El amanecer del día siguiente fue más frío que cualquiera que hubiera sentido antes. Los ventanales altos de mi nueva habitación dejaban entrar la luz pálida del sol. No dormí mucho esa noche, y cuando tocaron la puerta para escoltarme, ya estaba de pie.
Las prendas delicadas que portaba eran como vestirse con la piel de alguien más.
—¡Daryan, Daryan! —me gritaba desde el otro lado del pasillo, agitando el brazo de lado a lado.
—Tío, ¿qué tal tu noche? —le pregunté mientras me acercaba a él.
—Excelente, hijo. Jamás había dormido tan bien en toda mi vida —dijo con una sonrisa, estirándose como si se hubiera quitado años de encima—. Dormí toda la noche.
Al menos uno de nosotros había descansado.
—Señor —intervino una mucama, haciendo una leve reverencia —disculpe, el equipo de cocina aún está despertando. El desayuno se preparará en unos momentos. ¿Tiene alguna sugerencia de lo que le gustaría desayunar?
—No, no se preocupen —respondí nervioso—. Desayunaré en el pueblo.
No quería hacerlos trabajar a esas horas. Era demasiado temprano.
—Por supuesto, señor —se marchó tras hacer una pequeña y última reverencia.
—Conocer el pueblo me parece una idea espectacular —habló mi tío ante mi intento de escape de este lugar.
El carruaje nos esperaba con las puertas abiertas, sostenidas por los pajes. Detrás de nosotros, el paje cerró la puerta con cuidado. Escuché el sonido de las riendas golpeando suavemente a los caballos, que comenzaron a avanzar con paso firme.
Las pesadas rejas de la fortaleza se alzaron lentamente, dejándonos pasar. Los rayos intensos del sol acariciaban los pétalos de cada flor en el valle, que brillaban como si despertaran con el día. Las casas se asomaban poco a poco hasta el centro de la plaza del pueblo.
La plaza principal de la capital, Selyndor, se extendía frente a mí. Edificios de piedra blanca con techos de teja roja formaban una armoniosa media luna. Sus balcones estaban adornados con enredaderas floridas, y banderines que ondeaban suavemente con la brisa de la mañana. En el centro, una fuente de mármol tallado representaba la figura de un grifo con sus garras alzadas, el símbolo de Theragon.
—Adelante, hijo. No puedo esperar más para conocer este hermoso lugar —dijo mi tío, casi corriendo a asomarse a los puestos para ver qué ofrecían.
Algunas personas comenzaron a notar nuestra presencia. Una mujer interrumpió la conversación con su hijo pequeño para hacer una reverencia; un panadero levantó la vista desde su mostrador y asintió con respeto.
Mi tío ya charlaba con una vendedora de frutas mientras le ofrecía una muestra de bayas brillantes.
—Adelante, pruebe —me dijo la señora, extendiéndome un pequeño canasto—. Son las mejores del reino.
¡Y vaya que lo eran!
Ni siquiera había probado las demás, pero creo que no hacía falta. El sabor explotaba en mi boca, dulce y jugoso.
—Hijo, ¿tienes dinero? —preguntó mi tío, metiéndose más frutillas a la boca sin vergüenza.
Antes de que pudiera decirle que no traía nada encima, uno de los soldados a nuestro servicio se adelantó y le entregó a la vendedora las monedas necesarias para comprar el canasto entero.
Asentí, agradecido, mientras el guardia volvía discretamente a su posición.
Mi tío, feliz como un niño pequeño, tomó la canasta con ambas manos y comenzó a pasearla con orgullo por los alrededores, acercándose a más puestos con una sonrisa contagiosa.
—El pueblo ya se ha enterado, señor —reveló la vendedora—. Al parecer la noticia ha corrido desde los nobles —añadió. Su tono sugería que quizá había dicho más de lo que debía.
—No, por favor. Dígame —su rostro no parecía estar muy convencida—. Le prometo que no diré nada.
—Bueno, si insiste —respondió, mirando a su alrededor con cautela. Un gesto de mano, me indicó que me acercara.
—Fue una mucama de una casa noble, escuchó a su señor mencionar que usted es el heredero.
Cuando me separé un poco de ella, agregó curiosa:
—Estamos todos muy felices que usted, una persona como nosotros, sea el próximo rey.
Una voz algo desesperada entre la multitud, nos interrumpió. Un hombre mayor, de cabello completamente blanco encanecido, forcejeaba una carreta de madera que se había quedado atascada en un bache.
Me acerqué decidido.
—Permíteme ayudarlo, señor.
El hombre levantó la mirada, sorprendido, y sus ojos se abrieron al reconocerme.
—¡Alteza! — exclamó sobresaltándose. Una torpe reverencia casi le hizo perder el equilibrio—. No quisiera molestarlo con esto, no es trabajo para alguien como usted.
—No se preocupe por eso —respondí, arremangándome las mangas de la camisa—. Si algo aprendí en la granja es que el trabajo duro no deshonra a nadie.
Me coloqué a su lado y, tras contar hasta tres, empujamos juntos la carreta hacia adelante. La rueda finalmente se liberó del hueco, y el vehículo rodó suavemente unos metros más.