Monarquía de lágrimas

BENJAMIN

POV:ALEXANDRE.

Después de todo ella había ganado esta batalla. Zai estaba enfrente de mí, sentada mientras sus dedos temblaban en un asiento del tren.

Su mirada se encontraba perdida y de sus mejillas habían desaparecido el color que las caracterizaba hace algunas horas. En ocasiones se le olvidaba que debía parpadear y tenía que llamar su atención de alguna u otra forma.

Escuche unos pasos venir hacia mí, una mujer rubia de cabello muy corto se acercaba con papeles en mano.

—General. He de recordarle que debo obtener su firma para que los acuerdos de viaje sean finalizados— extendió el papeleo y un bolígrafo.

Sostuve los papeles y firme con rapidez. Ella volvió a mirarme a los ojos por algunos segundos, pero se detuvo un momento en Zai.

Todos siempre se detenían a observarla con cuidado. No era su largo cabello o como sus ojos negros siempre parecían estar juzgándote, Zai era una de las mujeres más elegantes que conocía y eso que había presenciado a demasiadas nobles ser estrictamente correctas, pero en ella era algo natural.

Había escogido a pocos soldados, todos estaban en la misma cabina que los doctores y enfermeras. A Zai no le gustaban los soldados, así que decidí mantenerlos a una distancia prudente.

Extendí mi mano, sin saber cómo llamar su atención de otra forma, de nuevo, di pequeños toques a la mesa que nos dividía. Zai parpadeo con rapidez, colocando su atención en mí, pero quitando la mirada poco después.

Ese lugar era extraño, demasiado alejado de la población regular, tan propio e independiente, pero también arcaico.

Benjamín, su benjamín... Aun las palabras recorrían mi memoria. Quería estar celoso y preguntarle si aún lo amaba, pero mirarla intentando no temblar después de pronunciar su nombre, me hacía sentir preocupado e inquieto.

Pasaron los minutos y Zai volvió a perderse en sí misma, mirando a la nada con los ojos nublosos y el ceño sin fruncir. De nuevo, estire mi mano y toque la mesa.

¿Por qué rosas? Ni siquiera le gustaban las rosas.

—Estamos a punto de llegar, así que deja de hacer ruido—sus ojos ahora estaban fijos en mí—¿Por qué insistes en llamar mi atención?

—Parecías algo desorientada—respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho.

—Solo no deseaba hablar.

—¿No deseas hablar conmigo?— pregunté, mirando como relamía sus labios.

—No te lo tomes personal, no deseo hablar con nadie.

Silencio, de nuevo su mirada se colocó en una esquina del vagón y sus labios se sellaron por completo.

Parecía congelarse en el tiempo, distraída, pero también algo molesta. Era un conjunto de emociones que no podía entender.

El tren se detuvo en una estación medio vacía. Todos estábamos abrigados por completo, el clima estaba por debajo de los 15 grados gracias a que estábamos cerca de las montañas y se acercaba el invierno.

Gracias a los cielos, Zai dejo que la ayudara a bajar del tren y que sostuviera el caballo que necesitaba para continuar nuestro camino. Los soldados la miraban de reojo, pero estaban advertidos sobre qué pasaría si decidían mirarla demasiado o siquiera sonreírle de forma coqueta.

Una doctora le ofreció a Zai chocolate caliente, ella dudó en aceptarlo, pero lo tomo después de un par de intentos y una pequeña sonrisa.

El camino fue tormentoso, incómodo y silencioso, en un punto complicado de la ruta, Zai tomo sus riendas y se desvió del camino que antes habíamos planificado. Ni siquiera protesté, solo la seguí y todos hicieron lo mismo sin dudar.

Confiaba en su instinto más que en el mío.

Solo faltaban algunos kilómetros cuando Zai detuvo su caballo al lado de un gran árbol y sus manos temblaron con fuerza, aún sostenía las rosas contra su pecho. Antes que pudiera preguntar si estaba bien, su caballo comenzó a andar.

Colocó la capucha en su lugar, evitando que pudiese observarla de forma detenida.

Una gran figura masculina encima de su caballo estaba esperándonos enfrente de la entrada de la aldea. Como mis dolores de cabeza lo recordaban, era el jefe del lugar. No hable demasiado con él, pero si lo golpee hasta el cansancio y él también me hirió por igual.

Cabalgó hacia nosotros, pero a diferencia de otros días, había mujeres y niños mirando detrás de ellos.

—¡Le he dicho un centenar de veces al rey que este pueblo no será tocado por medicina falsa!—su acento marcado hizo eco, al igual que el sonido de una espada siendo desenvainada— ¡¿Acaso obligaras a estos niños a sufrir?!

Maldito manipulador, me molestaba que otro que no fuese yo, tuviese la última palabra.

Alguien se adelantó a mis palabras. Zai comenzó a cabalgar, llamando la atención del jefe y de los hombres a su alrededor.

—¿Quién es la forastera?

—Está una vez fue mi casa, debes recibirme como tal— su voz salió con fuerza, aunque aún no había mostrado su cara— Ha pasado tiempo.

El jefe la miro con incertidumbre, pero unos segundos después, su caballo comenzó a moverse hacia atrás. Zai retiro la capucha, dejando ver ojos llenos de rencor que apuntaban hacia el jefe.

—Tú estás muerta...—dijo en voz baja, mirándola con molestia y algo de sorpresa.

—Estás equivocado, las cosas malditas nunca mueren completamente.

Entre ambos hubo un extenso silencio que podría sentirse en el ambiente, ninguno hablo por algunos segundos hasta que Zai comenzó a moverse con tranquilidad en su caballo.

—Dejarás pasar a estos hombres y a esto-

— ¡Jamás!—gritó, aun sin moverse del mismo lugar.

—¡Lo harás!— Zai alzo su voz, irguiendo su espalda en la silla— ¡Lo harás por la deuda que aún no ha sido pagada! ¡Lo harás por tu deuda hacia mi sangre!

—No te debo nada...

Zai estaba cerca de él, había comenzado a moverme con prudencia hacia ellos, pero aun así no estaba tan cerca como quería.

—¿Cómo puedes decir eso?—pregunto, colocando una de sus manos en su pecho— ¡¿Cómo puedes mirarme a los ojos y decir que no me debes nada?!




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