Monarquía Perpetua

C10: La Coronación

Daryan

Los sirvientes y cortesanos se apresuraban a dejar listo cada detalle de la gran celebración. Los cocineros, despiertos desde antes del amanecer preparaban panes especiados, asados de caza y tartas de frutos. Los aromas se escapaban por las ventanas, mezclándose con las melodías que los músicos ensayaban. Sobre la tarima, el trono dorado esperaba a su nuevo dueño.

Era una ceremonia rápida por lo que personas de otros reinos no fueron invitados. Los mercaderes instalaban coloridos puestos de telas, joyas y dulces; los niños corrían con cintas en el cabello, y las campanas anunciaban la proximidad de la ceremonia.

A minutos del gran momento los escuderos ajustaban cuidadosamente la capa carmesí pesada sobre mis hombros, en la orilla tenía piel de lobo blanco que caía hasta el suelo. Mis manos, enfundadas en guantes de cuero negro, sostenían con firmeza la empuñadura de la espada ceremonial que Theyric me entregaba, aquella que alguna vez le había pertenecido a mi abuelo.

Frente a mí, el gran espejo triple reflejaba cada ángulo de mi atuendo. Un movimiento sutil detrás de mí capturó mi mirada. Vaelor acababa de entrar en la habitación.

Su atuendo era negro igual al de Theyric, quien se retiró discretamente junto con los demás, ante la petición del comandante.

Se acercó con paso firme, su reflejo estaba junto a la mío en el espejo.

—Deberías sentirte orgulloso de quién eres. Tu tío estaría orgulloso tanto como yo lo estoy ahora.

Agradecí, sintiendo lo reconfortante que fueron esas palabras. Se acercó a mí y ajustó con esmero los pliegues de mi traje. Luego apoyó ambas manos sobre mis hombros, suave pero firme, asegurándose de que no apartara la vista de la suya.

—Todos sabemos quién eres, muchacho. Solo falta que tú te des cuenta —dijo con convicción.

Me miró como un padre orgulloso, y tras darme unas leves palmaditas en los hombros, se retiró en silencio, dejándome a solas con mi reflejo en el espejo.

¿Soy el granjero de Elkaria que vendía vacas para saldar deudas?

¿O soy el rey de una nación que debe proteger de su enemigo?

No necesitaba abandonar una parte de mí para ser otra.

En el altar, mis manos estaban frías, a pesar de los guantes. La luz cálida que descendía desde la gran cúpula sobre mí.

El sonido de las trompetas resonó en la catedral. El Obispo calvo de baja estatura con su túnica de lino blanco adornada con bordados dorados sostenía entre sus manos la corona real, una diadema de oro antiguo con rubíes.

Me arrodillé sobre el cojín de terciopelo dispuesto ante el altar. Sentí cómo mi capa se deslizaba a mis costados. El Obispo se detuvo frente a mí para recitar con voz alta:

—Daryan Eldravan, legítimo heredero de Theragon, ¿juras ante este reino que gobernarás con justicia, lo defenderás con valor, honrarás sus leyes y protegerás estas tierras con tu vida?

Elevé la mirada y hablé firme, para que mis palabras alcanzaran cada rincón de la catedral y cada oído más allá de sus muros:

—Juro, por mi honor y por mi sangre, gobernar con justicia, defenderlo con valor, honrar sus leyes y proteger estas tierras con mi vida.

El obispo levantó la corona, posterior, la colocó sobre mi cabeza. Sentí el peso frío y sólido del oro.

A mi derecha, Zev, se acercó con el orbe de oro: una esfera con relieves de las provincias del reino, que depositó en mi mano izquierda.

En mi otro mano, el general Theyric me entregó el cetro real: una vara de igual material y cristales rojos en la empuñadura.

El obispo extendió su mano derecha sobre mi cabeza y entonó la bendición:

—Que Dios guíe tu mente y fortalezcan tu espíritu. Que la sabiduría de tus ancestros te acompañe, y que tu reinado sea largo, justo y próspero. Que así sea.

—Que así sea —respondió la asamblea.

El obispo proclamó:

—¡Saluden al soberano! ¡Larga vida a Daryan Eldravan, rey de Theragon!

Aclamaciones se alzaron desde la plaza y la catedral por igual:

—¡Larga vida al rey Daryan!

Las campanas comenzaron a repicar con fuerza. Los estandartes del reino ondeaban alto. Me giré hacia la multitud con ambas piezas ancestrales.

El Gran Salón nos esperaba para continuar la celebración con una cena. En las largas mesas descansaban copas de cristal, torres de fruta y jarras de vino oscuro. La melodía pegadiza se mezclaba con las voces de los nobles y caballeros allí reunidos.

—Majestad, permítame presentarle a algunos de los lores y damas de nuestro reino —dijo Vaelor de manera cortés.

Me condujo entre las filas de invitados. Tras de mí, silencioso y atento, Zev caminaba un poco alejado. Su túnica oscura lo hacían pasar casi desapercibido, pero yo sentía su presencia constante, como una sombra discreta que nunca se alejaba.

Vaelor me presentó a un lord de varios años de vida con una larga barba con canas y a lady Grisel de Lions, una mujer alta de buen porte. Asentí con cortesía, pronunciando las palabras que había practicado para la ocasión.



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En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 28.02.2026

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