Monarquía Perpetua

Prólogo

Comenzaremos, como lo hacen todas las grandes historias:

Había una vez…

—¡Espera, Narrador! —me interrumpe una voz chillona, mientras una figura vestida con campanillas y sombrero torcido está de pie haciendo malabares con tres manzanas, una de las cuales parecía mordida—. ¡Quiero contar yo la historia!

—¿Disculpa?

El bufón se endereza, hincha el pecho como si fuera un rey, se acomoda la capa (que en realidad es una cortina vieja) y alza un dedo al cielo con gran teatralidad.

¿Y las manzanas?

—Esta es la historia de un niño granjero que se convirtió en rey…

—No, no, no —lo interrumpo.

—¡Por supuesto que sí!

—Por supuesto que no.

—¿Y por qué has de contarla tú? —pregunta con tono dramático.

—Porque yo soy el Narrador.

—¡Por favor! Solo el inicio —me suplica juntando las manos como si rezara.

—Está bien. —soltó un largo suspiro.

El bufón salta de alegría, lanza confeti de su manga (¿de dónde lo sacó?) y declara con voz solemne:

—Había una vez, en nuestra tierra de magia y misterio, en el reino de Elkaria, donde el joven Daryan comenzaba su rutina como cada mañana en su vieja granja…

—¡Espera, espera! —se interrumpió a sí mismo—. ¿Tengo que describirlo?

—No es necesario, ellos lo conocerán…

—Shh, shh —me corta—. Era alto, de cabello negro, ojos de un café profundo, tez clara… y menos guapo que yo —dice con rapidez. Entre respiraciones agitadas admite—: Esta bien, cuenta tú la historia. Lo haces mejor que yo.

Luego de un puchero y una exagerada reverencia, me indica que es mi momento de contar la historia.

¡Por fin!

Había una vez, en el suroeste del mapa, Elkaria vió crecer a un noble muchacho. Daryan con las mangas remangadas y los pies descalzos sobre la tierra húmeda, se inclinaba para ordeñar las vacas. Encargarse de todas las labores del campo era, para él, más que un deber: era una forma de agradecer. El anciano dueño de la granja, a quien el joven llamaba "tío", lo había criado desde que era un bebé, cuando fue encontrado envuelto en una manta de lino junto al viejo pozo del molino, sin nadie alrededor.

—He terminado por hoy, tío. Voy a Graven a vender nuestra vaca más vieja.

—No aceptes menos de 12 Elaris. La última vez la vendiste por un precio muy bajo, ¡no te dejes engañar! —lo regaña el anciano

—No volverá a suceder, esta vez me aseguraré de venderla por un buen precio, ya verás. Incluso recuperaré lo que perdí con la vaca anterior—. Hacía falta dinero en el hogar. Los impuestos no solo eran altos, sino que aumentaban mes tras mes, acumulándose uno tras otro como una carga imposible de ignorar.

—Mucha suerte, hijo.

Así, el joven emprendió su viaje de tres horas hacia la majestuosa capital del reino, decidido a vender la vaca en 20 Elaris. No, mejor, 25. Incluso 30. Sí, 30 Elaris. Eso se repetía convencido, aunque nadie pagaría tanto por una vaca tan vieja.

Podría contarles cómo fue su llegada a Graven, pero hay historias que es mejor dejar que el protagonista las narre. Por ahora, me despido. Pero no te preocupes, disfrutaré la historia contigo.



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En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 22.02.2026

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