Monarquía Perpetua

C12: Kerim

Caminábamos por el pasillo de regreso al salón cuando un estruendo repentino nos sobresaltó. Una cálida luz se escapaba por la rendija de una puerta entreabierta.
El joven rubio se acercó con cautela y, sin dudar, tomó la espada de una de las armaduras decorativas. Lo seguí de cerca, protegiéndome tras su espalda como si fuera mi escudo humano, preparada para lo que fuera que se escondiera detrás de esa puerta.

Otro golpe resonó, esta vez con el sonido inconfundible de algo quebrándose.
Mi acompañante empujó la puerta. Su cuerpo bloqueaba mi vista, sentí cómo este se tensó al descubrir la escena. El esposo de la marquesa Loise, enredado con su amante.

Vaya, vaya… que sorpresa.

El joven rubio se disculpó por la interrupción y, con una impecable calma, retrocedió mientras cerraba la puerta tras de sí. Dejó la espada en manos de la armadura, como si jamás la hubiera tomado, y continuó su camino con la misma naturalidad, como si nada hubiera ocurrido.

En el gran salón, mis ojos buscaron de inmediato a la marquesa. ¿Ella sabría lo que estaba ocurriendo? ¿Sería prudente decirle sobre lo que había visto o estaría metiéndome en asuntos que no me correspondían?

A pesar de todas las humillaciones que me había hecho pasar a lo largo de los años, no podía negar que me preocupaba. Nadie merece la traición de alguien en quien ha depositado tanta confianza como para llamarlo esposo.

El ritmo de la música cambió a una melodía más lenta y suave. La multitud se apartaba, despejando la pista de baile.

—Mi invitado especial inaugurará el primer baile de esta noche —anunció la marquesa con entusiasmo—. La pista es toda suya, alteza real, Kerim Thorsen.

Llamó al joven rubio hasta el centro del salón.

¿El príncipe de Pravenmorg?

Con paso seguro, se acercó hasta mí y extendió su mano con la elegancia de un caballero. No podía dejarlo en ridículo, así que la acepté.

Con nuestras manos entrelazadas, nos dirigimos al centro del salón. Ambos hicimos una reverencia; él con una leve inclinación y yo con un delicado asentimiento de cabeza.

Su mano derecha rozó con suavidad mi cintura, mientras con la izquierda alzó la mía con delicadeza a la altura de mi pecho, marcando el inicio de nuestro baile. La música comenzó a envolvernos mientras girábamos con una fluidez natural. Iniciamos con el paso básico de vals: él deslizó un pie hacia adelante, yo uno hacia atrás, seguido de un giro suave en sentido contrario a las manecillas del reloj.

—Me tomaste por sorpresa —susurré cuando nuestros cuerpos se encontraron tan cerca que apenas cabía el aliento entre nosotros—. ¿Por qué caminaste hacia mí de esa forma?

—Quería bailar contigo —confesó, su voz tan suave como la melodía que nos envolvía. Sus ojos destellaban con un brillo encantador, como si ese destello fuera solo para mí. —Es que a veces estoy un poco loco —añadió con una media sonrisa.

Sus últimas palabras despertaron algo en mí, una chispa que no pude disimular. Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios, inevitable y sincera.

Giré bajo su brazo, mi vestido desplegándose como un abanico antes de que nuestras manos volvieran a encontrarse. Nos dejamos llevar por la melodía, recorriendo la pista con elegantes giros y deslices, como si el salón entero hubiera desaparecido y solo existiéramos él y yo.

La multitud aplaudió una vez que finalizó el baile. Al separarnos, necesitaba asegurarme de que Faye aún estuviera conmigo. Aprovechando un descuido de las miradas, me agaché discretamente y me deslicé bajo una de las mesas.

—Faye, ¿estás bien? —pregunté con inquietud, temiendo que el escondite entre las capas de mi vestido no le hubiera resultado cómodo.

Ella emergió de su pequeño refugio, visiblemente mareada por todas las vueltas del vals. Tardó unos segundos en recuperar el equilibrio, pero finalmente asintió con suavidad, asegurándome que estaba bien.

Supuse que tenía hambre, así que, gateé con cautela. Me deslicé hasta la siguiente mesa, donde aún quedaba un trozo de pay. Lo tomé con cuidado y regresé, arrastrándome con sigilo por el suelo y cuidando de no ser pisada entre las idas y venidas de los invitados.

Le ofrecí un poco a Faye, quien devoró el postre con tal entusiasmo que no dejó ni una sola miga.

—Majestad, el rey ha ordenado que regresemos de inmediato. Han cerrado las fronteras —escuché decir a un soldado advertirle a mi madre.

—¡Stella, Stella! —me llamaba ella, visiblemente alarmada—. ¿Alguien ha visto a Stella? ¿Dónde fue la última vez que la vieron? —interrogaba a cada invitado con desesperación.

—¡Aquí estoy, madre! —exclamé, saliendo de mi escondite con Faye bien oculta entre las capas de mi vestido.

Mi madre se apresuró hacia mí, su rostro pálido y sus manos temblorosas.

—Tenemos que irnos. Ahora mismo.

Me tomó de la mano con fuerza y avanzamos tan rápido como los pesados vestidos nos lo permitían. A nuestro alrededor, los invitados también comenzaban a evacuar apresuradamente.

—¿Qué ha pasado esta vez, madre? —pregunté con curiosidad, una vez dentro del carruaje, a solas y con las cortinas ya cerradas.



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En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 28.02.2026

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