Había ordenado que la ceremonia para honrar a los caídos por la batalla comenzara al anochecer. Las campanas de la capital sonaron tres veces, su eco grave y prolongado alcanzando los pueblos cercanos, anunciando el inicio de la vigilia.
La plaza central de Selyndor, se llenó de hombres, mujeres y niños, todos vestidos con ropas oscuras. Nadie hablaba en voz alta. Solo susurros y sollozos.
Una larga mesa de madera con hileras de pequeñas velas se extendía por la plaza. Cada familia, cada amigo, cada compañero que había perdido a alguien, tomaría una vela y la encendería en su honor.
Yo mismo tomé una vela. La encendí en nombre de los soldados caídos, en nombre de los residentes de Celia y Lysan. Pero, sobre todo, en nombre de mi tío, mi padre, la persona que más quise.
La voz grave y pausada del coronel Vaelor se elevó por encima de las llamas y las cabezas inclinadas:
—Que las almas de los caídos encuentren reposo. Que su sacrificio no caiga en olvido, y que la llama que hoy encendemos guíe sus pasos hacia la paz.
Una anciana se arrodillaba frente a las velas con un retrato en las manos, la imagen de un joven soldado, su llanto era silencioso. A su lado, un niño sostenía con torpeza una vela más grande que sus manos. Un hombre mayor, quien parecía ser su abuelo, lo ayudó a colocarla, ambos inclinando la cabeza con respeto.
Tanto el general Theyric como el comandante Vaelor me acompañaban; se encontraban cada uno a un lado mío, manteniendo su postura rígida y analizando cada detalle de la noche.
Cuando todas las velas estuvieron encendidas y las despedidas terminaban, subí a la alta plataforma de la plaza. Desde ahí, podía ver cada rostro y cada llama. Mi voz clara y serena inundó cada rincón:
—Theragon ha llorado esta noche. Hemos perdido hermanos, hijos, padres, esposos y amigos, pero su memoria vivirá en nosotros. No permitiré que su lucha haya sido en vano. Protegeré esta tierra. Protegeré este hogar.
Algunos alzaron las velas al cielo, otros simplemente cerraron los ojos y dejaron que sus lágrimas cayeran libremente.
Nadie se apresuró a marcharse. La vigilia terminó hasta que las llamas se consumieron por completo.
Necesitaba que ya no doliera tanto. Necesitaba algo que apagara, aunque fuera un poco, ese vacío que inundaba el pecho.
***
Otro día. Otro entrenamiento.
—Bien, señor —dijo Theyric desde un extremo del campo, su voz firme y clara—. Hoy no habrá espadas, ni dagas, ni cualquier otra arma. Supongamos que el enemigo logra desarmarlo. Ahora tendrá que luchar cuerpo a cuerpo.
—No puede ser, ¿en serio vamos a pelear? —pregunté, entrecerrando los ojos bajo el sol.
—No, majestad. Yo no pelearé con usted —respondió con una leve sonrisa, antes de girarse y señalar a un hombre que avanzaba hacia nosotros.
El hombre era alto, con una musculatura que triplicaba la mía. Sus brazos eran gruesos como troncos y su mirada era penetrante. Caminaba con la seguridad de alguien que sabía exactamente de lo que era capaz.
—Él lo hará —añadió Theyric, sin perder la calma.
El gigante se detuvo frente a mí y, con una leve inclinación de cabeza, saludó.
—Mi nombre es Kare, alteza —dijo con una voz grave pero respetuosa—. No lo mataré.
—¿Escuchaste? ¡Dijo que no me matará! —le grité a Theyric.
—¡Eso es excelente, señor! —me respondió con una sonrisa divertida.
Respiré hondo, me mantuve firme y me coloqué en posición.
—Estoy listo —dije con determinación, dando un paso al frente.
Kare asintió con seriedad con postura de combate y, con un leve gesto de la mano, me indicó que lo atacara primero.
Me lancé con decisión. Intenté un golpe al torso, pero Kare desvió fácilmente mi ataque y, con un giro ágil para alguien de su tamaño, me atrapó por el brazo y me derribó al suelo en un parpadeo. Caí de espaldas, me preparaba mentalmente para la semana de intenso dolor que eso me generaría.
—¡Rápido! ¡De nuevo! —ordenó Theyric.
Esta vez lo intenté con más cautela, midiendo la distancia y sus movimientos. Una, dos, tres veces caí. El sol siguió su ascenso en el cielo mientras yo, una y otra vez, me levantaba del suelo decidido a no rendirme.
***
Era la hora del desayuno. Desde el salón del palacio donde me encontraba podía oler el aroma del pan recién horneado.
—¿Gusta que se lo llevemos a su habitación, señor? —preguntó con suavidad una de las mucamas, inclinando la cabeza con respeto.
—No. Esta vez desayunaré aquí, en el comedor.
Tomé asiento en la silla situada en el extremo más alejado de la mesa, aquella alta de adornos dorados, que durante semanas había evitado ocupar.
Serví un poco de pan en mi plato, unté miel sobre la rebanada y tomé un sorbo del té que una señorita había puesto a mi lado. Desayunaba en el comedor como si, desde siempre, hubiera sido parte de mi rutina.
Desde allí, a través del cristal, en los jardines del palacio donde el césped se extendía como una alfombra de un verde perfecto, practicaba Zev.