suficiente. ¿Por qué todo se estaba derrumbando?
Mis pies se movieron solos, alejándome de la puerta como si huyera de un incendio. Bajé los escalones de la entrada a toda prisa, sintiendo cómo las lágrimas caían en mis mejillas.
Cuando llego al autobús, mis manos tiemblan violentamente al sostener el móvil y pagar. El chofer me mira, pero decide no preguntar.
Dolía. Dolía tanto que no podía respirar. Mi padre... mi propia familia me traiciono.
El mismo hombre al que intenté complacer toda mi vida. El mismo que nunca me miró como miraba a mis hermanas. Ahora entiendo la razón.
El sollozo escapa de mis labios sin que pueda detenerlo. Me siento en una de las sillas sin mirar a las personas.
—Mierda... —susurré, incapaz de contener la tormenta dentro de mí.
—No pareces estar bien.
Mi corazón salta al escuchar una voz masculina. Me enderezo de golpe, limpiándome las lágrimas con torpeza antes de girarme.
Era él.
El hombre del museo. Wyatt. Estaba a mi lado en el autobús. ¿Cómo no lo vi?
—¿Te sigo pareciendo un acosador? —pregunta con una media sonrisa, inclinándose un poco.
No pude responder de inmediato.
Su presencia me desconcertó. ¿Cómo era posible que siempre apareciera en los momentos más extraños?
—No estoy de humor para bromas —murmuré, desviando la mirada.
—Lo noté.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Se encogió de hombros.
—A veces, la mejor manera de desahogarse es con alguien que no te conoce. Alguien que no va a juzgarte ni a darte consejos baratos.
Me quedé mirándolo, sin saber si confiar en él o no.
—¿Y qué te hace pensar que quiero hablar contigo?
—No quieres —afirmó con seguridad—, pero lo necesitas.
Aprieto los labios, algo en su voz, en su actitud, en su forma de mirarme sin lástima, pero con entendimiento...
Mi garganta se siente seca de repente.
—Estoy... —respiré hondo—. Estoy rota.
Wyatt se apoyó contra el asiento y cruzó los brazos.
—Te escucho.
Y entonces hablé.
Hablé como nunca lo había hecho.
Las palabras salieron de mis labios, atropelladas, entre sollozos y jadeos. Le conté sobre Evans, sobre Rachel, sobre cómo él había cambiado los resultados de la prueba de ADN.
Le conté cómo me pidió matrimonio sabiendo que era la madre de su hija, y cómo ahora me preguntaba si todo fue una mentira.
Le conté sobre mis padres, sobre cómo mi padre nunca me vio como parte de la familia, sobre cómo siempre fui la sombra de mis hermanas. Sobre que me había separado de hombre que amaba por dinero.
Y cuando terminé, me di cuenta de que Wyatt no había dicho ni una sola palabra. Solo me observaba.
—Bueno... —murmuré con voz temblorosa—. ¿No vas a decirme que lo olvide y siga adelante?
Wyatt negó con la cabeza.
—No.
Fruncí el ceño.