Daryan
Me recosté en la cama cuando los rayos del sol comenzaban a colarse entre las cortinas anunciando un nuevo día.
—Señor.
Alguien tocaba a la puerta.
—Soy el general Theyric. Se me informa que debe estar listo ahora.
—Entiendo. Estaré listo en unos minutos —seguía acostado mirando el techo.
—Señor. Hablo de que tiene que ser ahora.
—¿Ahora? —cuestioné, sentándome en la cama y apoyándome hacia atrás con las manos.
—Sí, señor, en este instante —me dijo el general desde fuera de la habitación—. Y me temo que debe ponerse una de las mejores prendas que encuentre en el armario.
Theyric paseaba de un lado a otro, visiblemente inquieto.
—¿Qué pasa, Theyric? —pregunté alarmado—. ¿Acaso estamos en peligro? ¿Ya moriré?
—Peor —se detuvo frente a mí—. El consejo real desea conocerlo.
Era difícil seguirle el paso.
—Va muy lento, señor. El consejo estará furioso si los hacemos esperar mucho —me apresuraba desde el otro extremo del salón que cruzábamos.
En algunos tramos troté un poco para intentar alcanzarlo, pero fue imposible.
—Hemos llegado, señor —se volteó hacia mí para intentar arreglarme un poco el traje y verme impecable—. Mucha suerte.
Se colocó a mis espaldas y dio la orden a los guardias para que abrieran las puertas frente a nosotros, revelando un enorme salón con docenas de personas.
Formaban un semicírculo que envolvía la mayor parte de la sala. Había un silencio denso, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento contra los vitrales y el eco de los pasos cuando alguien se movía.
—Altezas, ministros y miembros del consejo —anunció Theyric con solemnidad— he aquí ante ustedes al último heredero de la casa Eldravan.
Las miradas escrutadoras te comían vivo. Sentía el peso de cada par de ojos deslizándose sobre mí, para murmurar entre ellos, inclinándose apenas para compartir comentarios despectivos que no alcanzaba a oír.
Uno de los consejeros, un hombre de barba meticulosamente recortada y túnica gris, fue el primero en romper el silencio. Se levantó despacio, sus anillos de plata tintineando suavemente al apoyarse sobre la mesa.
—Alteza real —dijo, con una reverencia que parecía más una formalidad que un gesto sincero—. He de admitir que nos llena de inquietud que quien llevará la corona no conozca nada de ella—hizo una leve pausa, midiendo sus palabras— y provenga de un contexto tan distinto al de la corte. Lo considero un tanto, impropio.
Algunos miembros del consejo asintieron con discreción. Otro consejero, una mujer de cabello recogido y mirada aguda, intervino con una sonrisa amable, pero con un filo que no pasaba desapercibido.
—Llevar las riendas de Theragon requiere algo más que saber cosechar o cuidar ganado, señor. Requiere conocer la diplomacia, el arte de la guerra y las necesidades de cada región del reino. ¿Conoce tales responsabilidades?
No eran insultos directos, pero cada frase era una piedra cuidadosamente lanzada.
Theyric se mantuvo firme detrás de mí, sin intervenir. Esto era algo que debía enfrentar solo.
—Tienen razón —añadió otro consejero—. Administrar una granja no es lo mismo que gobernar todo un reino.
Sentí un nudo formarse en mi garganta. Tragué saliva e intenté mantener la compostura. Este era el infierno mismo. No importa lo que dijera, se asegurarían convertirme en cenizas.
—Entiendo sus preocupaciones —comencé, tratando de que mi voz sonara firme, aunque notaba cómo, por momentos, vacilaba—. Sé que mi vida anterior es muy distinta a la que se espera aquí, pero estoy dispuesto a aprender, a escuchar y a hacer lo que sea necesario.
Mis palabras temblorosas flotaron en el aire, un poco inseguras. Algunos de los consejeros intercambiaron miradas. Theyric, a la distancia, asintió apenas, alentándome a mantenerme firme. Pero las pruebas apenas comenzaban.
—Imposible que este inepto sea hijo de nuestros difuntos príncipes —cuestionó el hombre de túnica gris, con el ceño fruncido.
—Se equivoca —el general hablaba con seguridad.
—El pueblo se equivoca. El heredero no es nada ante tal puesto —insistió el hombre, sin mostrar el menor atisbo de emoción.
—El pueblo está satisfecho, Rigel. Una vez más, ven la esperanza. Si les quitamos a este nuevo rey, se levantarán —habló otro noble —No es necesario que intervenga en el consejo, solo necesitamos su imagen. Piénsalo Rigel, ¿qué historia más conmovedora que un príncipe criado como plebeyo que viene a rescatarlos?
—¡Me niego! Este joven es un inútil y los cerebros de ustedes muy estúpidos —reclamó Rigel —¡Si no me escuchan a mí, escúchenlo a él! Vamos niño, ¡habla!
Todas las miradas estaban sobre mí. Abrí la boca, pero fue inútil: ninguna palabra salió de ella.
—Ahí tienen su respuesta —dijo con tono seco—. Creo que eso es todo por hoy. El consejo hablará sobre —desvió la mirada hacia mi acompañante antes de volver a mí—el futuro rey —añadió, impregnando sus palabras de un evidente desprecio.
Era momento de retirarnos.
—Por fin. ¡El tormento se acabó! —celebró cuando estuvimos solos.
Me perdí en mis pensamientos, cuando me giré el general ya no se encontraba conmigo. Caminando por el palacio, con la mente en blanco, vi cómo un pájaro carpintero, con detalles blancos y azules en sus alas, picoteaba la ventana en dirección a una pintura. Como si tratara de decirme algo.