Habían transcurrido dos días desde la última visita de Kerim al palacio. Quizá ya había regresado a su reino. Las fronteras seguían cerradas desde la velada, aunque siendo príncipe, era comprensible que a él se le hubiera permitido cruzarlas. De algún modo, eso me entristecía; había sido mi única conversación distinta desde hace días.
Mientras desayunaba en el comedor del palacio, escondía una vez más a Faye bajo la mesa, pasándole discretamente trozos de pastel. Mi madre comía en silencio, algo inusual en ella. A mi padre no lo había visto desde aquella vez que me reprendió por correr por los pasillos.
—Majestad, alteza real —se inclinó ante nosotras un guardia—, han llegado unos obsequios para la princesa, enviados de Pravenmorg.
—Adelante —ordenó mi madre, limpiándose con delicadeza las comisuras de los labios con la servilleta de tela.
Varias mucamas entraron una tras otra, cada una llevando un canasto de flores de distintos tamaños y colores.
La mirada que me lanzó mi madre fue sugerente. Ambas sabíamos perfectamente de quién provenían. La primera mucama, la que cargaba el canasto más grande, repleto de hermosas flores rosas, se acercó a mí con una reverencia. Tomé la pequeña tarjeta, con el sello real de Pravenmorg, que reposaba entre los pétalos.
"Me mostraste tu jardín; ahora permíteme enseñarte un poco del mío."
Lo admito. Aquello me hizo sentir especial.
—¿Qué dice, Stella? —preguntó mi madre, inclinándose en su asiento para intentar leer la tarjeta.
Le tendí la tarjeta con delicadeza para que la leyera.
—¡Oh, vaya! Parece que alguien está interesado en ti —comentó mi madre con una sonrisa pícara.
—Por supuesto que no. Solo intenta ser amable, eso es todo —negué, más para convencerme a mí misma que a ella.
—Majestad, ¿desea que las flores se coloquen en algún lugar en especial? —preguntó el guardia, rompiendo el silencio incómodo.
—¿Dónde te gustaría, Stella? —me preguntó mi madre, alzando las cejas una y otra vez, sin perder su sonrisita.
—Pueden dejarlas por ahí —respondí, intentando que pensaran que no les daba importancia.
—Bueno, si no las quieres… —dijo mi madre—. Son muy bonitas para decorar el palacio. Repártanlas por todas las salas —ordenó.
—¿También estas flores, alteza real? —preguntó la mucama que sostenía el gran canasto donde había venido la tarjeta.
—Sí, claro —respondí sin emoción.
—¿Estás segura, Stella? Esas son las más hermosas; según tengo entendido, únicas en Pravenmorg —insistió mi madre.
Asentí de nuevo, provocando que las mucamas y el guardia se inclinaran en reverencia antes de salir a distribuir las flores por el palacio.
—He terminado mi desayuno, madre. Iré a leer a mi habitación —le informé.
—Claro, Stella. Disfruta tu lectura, hija.
Cuando las puertas del comedor se cerraron y me aseguré de que mi madre seguía concentrada en su desayuno, eché a correr por el pasillo hasta alcanzar a la mucama que cargaba el gran canasto de flores rosas.
—¡Alto! —grité desde el otro extremo del pasillo. Todas se detuvieron de inmediato y giraron hacia mí.
Me acerqué sonriendo, algo apenada, mientras las mucamas me abrían paso con pequeñas reverencias.
—¿Podrías llevar el canasto a mi habitación? —le susurré al oído.
—Por supuesto, alteza real —respondió con una leve inclinación.
Satisfecha con el resultado, retomé mi postura erguida como si nada hubiera ocurrido y me dirigí a mi habitación, procurando tomar un camino distinto.
Por alguna razón, sentía que olvidaba algo y no tenía la menor idea de qué podía ser.
Faye.
Me detuve en seco.
Corrí de regreso al comedor, donde Faye seguía escondida bajo la mesa y mi madre se dirigía ya hacia la salida.
—¿Qué te trae de nuevo por aquí? ¿Acaso olvidaste algo? —preguntó mi madre, arqueando una ceja.
—Olvidé la tarjeta —respondí mientras me acercaba a mi asiento, permitiendo que Faye se ocultara entre los pliegues de mi vestido.
—Pensé que no estabas interesada —comentó mi madre, entrecerrando los ojos con desconfianza.
—Es para dársela a las mucamas. Quizá ellas le encuentren un buen uso —improvisé.
—¿Un buen uso? —preguntó mi madre, visiblemente confundida.
—Sí… adiós, madre —dije, nerviosa, mientras escapaba de la situación con la compañía oculta de Faye.
Al entrar en mi habitación, encontré el canasto reposando sobre la mesa central de mi pequeña área de lectura. Faye salió de su escondite y se acercó a las hermosas flores, curioseándolas mientras revoloteaba a su alrededor. Me aproximé con cuidado y me agaché hasta que mis ojos quedaron a la altura perfecta. Las observé con detenimiento y rocé con suavidad cada uno de los pétalos. Una combinación perfecta de amapolas, amarilis y geranios, en distintas tonalidades de rojo.