Monarquía Perpetua

C5: El Consejo Real

Me recosté en la cama cuando los rayos del sol comenzaban a colarse entre las cortinas anunciando un nuevo día.

—Señor.

Alguien tocaba a la puerta.

—Soy el general Theyric. Se me informa que debe estar listo ahora.

—Entiendo. Estaré listo en unos minutos —seguía acostado mirando el techo.

—Señor. Hablo de que tiene que ser ahora.

—¿Ahora? —cuestioné, sentándome en la cama y apoyándome hacia atrás con las manos.

—Sí, señor, en este instante —me dijo el general desde fuera de la habitación—. Y me temo que debe ponerse una de las mejores prendas que encuentre en el armario.

Una vez cambiado, las puertas de la habitación se abrieron para mí. Theyric estaba paseando de un lado a otro, visiblemente inquieto.

—¿Qué pasa, Theyric? —pregunté alarmado—. ¿Acaso estamos en peligro?

—Usted lo está, señor —se detuvo frente a mí—. El consejo real desea conocerlo.

Era difícil seguirle el paso; iba demasiado rápido.

—Va muy lento, señor. El consejo estará furioso si los hacemos esperar mucho —me apresuraba desde el otro extremo del salón que cruzábamos.

En algunos tramos troté un poco para intentar alcanzarlo, pero fue imposible.

Theyric se detuvo por fin.

—Hemos llegado, señor —se volteó hacia mí para intentar arreglarme un poco el traje y verme impecable—. Mucha suerte.

Se colocó detrás de mí y dio la orden a los guardias para que abrieran las puertas frente a nosotros, revelando un enorme salón con docenas de personas.

Formaban un semicírculo que envolvía la mayor parte de la sala, dejando libre solo el pasillo central que conducía hacia el frente. Ahí, una silla más elevada, sutilmente más grande, marcaba el lugar reservado para el soberano. Detrás de ella, colgaba el estandarte del reino.

Había un silencio denso, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento contra los vitrales y el eco de los pasos cuando alguien se movía. Una vez dentro, uno quedaba bajo la mirada de todos. Theyric dio un paso al frente.

—Altezas, ministros y miembros del consejo —anunció con solemnidad—, he aquí ante ustedes al último heredero de la casa Eldravan.

Las miradas escrutadoras eran abrumadoras. Sentía el peso de cada par de ojos deslizándose sobre mí, para murmurar entre ellos, inclinándose apenas para compartir comentarios que no alcanzaba a oír.

Uno de los consejeros, un hombre de barba meticulosamente recortada y túnica gris oscuro, fue el primero en romper el silencio. Se levantó despacio, sus anillos de plata tintineando suavemente al apoyarse sobre la mesa.

—Señor —dijo, con una reverencia que parecía más una formalidad que un gesto sincero—. He de admitir que nos llena de inquietud que quien llevará la corona provenga de… —hizo una leve pausa, midiendo sus palabras— un contexto tan distinto al de la corte. Lo considero un tanto, sospechoso.

Algunos miembros del consejo asintieron con discreción. Otro consejero, una mujer de cabello recogido y mirada aguda, intervino con una sonrisa amable, pero con un filo que no pasaba desapercibido.

—Llevar las riendas de Theragon requiere algo más que saber cosechar o cuidar ganado, señor. Requiere conocer la diplomacia, el arte de la guerra y las necesidades de cada región del reino. ¿Está usted preparado para tales responsabilidades?

No eran insultos directos, pero cada frase era una piedra cuidadosamente lanzada.

Theyric se mantuvo firme detrás de mí, sin intervenir. Esto era algo que debía enfrentar solo.
—Tienen razón —añadió otro consejero—. Administrar una granja no es lo mismo que gobernar todo un reino.

Sentí un nudo formarse en mi garganta. Tragué saliva e intenté mantener la compostura. Ahora entendía perfectamente a qué se refería el general Theyric antes de llegar. Me aclaré la voz y di un paso al frente, con las manos entrelazadas para disimular que me temblaban ligeramente.

—Entiendo. Entiendo sus preocupaciones —comencé, tratando de que mi voz sonara firme, aunque notaba cómo, por momentos, vacilaba—. Sé que mi vida anterior es muy distinta a la que se espera aquí, pero estoy dispuesto a aprender, a escuchar y a hacer lo que sea necesario.

Mis palabras flotaron en el aire, un poco inseguras, un poco temblorosas, como si yo mismo no estuviera del todo convencido de lo que decía. Algunos de los consejeros intercambiaron miradas.

Theyric, a la distancia, asintió apenas, como alentándome a mantenerme firme. Pero las pruebas apenas comenzaban.

—Imposible que este inepto sea hijo de nuestros difuntos príncipes —cuestionó el hombre de túnica gris, con el ceño fruncido.

—Se equivoca —el general hablaba con seguridad.

—¿Hablamos del mismo niño que la antigua reina mandó a esconder? —insistió el hombre, sin mostrar el menor atisbo de emoción.

—El mismo, señor —confirmó Theyric con seriedad.

—Dejemos que él mismo nos lo diga.

Todas las miradas estaban sobre mí. Abrí la boca, pero fue inútil: ninguna palabra salió de ella.

—Muy bien —dijo con tono seco—. Creo que eso es todo por hoy. El consejo hablará sobre… —desvió la mirada hacia mi acompañante antes de volver a mí— sobre el futuro rey —añadió, impregnando sus palabras de un evidente desprecio.

El general Theyric me miró, pero no hacía falta; sabía que era momento de retirarnos.



#1301 en Fantasía
#5236 en Novela romántica

En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 22.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.