Monarquía Perpetua

C11: Windell

Tres años después

Stella

Aburridaaa.

Estoy tendida en mi cama, la vista perdida en el techo, mientras mi madre no para de hablar sobre el baile de esta noche de la marquesa Loise. Otro de esos eventos llenos de vestidos incómodamente pesados que tendría que arrastrar durante toda la noche. Bailes con música lenta que me hacían querer dormir. Siempre asistía a esos bailes por una misma razón: la comida. Esa deliciosa, exquisita, fantástica comida que siempre superaba cualquier expectativa.

—¿Me estás escuchando, Stella? —me regaño mi madre.

—Sí, claro que sí —respondí con una sonrisa.

—¿Muy bien, y? ¿Qué piensas? —insistió ella cruzándose de brazos.

—Asistiré. Por supuesto —dije con un tono distraído, mientras jugaba en mi mente a adivinar qué servirían para la cena—. Mamá.

—Dime, Stella —respondió con una sonrisa entusiasta, esperando que mencionara algo sobre el vestido que usaría o el peinado que preferiría.

—¿Cuál crees que sea el postre? —solté sin pensarlo.

Mi madre rodó los ojos y se dirigió hacia la salida.

—¿Crees que sirvan ese pay de limón que tanto me gusta? —alcé la voz justo antes de que se fuera.

El sonido de las grandes puertas de cristal cerrarse fue lo que obtuve de respuesta.

Caminé hasta las dos puertas de cristal que conducían a mi pequeño balcón. Cerré los ojos y dejé que el aire fresco llenara mis pulmones. Al exhalar, mis damas de compañía entraban, listas para vestirme y dar inicio al día.

Era como una muñeca a la que las niñas pequeñas vestían, calzaban y peinaban una y otra vez. Siempre quieta, con la mirada perdida en el horizonte, deseando con toda el alma poder tocar el sol.

Mis damas hicieron una reverencia al concluir su labor. Me envolvía un hermoso vestido lila adornado con flores, finos guantes blancos cubrían mis manos hasta llegar por encima de mis codos. Mi cabello castaño, recientemente cepillado, caía en suaves ondas hasta la mitad de mi espalda.

Corrí.

Corrí sosteniendo mi vestido como podía, salí de mi habitación con mis damas intentado seguir mis pasos.

Me detuve, intentando recuperar el aliento.

—No es gracioso, alteza real —dijo una de mis damas entre intensas respiraciones.

—Lo siento.

Vi sonrisas asomar en sus rostros; nos habríamos reído de esto si no fuera porque mi padre estaba al otro lado del pasillo.

—Eres muy grande para estos juegos, Stella —soltó con voz firme.

De inmediato, mis doncellas se inclinaron en una reverencia, una reacción más de miedo que de respeto.

—Lo siento, padre —susurré, con la cabeza baja.

El rey siguió su camino. Siempre las conversaciones con él eran cortas. Simples.

***

Mi madre, junto con sus amigas, me esperaban en el jardín para desayunar, en una de sus muchas fiestas del té. Presumían unas a otras sus nuevas joyas, viajes o logros de sus hijos. La presencia de mis damas ya no eran necesarias. Se suponía que mamá me vigilaba.

Quise intentar algo. Lo suficiente para confirmar si en realidad me prestaban atención.

—¡Ups! —exclamé, al tirar la taza de té que reposaba frente a mí sobre la mesa.

Mientras la levantaba, las observaba de reojo. Ellas no reaccionaron en absoluto; tal vez ni siquiera me habían escuchado.

Perfecto.

Me separé de ellas con cuidado, sin emitir ningún ruido. Noté, como perdidas en su conversación, me daban la espalda.

Había dado unos cuantos pasos cuando recordé que debía llevar algunas galletas para mis amigos. Regresé con cautela y tomé un plato lleno de ellas.

Ese lado del jardín no era custodiado por muchos guardias. Esa era la razón por la que mi madre se reunía ahí con sus amigas, pues nadie las escucharía. Es decir, nadie lograría verme adentrándome en el bosque.

Cada árbol era más alto al anterior, más verde, y más brillante. Me consideraba una experta en correr por los pasillos recién pulidos del palacio y saltar sobre troncos, piedras y raíces. Pero esta vez no tentaría a la suerte: iba despacio y con cuidado, para no tirar las galletas.

Seguía el camino de piedras en medio del bosque. Escondido entre enredaderas y altos arbustos que formaban una barrera, una enorme puerta de madera redonda, parecida a la tapa de un barril, era la entrada a mi lugar favorito.

Sin prisa, con mis dos manos ocupadas sosteniendo el plato, cerré la puerta con el pie derecho.

—¿Cómo están todos? —dije, mientras dejaba el pequeño festín en un árbol cortado, que simulaba una pequeña mesa—. ¡He llegado y tengo galletas! —anuncié, dirigiéndome a lo que parecía ser la nada.

—¡Son ricas y deliciosas galletas! —continué, con esperanza de que aparecieran—. ¡GALLETAS recién hechas!

Esta vez intenté alzar un poco más la voz, por si no me habían escuchado. Pero desde que les traje frutos secos me han estado ignorando. No sabía que no les gustaban.



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En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 28.02.2026

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