Monarquía Perpetua

C1: Un nuevo Rey

Daryan

Graven. Nunca deja de sorprenderme. Al cruzar sus puertas, el bullicio del mercado me envolvió como una ola: pregones, risas, olores a pan recién horneado y especies exóticas.

Mientras me abría paso entre puestos de frutas, telas coloridas y cachivaches de todo tipo, una voz chillona resaltó por encima de todas:

—¡Acérquense, acérquense! ¡El gran show comenzará en solo unos segundos!

Me giré, curioso. La voz venía de un pequeño escenario rodante, uno de esos que parecen más un carrito con cortinas remendadas que un teatro. Detrás de ellas, se asomaba la figura de un bufón. Un grupo de niños ya se había acomodado en el suelo, esperando con los ojos brillantes el espectáculo prometido.

Cuando por fin apareció en escena, pude notar que era altísimo y tan delgado que parecía que el viento podía llevárselo con un buen estornudo. Su traje era de rayas verticales, rosa chillón y blanco, con volantes en el cuello que saltaban con cada movimiento como si también actuara. Su rostro era pálido, salpicado de pecas y su sonrisa era tan exagerada. Era todo un tonto. Y, por supuesto, su sombrero ridículo con cascabeles no podía faltar; tintineaban con cada palabra que decía.

Y ahí estaba yo, con la cuerda de la vaca en una mano, detenido frente al escenario como si fuera uno de los niños. Parte de una simple función de mercado.

—Disculpe, joven. ¿De casualidad no tendrá algunas monedas? —. Una voz anciana me sacó de mi atención del espectáculo del bufón.

Mi mirada se dirigió hacia ella. Tenía la cabeza agachada, así que nunca pude ver su rostro, pero sí noté su mano huesuda extendiéndose desde debajo de una capa verde oscura que la cubría por completo. Era muy pequeña y jorobada.

—Tengo mucha hambre —insistió con un tono de súplica.

—Discúlpeme… si tuviera algunas, con gusto se las daría —respondí con sinceridad. Su presencia tenía algo… enigmático.

—Entiendo, muchacho. Muchas gracias. Que tengas suerte vendiendo tu vaca… Daryan.

—¿Cómo sabe mi nombre? —pregunté, frunciendo el ceño.

La anciana inclinó un poco más la cabeza, su voz apenas un susurro:

—Acércate… Hay algo importante que debo decirte.

Antes de acercarme, volví la vista hacia mi vaca por un instante, solo para asegurarme de que seguía ahí. No fue más que un segundo… Pero cuando giré de nuevo hacia la anciana, ya no estaba. Había desaparecido.

Regresé a la realidad. A fin de cuentas, había venido a vender una vaca, y eso era justo lo que debía hacer. Pero justo cuando di el primer paso, un sonido familiar me detuvo: el tintinear de monedas chocando entre sí dentro de mi bolsillo.

Llevé instintivamente la mano al pantalón. Sí… eran monedas. Para ser exactos: 100 Elaris. Eso era demasiado dinero. Y lo más extraño de todo era que… mi vaca seguía conmigo. ¿Quién era esa anciana?

—¡Es una Verion! ¡Deténganla! —ordenó el capitán, señalándola con firmeza.

Los guardias que lo escoltaban reaccionaron de inmediato, corriendo tras la figura encapuchada que, hacía solo unos instantes, no era más que una anciana pidiendo limosna. Ahora, estaba al otro lado de la plaza del mercado.

La vi justo cuando se escabullía entre los puestos de frutas. Bajo su capa, su forma cambió. Ya no era la anciana encorvada de antes, sino una mujer de unos cuarenta años, de estatura promedio, delgada y de tez morena. Su cabello, oscuro, caía por los lados de su rostro, pero en las puntas brillaban llamativos reflejos anaranjados. Había escuchado antes, en mis viajes a la capital, que a muchos Verions se les manifestaba parte de su don mágico en su apariencia física.

—¡Cuidado! —gritó una mujer desde un puesto cercano.

Uno de los guardias estuvo a punto de ser alcanzado por una enorme bola de fuego que la Verion lanzó con un gesto rápido de la mano. En medio del caos, ella me miró directamente, como si me reconociera, como si supiera quién era.

Pero antes de que pudiera hacer algo más, el capitán desenfundó su espada con un movimiento limpio y brutal. En un abrir y cerrar de ojos, la hoja atravesó el aire… y el cuello de la mujer. Su cuerpo cayó de rodillas, y su cabeza rodó por el suelo hasta detenerse frente a los pies de un campesino. Este no reaccionó. Nadie lo hizo. Era como si aquella escena fuese parte de la rutina.

Sabía que, en los reinos, tener habilidades sobrenaturales no era solo mal visto: era ilegal. Se decía que quienes las poseían eran un error de la naturaleza.

Estaban los Myrthians, personas capaces de transformarse en cualquier animal cuantas veces desearan. Su castigo era severo: entre veinticinco y cuarenta años de prisión.

Y luego estaban los Verions, como la mujer que acababan de ejecutar. Ellos podían manipular objetos con la mente, levitar cosas, conjurar magia básica... y también dominar un elemento especial. Si eran descubiertos, el castigo era la muerte inmediata.

Solo los que lograban convertirse en consejeros reales tenían el derecho de caminar por las calles con libertad… siempre y cuando no sirvieran a un reino enemigo.

—Señor, era Ilyna Kirson, maga consejera del reino de Theragon —informó uno de los soldados. El capitán, que acababa de enfundar su espada manchada de sangre, levantó la mirada de golpe.

—¿Qué hace ella aquí? —murmuró, más para sí que para los demás. Su expresión se tensó de inmediato—. Ella no debería estar en estas tierras...



#1301 en Fantasía
#5236 en Novela romántica

En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 22.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.