La oficina se veía diferente en el día. Theyric se encontraba de pie frente a una de las estanterías, hojeando con rapidez varios libros gruesos. Sin necesidad de girarse, habló con su tono grave, pero sin hostilidad.
—Buenas tardes, majestad.
Dejó un tomo abierto sobre la mesa central y señaló con su mano el mapa. A diferencia de la otra noche, los detalles eran mucho más nítidos: montañas, ríos, caminos y marcas de fortalezas resaltaban con tinta oscura sobre el pergamino envejecido.
—Nuestra primera lección será sobre la división de Cresthowoll —dijo con seriedad, volviendo a mirar los libros.
Observé las líneas de frontera y los nombres de las provincias. Theyric se aproximó, con un libro abierto en la mano.
—Cresthowoll fue dividido hace más de 200 años, consecuencia de la Guerra de Lysvarn.
El comandante irrumpió en la habitación de golpe, sorprendiéndonos a ambos.
—¡General, tenemos noticias! —el sudor corría por su frente—. Señor, qué bueno encontrarlo aquí —dijo, antes de volver la mirada hacia Theyric.
—Bueno, eso fue todo por hoy, niños —bromeó, como si se tratara de un profesor en un día normal de clases—. Nos vemos mañana —sonrió, antes de desaparecer con el comandante a su lado.
Una parte de mí se sintió culpable por no poder acompañarlos. Pensar que sería el rey me sonaba a burla. Theyric no podía instruirme todo el tiempo. Regresaba a mi habitación a para encerrarme un rato más, solo hasta que mi cuerpo se pudiera y ya no fuera un estorbo.
Odio sabotear mis propios planes.
Me acerqué al estante de libros y comencé a leer los títulos de aquellos que vi que el general había hojeado: “El nacimiento de Theragon”, “El mundo de Cresthowoll”, entre otros sobre historia. Lo que buscaba no estaba allí.
Me asomé por la puerta, mirando a ambos lados del pasillo en busca de un guardia o cualquiera que pudiera ayudarme.
—¿Necesita algo, Señor? —preguntó finalmente un guardia al verme.
—¿Hay una biblioteca aquí?
—Por supuesto que sí, señor —respondió amablemente, haciendo una leve inclinación—. Por favor, sígame.
Observé cada detalle del trayecto, tratando de memorizar cada giro, cada pasillo e incluso las pinturas colgadas en las paredes, para no perderme.
La biblioteca del palacio estaba oculta tras unas grandes puertas. Un suave crujido reveló un amplio salón que parecía extenderse hasta el infinito. El olor a papel antiguo, madera envejecida y tinta seca me envolvió al instante. Me acerqué lentamente a una señora que montada de puntillas en una escalera móvil para acomodar los libros en los estantes superiores.
—¡Alteza! ¿A qué se debe su visita? —dijo desde lo alto, con una sonrisa amable.
—Busco un libro —claro está—. Un libro de la guerra de Cresthowoll —dije, alzando un poco la voz para que pudiera oírme desde aquella altura.
—¡¿De Theragon?! —respondió, mientras acomodaba los últimos libros que llevaba en brazos—. ¡En el fondo!
—¡No! ¡De Cresthowoll! —alcé la voz, pero la mujer parecía no escuchar lo que decía.
—¡Hable más fuerte! —dijo ella, acomodándose los lentes con cuidado.
—¡Cresthowoll!
Antes de terminar de gritar, la bibliotecaria se deslizó con destreza hasta el suelo.
—Oh, ya veo —sonriente comenzó a caminar entre el laberinto de estantes—. Por aquí, señor.
—Puede encontrar la información que necesita en este pasillo. Aunque yo le recomendaría empezar por este —añadió, tomando un libro cercano titulado “La guerra de Lysvarn”. Era justo lo que necesitaba, y si no, tenía todo un largo pasillo por explorar.
—Gracias.
Por dejarme mudo una semana.
—Para servirle —respondió con una leve reverencia antes de volver a sus labores como bibliotecaria.
Me senté en uno de los sillones acolchonados y coloqué el libro sobre la mesa de madera pulida. Con el sol ya ocultándose, encendí la lámpara de aceite frente a mí, preparándome para leer.
***
Narrador
Hola de nuevo, querido lector.
Como sabrás, hace 200 años tuvo lugar la Guerra de Lysvarn.
Pero, ¿qué fue de esta guerra?
Permíteme contarte antes de que el bufón se dé cuenta.
En ese entonces, Cresthowoll era una pequeña nación, gobernada por Cassian, un rey respetado y admirado por todos. Sin embargo, a medida que su reino prosperaba y se expandía, los seres mágicos comenzaron a perder sus territorios, siendo poco a poco excluidos del mundo.
Esto provocó incontables muertes entre las razas mágicas, pero la tensión alcanzó su punto máximo cuando Cassian decretó la expulsión definitiva. Las llamó un “error de la naturaleza”, asegurando que aquellas criaturas no tenían lugar en su mundo.
Fue entonces cuando, desde las sombras, surgió un enorme dragón blanco: el protector de la magia, una criatura legendaria justa y...