Regresamos al castillo victoriosos con el sol apenas asomándose. Zev desmayado, vencido por el esfuerzo mágico, descansaba sobre su caballo color avellana. Detrás de nosotros los soldados heridos avanzaban en silencio, algunos apoyados en sus compañeros.
Frente a las puertas principales, el comandante Vaelor nos esperaba, su postura rígida, su rostro endurecido por la ira contenida.
Descendí de mi caballo. Sin decir palabra, entregué las riendas del corcel donde dormía Zev a uno de los guardias.
—Llévenlo a su habitación. Que nadie lo despierte —ordené.
Asintió, llevando al muchacho cuidadosamente.
Me giré justo a tiempo para ver al comandante avanzar hacia mí. En un movimiento rápido alzó la mano y me cruzó la cara de una bofetada.
El golpe resonó en el aire.
Detrás de mí, el general Theyric descendía de su montura, su mano yacía sobre la empuñadura de su espada. Pero antes de que pudiera intervenir, Vaelor alzó su voz, furioso.
—¡¿Qué derecho tenía, señor, de llevarse a mi hijo a la guerra sin mi consentimiento?!
Un respiro hondo inundó mis pulmones, con ayuda de mi mano intentaba cubrir el ardor en mi mejilla, pero no me moví ni un paso atrás. Le sostuve la mirada paciente.
—Ninguno —admití—. Y acepto su furia, comandante. Pero si no lo hubiera hecho...
—¿Qué? —escupió con dolor
—No estaríamos aquí para discutirlo.
El Comandante se estremeció. Sus puños temblaban a los costados, luchando entre el deber, la rabia y el miedo. Lo vi en sus ojos. Era el miedo de un padre de perder a su hijo.
—No volveré a tomar una decisión así sin consultarle, comandante. —mi cuerpo se relajó—. Prometo proteger la vida de Zev como si fuera la mía. No permitiré que su sacrificio sea en vano.
Hubo un largo silencio.
Theyric permanecía inmóvil observando atentamente la escena. Vaelor cerró los ojos unos segundos y respiró hondo. Cuando los abrió, su mirada mostró dolor y cansancio.
Finalmente, asintió.
—Cumpla su palabra, señor —suspiró—. Porque si falla juro que ni todos los ejércitos de Theragon podrán salvarlo de mí.
No era una amenaza vacía. Pero tampoco era enemistad.
Tomó el mismo camino por donde habían llevado a Zev, dejando tras de sí un silencio pesado.
—Es momento de informarle al Consejo lo que ha pasado, señor —habló por fin Theyric.
—Sí. Claro —parpadeé un par de veces aún perplejo por lo que acababa de ocurrir.
El eco de nuestras botas resonaba en los pasillos silenciosos cubiertos por una fina alfombra roja con costuras doradas.
—El Reino de Theragon ha logrado su primera victoria en la frontera —se adelantó Theyric.
—¿Victoria? —preguntó uno de los consejeros—. ¿Cómo es posible?
—Gracias al valor de nuestros soldados y al poder del joven Verion —mi voz llenó la sala.
—¿Y cuántos hombres hemos perdido? —interrogó otro, como si esperara que aquella victoria hubiera costado más de lo que valía.
—Menos de los que habríamos perdido si hubiéramos seguido discutiendo aquí —repliqué, sin perder la calma—. Gracias al muro, la frontera resiste.
Fue entonces cuando el consejero mayor, el mismo que tantas veces había cuestionado mi presencia aquí, se levantó con lentitud.
—Quizá sea momento de proceder a la coronación —dijo, Rigel—. Si Dios lo protege tanto como parece, entonces, ¿quién soy yo para negárselo?
¿Acababa de escuchar bien?
El Consejo ya había tomado una decisión: la coronación sería dentro de un par de días.
***
Los enemigos no se rendirían. Regresarían con refuerzos. No iban a permitir que una derrota momentánea manchara su orgullo, mucho menos si creían que nuestro reino estaba vulnerable. Mientras nos preparábamos para la celebración manteníamos la guardia.
—¿Dónde estamos, general? —cubría mi frente con la mano para protegerme de los fuertes rayos del sol que me impedían ver claramente.
Era una zona apartada del palacio. Frente a mí se extendía un amplio campo de entrenamiento, el terreno era duro y agrietado. A un lado, había una serie de muñecos de madera para prácticas de combate destrozados por golpes de espada.
El general se volvió hacia mí, divertido.
—Bienvenido, señor —extendía los brazos mientras caminaba de espaldas hasta adentrarse al campo.
Me sentía exhausto de solo pensar en entrenar.
—¡Vamos, señor! —me llamó Theyric esperando en el centro del campo.
Mis botas levantaban el polvo a cada paso.
El general desenvainó una espada de entrenamiento de un soporte cercano y me la dio. Era más pesada de lo que esperaba; mis brazos, desacostumbrados, temblaron ligeramente al recibirla.
—Primero, postura —posaba frente a mí con su espada alzada—. Las piernas a la altura de los hombros. Rodillas un poco flexionadas. Espalda recta. ¡Así!