Daryan
Recorría los pasillos vacíos del palacio, como un fantasma. Cada rincón parecía más frío que el anterior. Me detuve frente a un ventanal, uno de esos altos y polvorientos que daba a los jardines.
Me vinieron a la mente pequeños recuerdos. Él y yo caminando por un valle tranquilo, mientras me contaba sus historias favoritas. Recordé nuestro último abrazo y su gran sonrisa cuando lo llamé papá, debí hacerlo desde hace mucho tiempo.
No podía ignorar que cientos de personas compartían mi dolor.
Sabía que me arrepentiría si no hacía nada al respecto, además le estaría dando la razón a ese podrido consejo.
Mis pasos resonaban fuertes en la Cámara Real. Me detuve en donde siempre, erguido. Sus miradas me atravesaban intentando intimidarme.
—Estoy listo para la coronación —dije.
Algunos rieron. Otros bufaron con desdén. Rigel negó con la cabeza, burlón.
—¿Ahora sí quiere jugar a ser rey?
Los miré a todos, uno por uno. Sentí la rabia acumulada arderme en el pecho.
—Si no logro salvar al siguiente pueblo, yo mismo le entregaré la corona a usted.
El consejo quedó en silencio, me miraban indignados.
—Es momento de dejar de buscar culpables. Tenemos que ver por el bien del pueblo.
Una mujer de rostro severo se alzó.
—¿Y qué espera que hagamos, alteza? Los Velmyrions no esperarán a que usted se corone. Podrían estar ya en el siguiente pueblo. O a solo horas de aquí.
—El joven verion, junto a los hombres que aún nos quedan, pueden frenar la masacre.
—Ya se lo hemos dicho. El chico morirá si lo manda a la guerra —soltó otro.
—Eso no pasará —respondí sin dudar—. Yo estaré a su lado.
Un murmullo tenso recorrió la sala. Se miraban entre sí como si acabara de anunciar mi sentencia de muerte.
—Perfecto —rió Rigel—. Irá a morir, y otra vez, no tendremos ni rey ni verion.
***
Esperaba paciente al joven verion en uno de los jardines reales, después de solicitar su presencia esta mañana.
Un niño delgado, portando una túnica de color azul oscuro algo arrugada unas tallas más a la suya. Caminaba inseguro, con la mirada baja, escoltado por dos soldados. Sus manos temblaban mientras trataba de esconderlas en las mangas.
El parecido a su madre era impresionante: la misma forma de la nariz, el mismo color de piel, la misma forma de caminar. Pero sus ojos no eran como los de ella, eran de un amarillo tan intenso como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar.
—Zev, alteza —habló.
—¿Puedes hacer una demostración de tu magia, Zev?
—Puedo intentarlo —dudó, sin levantar la vista.
—Confía en ti, Zev. Tranquilo.
Los guardias se tensaron colocando sus manos sobre la empuñadura de sus armas.
Zev cerró los ojos, concentrado. Alzó lentamente su mano en dirección a una de las fuentes de piedra. Sin respuesta. Solo el viento entre los árboles y la tensión en el ambiente.
La fuente comenzó a temblar. El agua se elevó de pronto en un perfecta espiral, quien lo rodeó de inmediato hasta cubrirlo por completo sin empaparlo.
Un destello amarillo cruzó sus ojos y, sin quererlo, el espiral se rompió en una explosión de vapor cayendo sobre las flores cercanas quemándolas por completo y una paloma blanca, que descansaba en la rama de un árbol, alzó vuelo asustada.
—¡Lo siento! —retrocedía asustado ocultando sus manos—. ¡No ocurrirá de nuevo, perdón!
Me acerqué a él, ignorando las miradas inquietas de los soldados.
—Zev, eso fue asombroso.
—¿Lo cree así? Mire el jardín, señor.
—Yo lo veo bien —sonreí, intentando transmitirle confianza. Como recordaba que lo hacía Theyric conmigo—. Eso fue un poco desastroso, sí, pero tu magia es poderosa. Solo necesitas conocerlo y aprender a utilizarlo. Y yo voy a asegurarme de que tengas la oportunidad de hacerlo.
Sus ojos se alzaron por primera vez para mirarme.
—Mi madre me estaba enseñando un poco a controlarla —me tensé al oírlo—. Está bien Sé que no fue su culpa —agregó con una pequeña sonrisa cálida, que sin darme cuenta le devolví.
—Señor, el comandante Vaelor Thorne ha regresado de la frontera—informó un guardia.
Me retiré sin antes hacerle saber a Zev que podía practicar cuantas veces quisiera y cuando quiera en el jardín.
El comandante ansioso tenía algo que decirme, apenas podía mantenerse en pie. Su mano derecha sostenía su brazo evidentemente dislocado, pero aun así no mostraba ni una pizca de dolor.
—Señor —su voz aún era firme como desde el momento en que lo conocí—. El general Theyric ha decidido quedarse custodiando la frontera. Necesitamos un plan lo antes posible.
—Comandante, creo que tengo una idea —dije, haciéndole una seña para que me acompañara hasta mi oficina—. Podríamos llevar al joven verion…