Dolor.
Ruido. Escuchaba a personas murmurando a mi alrededor. No lograba entender lo que decían; solo alcanzaba a distinguir palabras sueltas, nunca oraciones completas. Intenté abrir los ojos, pero fue inútil. Me quedé dormida de nuevo.
—Pss, pss, princesa.
Me despertó la voz de un joven al otro lado de la habitación.
—Por aquí, bella dama —repetía una y otra vez, mientras yo intentaba recuperar la vista.
—Buenos días, o tardes, o noches —añadió con un tono burlón, como si el tiempo no importara en absoluto.
Su aspecto colorido y su actitud explosiva me habrían hecho reír, de no ser porque su cuerpo estaba completamente amarrado a un fuerte trozo de madera parte de la estructura para sostener el techo.
—Bufón, a sus servicios, alteza real —intentaba decir el bufón con un asentimiento de cabeza.
—¿Qué te ha ocurrido? ¿Dónde estamos?
Me levanté de la cama en cuanto noté que no me encontraba en mi habitación como todas las mañanas. A diferencia de ella, esta era pequeña, de madera oscura que colgada a la pared por con cadenas en sus esquinas. Parecida a la de un calabozo.
Mi único compañero no parecía responder a mis preguntas. Su vestuario de rayas rosadas y blancas, junto con su sombrero de cascabeles, resultaban escalofriantes frente a la enorme sonrisa que mostraba, como si intentara aparentar que no había preocupación alguna por la situación en la que se encontraba.
—Ahí viene la mejor parte —dijo el bufón como si se tratara de un juego de feria.
Bajo mis pies sentí cómo el piso se movía, provocándome pequeños mareos. Intentaba mantener el equilibrio mientras, poco a poco, percibía cómo nos tambaleábamos. Como un barco en medio de la marea.
—¡Maldición!
—Boquita, princesa —me reprendió el bufón con fingida seriedad.
Corrí hacia la puerta, luchando contra el movimiento de las olas. Utilicé todas mis fuerzas para abrirla, pero fue en vano.
—¡Es inútil! —canturreaba el bufón como si estuviera en una presentación de ópera—. Si lo que quieres es huir, debes elegir. Si lo que quieres es salir, tienes que competir.
—Explícate, bufón.
No tenía tiempo para acertijos. Tenía que avisarles a todos sobre Kerim. Mi padre seguramente pensaba pedirle ayuda a su reino, pero quedaba más que claro que no era alguien de fiar. No después de lo que le hizo a Faye. ¡Desgraciado!
—Solo uno de nosotros puede huir, el otro va a morir —reveló, dejando caer la cabeza como un cadáver.
—Si escapas el capitán se enfadará. Ya sabes… —miró a los lados para asegurarse de que nadie más lo escuchara. Ese era el detalle: no había nadie más. Estaba loco.
—El pirata Woods —soltó con suspenso—. Oh, vaya. Es tan guapo —su suspiro forzado solo lo hacía ver más tonto. ¿Pero quién era yo para juzgarlo?
Un pequeño atajo bajo la puerta se abrió y, a través de él, se deslizó un plato de comida.
—Por fin despierta, princesa. Espero sea un desayuno de su agrado —la voz ronca del hombre me revolvió el estómago. Su burla era evidente.
El plato, lleno de pescado crudo y algas, me provocaba náuseas; las ganas de vomitar eran insoportables. Tenía que salir de ahí, ya.
—Si tú no tienes hambre, yo sí —dijo el bufón—. Adelante, acércame el plato, ¿quieres? Hay que comerlo antes de que cobre vida.
Su comentario solo alimentaba la urgencia de escapar. Era momento de conocer al capitán Woods.
—¡Hola! ¡Por aquí! —grité por el pequeño agujero frente a mis pies—. Ordeno un encuentro con el capitán lo antes posible.
El sonido de las cerraduras al abrirse me obligó a dar pasos hacia atrás. El bufón se movía inquieto, casi desesperado. La puerta se abrió lentamente, pero nadie parecía ser el causante de aquello.
Antes de cruzar la puerta, el bufón me llamó:
—Princesa Stella, no se vaya —suplicó—. Ayúdeme a liberarme o él se enojará.
—¿El capitán Woods se enojará? —pregunté intrigada.
—No, princesa. La voz del cielo —dijo con entusiasmo, mirando hacia el techo.
—¿La voz? Amigo, estás verdaderamente loco —solté sin decencia.
No podía confiar en él, decía cosas sin sentido y actuaba de forma muy extraña ante momentos de pánico. Pero él igual era un prisionero como yo, o acaso era parte de la tripulación y solo querían jugar con mi mente para así luego matarme. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Me acerqué a él y desaté el gran nudo en su espalda, liberándolo de aquel poste de madera.
—Gracias, princesa —dijo. Su reverencia apresurada dio inicio a su escape; salió a saltos por la puerta y se desvaneció en la oscuridad del estrecho pasillo.
La vista por la ventana me dejó estática: el mar enfurecido por la fuerte lluvia y truenos a lo lejos que cantaban en la noche pesada destinada a presenciar el desastre en el que se convertirían cientos de barcos junto a sus tripulantes.
El suelo se movía cada vez más, haciéndose imposible mantenerse de pie. Con pasos firmes y apoyándome en las paredes, me dirigí en dirección contraria por donde el bufón se había escabullido. Tenía que hablar con ese tal capitán Woods; descubriría si era un hombre con quien tratar o a quien temer.