—Pedí que recolectaran algunas flores como muestra de agradecimiento —reveló Kerim.
—Sí, me llegaron ayer por la mañana. Muchas gracias —respondí con voz apacible—. Son muy hermosas. Mi madre quedó fascinada con ellas; incluso pidió que las colocaran por todo el palacio. ¿Lo ve?
Le señalé un florero al fondo del pasillo, a muchos metros de nosotros.
—¿Qué tal usted, alteza real? —preguntó, frotándose las manos mientras intentaba controlar su nerviosismo y avanzaba unos pasos, acortando la distancia entre nosotros—. ¿Fueron de su agrado?
—Sí, lo fueron —respondí con una leve sonrisa.
Me fijé en sus manos, en esos pequeños detalles que lo delataban.
Ante mi respuesta, esbozó una risa tranquila que dejaba ver a un Kerim más seguro de sí mismo.
—¿Es posible que el recorrido por el palacio aún siga en pie?
—Claro, alteza real…
—Kerim —me interrumpió con suavidad.
—Claro, Kerim —añadí ante su discreta petición.
La sala de música fue nuestra primera parada. Los imponentes y hermosos instrumentos relucían bajo los rayos del sol que se filtraban por el gran ventanal. El piano destacaba sobre una tarima especial, reservado como la joya del lugar.
—Es hermoso. ¿Puedo? —preguntó, con un brillo de interés en la mirada.
Asentí despacio, intrigada por lo que tocaría.
Tras sentarse, sus dedos se posaron con delicadeza sobre las teclas. Su toque fue suave, pero seguro. Una nota, luego otra, y así dio inicio a una melodía serena y envolvente. Sus dedos danzaban con gracia sobre las teclas, y pronto cerró los ojos, dejándose llevar por las notas, se movía como si bailara.
Parecía disfrutarlo como nadie más.
Una última tecla marcó el final de la pieza. Él se puso de pie y se inclinó en una reverencia elegante, como lo haría un gran maestro. Mis aplausos brotaron de forma involuntaria, resonando con claridad por todo el salón.
Bajó de la tarima con una gran sonrisa.
—Dime, princesa, ¿a dónde iremos ahora? —preguntó con entusiasmo.
Me aclaró que mi madre ya le había mostrado el salón de baile, la sala de juegos y la galería de arte en su visita anterior. Podría llevarlo a la biblioteca o…
—¿Qué tal el jardín interno del palacio? —le propuse, con la esperanza de que esa fuera nuestra siguiente parada.
—No lo conozco —confesó.
—¡Vamos!
Sin pensarlo, le tomé de la mano y lo arrastré conmigo a toda prisa. Él siguió mi impulso sin oponer resistencia, dejándose guiar por mí. Como dos niños, corrimos entre risas por todo el palacio.
El jardín interno del palacio era encantador, pero lo que realmente destacaba era la fuente de mármol blanco en el centro, de la que brotaba un agua cristalina que brillaba bajo la luz.
—Es impresionante —dijo, asomando la cabeza sobre el agua, dejando que su reflejo dibujara su rostro en la superficie.
Me senté en la orilla de la fuente y él imitó mi gesto, acomodándose a mi lado.
—¿Sabes? En mi palacio tenemos una fuente muy grande, pero no se compara con la belleza de esta —comentó sin apartar la vista de su reflejo, para luego mirarme con una leve sonrisa—. Es como si todo en este lugar fuera más bello.
Desvié la mirada, intentando ser discreta, mientras la suya regresaba a su reflejo en el agua. Mi corazón comenzaba a palpitar con fuerza. Tomé mi abanico y empecé a abanicarme; intenté hacerlo con la elegancia que mi madre me había enseñado, pero me resultaba imposible. Necesitaba distraerme.
—Así que pronto serás rey, ¿no? —pregunté, cambiando de tema o lo que fuera que resultara mi intento.
—Sí, eso espero. Mi padre dice que cada día estoy más cerca, pero nunca me revela la fecha exacta. Solo me queda esperar —respondió encogiéndose de hombros.
—Oh, vaya. Lo siento —dije, deteniendo el movimiento de mi abanico.
—Está bien. Creo que ese día llegará en cualquier momento. Mis hermanos también lo piensan —añadió con sinceridad, mirándome.
—¿Tienes hermanos?
—Sí, soy el mayor de tres. Todos varones —aclaró con una sonrisa genuina.
—Eso es adorable. Es decir, no tengo hermanos, así que no sé lo que es convivir con ellos, crecer con ellos. —Balbuceé rápidamente, intentando cubrir mi nerviosismo, pero solo conseguí quedar más expuesta—. Supongo que debe de ser muy lindo. Es por eso que siempre he pensado en tener más de un hijo, si fuera posible.
¿Hijos? ¿De verdad? ¿Por qué hablo de esto con él?
Su pequeña risa me dejó atónita y provocó algo diferente en mí. Algo nuevo que, parecía gustarme.
—Qué adorable idea. Tener más de un heredero es una idea perfecta.
Esa frase me tomó por sorpresa; me regresó de golpe a la realidad. ¿Herederos? Yo hablé de hijos, no de herederos.
—Sin duda, crecer junto a mis hermanos me enseñó muchas cosas, en especial a proteger a quienes amo.