Daryan
En el palacio, me preparaba para mi segunda-primera lección del general Theyric, dado que la primera no pudo llevarse a cabo. Esta vez, el general parecía retrasarse un poco.
—Disculpe, señor —dijo al entrar—. He tenido que reorganizar a algunos soldados en los pueblos, pero no se preocupe, ya está todo solucionado —añadió mientras dejaba rápidamente sobre el escritorio varios pergaminos y notas que traía en las manos.
—La bibliotecaria me ha comentado que ha concurrido la biblioteca estos últimos días —dijo, lanzándome una mirada fugaz mientras sus manos continuaban hurgando entre los pergaminos, en busca de una nota específica para iniciar la lección—. Me alegra ver que continúa sus estudios; eso habla muy bien de usted. —Una sonrisa se asomó en su rostro cuando, finalmente, levantó un pergamino—. ¡Aquí está! —exclamó, satisfacción al encontrar lo que buscaba.
Marcando círculos con el dedo sobre aquella pequeña unión destacó:
—Es aquí donde nuestros enemigos intentarán atacar.
Comprendí de inmediato que la lección de hoy ya no trataría sobre historia. Esto solo indicaba restaba tiempo.
Theyric apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose levemente hacia el mapa. Su mirada era firme, y su tono de voz más grave.
—La frontera de Pravenmorg siempre ha sido una línea frágil. Si los Velmyrians logran cruzar por aquí —señaló de nuevo la unión—, llegarán rápidamente a las aldeas cercanas de Theragon y la capital quedará expuesta.
Guardé silencio, procesando cada detalle. Desplegó un segundo pergamino, donde se delineaban rutas estratégicas y puntos clave de defensa.
—¿Y si avanzan más rápido de lo previsto?
—Hay una defensa en las colinas más cercanas a la frontera. Allí podríamos reagruparnos y frenar su avance antes de que lleguen a los pueblos principales —soltó ambos pergaminos sobre el escritorio—. No escuche al consejo, usted es capaz de aprender a proteger a su pueblo, quizás lo suficiente para que ni siquiera tengamos que llegar a un enfrentamiento armado. Yo le ayudaré.
***
—Buenos días, señor —se reverenció una consejera.
—Buenos días —respondí con una leve inclinación de cabeza.
Me encontraba en el centro del consejo. Ellos habían solicitado mi presencia esta mañana.
—Hemos escuchado lo que el pueblo dice de usted —comenzó la consejera.
—¿Y qué es lo que dicen? —pregunté, manteniendo la voz serena.
—A su suerte, les agrada —intervino Rigel, fingiendo una sonrisa—. El reino sobrevivirá con fuerza y estrategia. Su amabilidad no nos servirá. No podemos olvidar eso.
—He visto a reyes con estrategia, pero sin corazón. Y créame, Rigel, esos son los que caen primero —añadió la condesa Selinne, una mujer de rizos dorados y porte noble.
—Agradezco sus palabras, consejeros —dije—. Sé que no soy lo que esperaban que fuera, pero estoy dispuesto a convertirme en él.
—No puedes simplemente “convertirte en rey” —espetó Rigel —Dentro de muchas cosas, se requiere de tiempo y no lo tiene.
—Entonces le daremos tiempo. Será poco, pero bastará así que asegúrese de aprovecharlo —afirmó Selinne.
Algunos miembros del consejo intercambiaron miradas de aprobación, a mi mala suerte, la mayoría.
De todas formas, tanto ellos como yo, no teníamos opción.
Lo mejor del día fue celebrar que mi tío logró mudarse a Celia; estaba muy emocionado por su nuevo hogar. Lo ayudé a instalarse, a comprar algunas vacas y borregos para iniciar su pequeña granja. Juntos visitamos el mercado para adquirir semillas de frutos y plantas únicas del reino, que él deseaba cultivar en su jardín. Le había prometido visitarlo el fin de semana y no podía esperar a llegara.
Mi rutina se centraba en leer una y otra vez cada libro que el general me había dejado en la oficina real, quien salía a organizar la defensa en las murallas, por lo que ya no lo veía en el palacio.
No fue hasta que me topé con un título no antes visto entre las repisas: “Criaturas de la noche”
—Grandes figuras descienden desde las montañas más altas —rezaba el primer párrafo—. Suelen manifestarse en la oscuridad, para no ser descubiertas.
Aceleré la lectura, evocando la sombra extraña que había visto unas noches atrás en la biblioteca.
—Granjeros sospechan que se trata de Myrthians en su transformación en aves. Sin embargo, su tamaño no concuerda al de ninguno de ellos —aparté todo aquello que me estorbaba en el escritorio dejando espacio para descansar el libro sobre la madera.
—Sus alas emplumadas cubren las estrellas en su vuelo. Cuando descienden hasta nuestras tierras, los pueblerinos registran la desaparición de numerosas ovejas. Quienes han intentado seguir a estas bestias aseguran perderlas de vista tras cruzar las más altas montañas nevadas.
—¡Su majestad! Estamos siendo invadidos —un guardia irrumpió en mi oficina en mitad de mi lectura, sobresaltándome.
Me puse de pie de inmediato, cerrando el pesado libro con fuerza.