Contra mi voluntad, me movía dentro de un imponente carruaje de madera oscura con detalles dorados, flanqueado por el escudo del reino: un par de grifos alzando las garras, listos para atacar. El viaje hacia Theragon era más tardado de lo que pensé. Las fronteras en Elkaria estaban cerradas por la reciente “amenaza” Verion.
Se detuvo en el último puesto de control en el reino, el comandante bajó sin decir palabra. Me asomé en pequeña ventana lateral, el guardia de la frontera, le estrechaba la mano en la cual Vaelor depositaba una pequeña bolsa de monedas. No intercambiaron más que miradas. Pero poco después, la puerta de la frontera se abrió de par en par. La ley, al parecer, también se arrodillaba ante el peso del oro.
Los árboles del Gran Bosque se alzaban como gigantes antiguos, oscuros y solemnes, con copas tan altas que parecían rozar el cielo mismo. He de admitir que nunca había estado tan cerca de él.
Había escuchado que es el refugio de innumerables criaturas mágicas y por eso nadie se atreve a cruzarlo. Dicen que está maldito, que apenas pongas un pie dentro, perderías la conciencia o algo mucho peor.
Tiene algo hipnótico que deja apartar la vista. Entre las ramas más altas, distinguí un gran búho blanco que me observaba fijamente desde lo alto. Su plumaje brillaba bajo la luz débil, sin prisa, se echó a volar, deslizándose con elegancia sobre el bosque.
A la mañana siguiente, aún en el carruaje, el olor intenso a sudor, cuero y acero invadió mis pulmones.
—Señor —llamó el comandante, sentado frente a mí.
—Daryan —lo corregí con voz temblorosa—. No es necesaria tanta formalidad.
—Para mí sí lo es, señor —respondió con firmeza—. Bienvenido a Pravenmorg, un reino conocido por ser la cuna de los más fuertes combatientes.
Podía notarlo: guerreros entrenaban incluso bajo los implacables rayos del sol, y cada persona parecía estar lista para la guerra.
Un hombre calvo y de grandes músculos le gruñó sin razón alguna a mi tío, que observaba inocente por la ventana.
—Agradables —me susurró, sorprendido, mientras corría la cortina para apartar la escena de su vista.
Con las cortinas cerradas, mi campo de visión se reducía a mi tío y al comandante, quien no dejaba de recorrerme con la mirada de pies a cabeza, una y otra vez.
Con dos secos golpes llamó la atención del cochero.
—¡Crucemos por el reino de Windell! —su voz que retumbó en mis oídos.
—¡Por supuesto, señor!
Sentí el carruaje desviarse hacia la derecha.
—Adelante, señor —dijo, extendiendo su mano hacia la ventana.
Miré tras ella. La vista parecía sacada de un sueño. Los árboles eran altos, sus hojas casi translúcidas, y brillaban aún en sombra. Todo olía a flores que no conocía, pero cuyo perfume me envolvía como una manta suave.
A medida que avanzábamos el sol descendía, los campos dieron paso a colinas blancas, y las colinas, a montañas imponentes eternamente cubiertas de nieve.
—¡Finalmente! —el comandante se colocaba los guantes con elegancia—. Bienvenido a Theragon, señor.
El reino se alzaba en el norte, oculto entre picos helados, como si la propia tierra intentara protegerlo.
El paisaje casi cegaba mis ojos, pero mi mente no dejaba de arrastrarme a un evento diferente: la Verion asesinada. “Acércate, necesito contarte algo importante.” Solo quería decirme quién era, que era el heredero. Ella lo sabía. Y ahora, estaba muerta.
—Señor, es importante que al llegar al palacio se reúna con el general Theyric —se apresuró a decir con seriedad; era una orden—. Debo atender unos asuntos, pero no se preocupe, los guardias lo escoltarán.
El carruaje se detuvo con los caballos relinchando. El coronel bajó a paso acelerado y desapareció junto con algunos guardias.
A simple vista, el palacio no parecía un lugar de coronaciones o bailes dorados. Desde lejos, era una imponente fortaleza de piedra gris, con torres que cortaban el cielo y murallas gruesas para tiempos de guerra. Sus puertas de roble eran enormes y cuidadosamente detalladas.
Sin embargo, cruzando el portón principal, dentro de los muros, el palacio emergía como un corazón vivo: salones con paredes de mármol claro, techos curvos pintados con escenas de antiguos héroes y candelabros dorados en cada habitación.
—Por aquí, señor.
Un guardia del palacio me guiaba. Mi tío no dejaba de admirar las obras de arte en el techo mientras caminábamos por los pasillos.
El guía se detuvo, convirtiéndose en un muro entre nosotros y la imponente puerta oscura con bordes dorados.
—Me temo que su acompañante debe esperar afuera. Por órdenes del general, señor.
—S-Sí. Está bien —volteé hacia mi tío, quien, parado como un soldadito de plomo y con una dulce sonrisa, aceptaba quedarse justo allí.
Asentí a su peculiar comportamiento con un despido sutil con mi mano, pero antes cruzar por completo a la habitación noté como mantenía sus dos pulgares arriba con entusiasmo, en señal de apoyo. Aquello me hizo sonreír.